Si pocas cosas son menos recomendables que dar sustento filosófico a las manías persecutorias de un conspiranoico crónico como yo, darme para comentar en clase de Filosofía -cuado en esa clase aún se daba filosofía y no un totum revolutum de ocurrencias dispares amalgamadas en buenismo new age- un texto de Paul Ricoeur sobre los filósofos de la sospecha cuando aún no fumaba yo en pipa fue un temerario despropósito al tiempo que una revelación, pues desde entonces no puedo ver el idioma sin caer yo mismo en la sospecha de que hay mucha monja que fuma y mucho cabrón vestido de lagarterana.

Según la RAE, cuya objetividad ya entrecomillé en su momento, las definiciones de quisquilloso son:

1. adj. Que se para en quisquillas (‖ pequeñeces). U. t. c. s.

2. adj. Demasiado delicado en el trato común. U. t. c. s.

3. adj. Fácil de agraviarse u ofenderse con pequeña causa o pretexto. U. t. c. s.

(Nota Bene: la abreviatura U.t.c.s. significa "usado también como sustantivo")

¿Por qué será que esta definición me recuerda aquella otra de aquel diccionario no menos serio y aséptico que el de la RAE, "Diccionario del diablo", de Ambroce Bierce?

Aburrido, adj. Dícese del que habla cuando uno quiere que escuche.

Porque detrás de la aparente objetividad de la definción de la RAE (juaz, juaz, juaz), hábilmente representada con semblantes adustos, corbatas blancas, palabros que ni dios sabría dónde usar adecuadamente y, elemento imprescidnible, una escenografía de columnatas, frontones y la inevitable galería de retratos "de un mi abuelo que ganara una batalla", palpita la insufrible parcialidad que Bierce diseccionara en menos de diez palabras, y es que la quisquillosidad no es tanto una naturaleza, ni siquiera una actitud, como un juicio de valor emitido por quien tiene sus prioridades categorizadas de otro modo y que, lejos de intentar entender mis categorías o al menos rebatirlas racionalmente, las desacredita ad hominem con un gesto impaciente y un adjetivo onomatopéyicamente ridículo.

Es curioso cómo en este país nada merece más el adjetivo 'quisquilloso' que pretender rigor y profesionalidad, da igual el ámbito. Hace algunos años, antes de la entrada en vigor del Código Técnico de la Edificación, un arquitecto colaborador me envió a la mierda -literalmente- cuando le hice ver por tercera vez que las fichas de cumplimiento de la AT-87 (Normativa de Acciones Térmicas) no eran de recibo, porque la solución que él usaba para rellenarlas no se correspondía con el tipo de cerramiento proyectado; la respuesta de mi jefe a mi atónita expresión fue:

"Es que eres muy quisquilloso. Nadie se mira esas fichas"

La probabilidad de recibir el mismo apelativo es cercana a uno cuando reclamo que el Hornimans de padre desconocido que me han traído no es el Earl Grey que he pedido, ni tampoco el precio debería ser el mismo. Un Oxford es un Oxford y un Blucher, un Blucher y si usted vende zapatos y presume de prosapia zapatera desde ancestros con vejiga natatoria, debería saberlo, y no soy quisquilloso si al solicitar un oxford no quiero ni probarme un blucher de dudosa procedencia.

Quisquilloso me llamó un periodista por indicarle que tras la Guerra de Sucesión (1700-1714) no pudo 'dinamitarse' ningún castillo por ser el invento de Nobel del siglo XIX, que a lo sumo fueron volados con póvora; otro del mismo gremio coincidio en el adjetivo por hacerle notar que en su artículo sobre series históricas para televisión no pintaba nada la que HBO está preparando sobre "Canción de Hielo y Fuego", saga literaria de George RR Martin que, por muchos castillos y caballeros que tenga, es literatura fantástica y no histórica. Aunque, bien mirado, la literatura fantástica que he leído es mucho más rigurosa con la historia y la antropología que la histórica con la que me he tropezado. Pero dejaremos de lados las quisquillosidades con la prensa, escrita o audiovisual, que daría para un blog completo y no para un post.

Si el filete al punto por el que me cobrarán veinte euros llega pasado, soy quisquilloso -y eso con suerte- si pido otro, como quisquilla califican a la mancha que la tintorería no ha quitado de la manga de la americana -quince euros por trabajo no hecho-, o al matiz insignificante de que el miércoles aún sigan en el árbol los lichys para un cocktail que el lunes sin falta iba a tener... Y así, ad nauseam, hasta llegar a creer, en momentos puntuals de ánimo y autoestima bajos, que el equivocado soy yo y que la quisquillosidad es otra de las mutaciones absurdas de mi ADN. ¿Merece la pena reclamar que cada cual haga su trabajo como es debido o a la mierda con todo? En un país donde casi todo se anda con un zapato y una alpargata y "La chapuza total" debería ser el emblema que sustituyera el incomprensible "Plus ultra" del escudo patrio, donde hacer un trabajo bien hecho es casi un acto de insolidaridad y reclamarlo una inmoralidad y una pérdida de tiempo, a nadie debería sorprender ni mucho menos sorprender que un grupo de profesionales constutiuidos en cártel pretendan chantajear a un gobierno en las carnes de todos sus ciudadanos, pues no es más que la conclusión lógica de un proceso que viene de largo y de modos incívicos profundamente enrazados.

Exigir que cada cual haga su trabajo es esfuerzo y humor malgastados. La resistencia pasiva a lo Gandhi, un recurso incomprensible para el celtíbero, que todo lo que no sea poner los cojones sobre la mesa. aunque no sea más allá que con los amigotes en la barra del bar, cosa de maricones... La única solución es largarse. Y si en La Coctelera no están dispuestos a hacer el trabajo por el que cobran publicidad y evitar que se llene mi casa de mierda y de spam, no voy a perder el tiempo reclamándoselo para que me llamen quisquilloso. Cerraré y me iré, que en wordpress el servicio de limpiieza es bastante eficaz. Como decía Thomas de Quincey

Si uno comienza por permitirse un asesinato pronto no le da importancia a robar, del robo se pasa a la bebida y a la inobservancia del día del Señor, y se acaba por faltar a la buena educación y por dejar las cosas para el día siguiente