La tía Milagros, hermana de mi abuela, hablaba con los muertos. No vestía tules y chales, ni tintineaban los abalorios a su paso ni se hacía llamar Madame Savoy ni, por supuesto, católica y apostólica ella, había leído jamás nada de gnósticos o espiritistas; no era una médium, pero cada noche, después de rezar el rosario, se sentaba en la cocina y hablaba largamente con sus muertos, su marido y su hijo. Nunca supe si le respondían.

-Parece que entre los viejos de Carlá se lleva eso de hablar solo, ¿eh, mamá? -observó chistosa mi tía Raquel a mi abuela, porque el tío Enrique, su hermano mayor, llevaba apasionadas discusiones con los presentadores del telediario y, sobre todo, con los hombres del tiempo, y ella misma, mi abuela, solía pasarse el día rezongando por lo bajo -o no tan bajo.

-Milagros habla con sus muertos para no volverse loca de pena; Enrique discute con la tele para no volverse loco escuchando a la harpía de su mujer.

-¿Y tú, mamá?

-Yo hablo sola para asegurarme una conversación inteligente, porque en esta casa...

Para no arrancarme en aplausos y gritos de "¡bravo!", tuve que recordar que algo urgente me reclamaba en la otra punta de la casa.

En poco tiempo, los tres hemanos de la casa de Carlá murieron. Primero fue mi abuela, de un infarto. Poco después, el tío Enric, tras una larga y penosa enfermedad en la que pese a todo, mantuvo el suficiente control sobre su cuerpo y su cerebro para no depender de nadie en lo más íntimo, especialmente de Lola, esa extraña esposa suya de la que nunca supe porque todos, incluido tío Enrique, detestaban tan cordialmente. "Lola no podrá presumir de haber tenido que secarme las babas o limpiarme el culo", sonreía satisfecho dos días antes de morir. Estoy seguro que, de haber podido, habría ido a morirse a lo Tolstoi a cualquier Astapovo ibérico. La última fue tía Milagros en brazos de una fulminante dolencia cuyo avance era visible día a día. Cinco semanas mediaron entre el diagnóstico y el funeral.

Para bien o para mal, mi abuela dividió en vida bienes y posesiones, así que poco más quedaba sobre lo que discutir que algunas -muchas- joyas, sobre las que, inoponidamente, no hubo discusión alguna y fueron a parar todas a mi hermana, única nieta de la matriarca, para su desconcierto e incomodidad, pues prefiere mi hermana un brazalete de coco tallado por indios amazónicos que un collar de platino y azabache y, sobre todo, su hippy estilo de colores y flores mal combina con los barrocos diseños en que encastaba mi abuela sus pedruscos.

Parece imposible que haya gente que a los ochenta años la muerte todavía les pille por sorpresa, "¡Rayos, la Parca y yo con estos pelos!", pero así es. Los hijos de tío Enrique, que tuvo toda su larga enfermedad para poner en orden sus cuatro cosas, aún están a la greña por qué surco delimita la porción de olivar que corresponde a cada cuál -olivar del que, por cierto, nunca habían querido saber nada y que si vale una cuarte parte de lo que se han gastado en abogados yo soy Tom Cruise-, y durante meses sólo se hablaron por intermediarios, los primos que asistían a tan edificante espectáculo con morbosa sorpresa. Hasta que murió tía Milagros intestada, momento en que cada primo vio en los otros a voraces buitres que acechaban lo que cada primo estaba convencido que legítimamente le correspondía y por lo que no iba a dar su brazo a torcer. Al año de sólo hablarse por burofax, mi madre, Smaug, hizo rápidas cuentas de cuánto tocaría a cada cual y cuánto habrían de pagar de derechos y abogados y en diez minutos tenía redactada la renuncia, para escándalo de Ancalagón, mi padre. Mientras, merodeando los bienes de Tía Milagros, a los sobrinos propios de la difunta se fueron incorporando nuevos fichajes, los políticos y otros parientes lejanos, alguno incluso venido de Argentina con patente falsificada o juramento de promesa verbal, con eternas discusiones dignas de sobremesa de T5, embrutecidos por unos bienes cuyo reparto no hará rico a ninguno, pero que es cuestión de honor que no se lleve otro una migaja más.

Alejado del gratificante debate, cada vez que subo a Biluba tengo de gritar para impedir que tirios y troyanos me cuenten las infinitas versiones de las mismas miserias, al tiempo que recordarles que las tasaciones que piden no serán gratis por ser pariente. Y en medio del griterío y el cruce de burofaxes y citaciones y personas interpuestas, extraño el sereno diálogo de tía Milagros con los muertos, de tío Enric con la tele o de mi abuela consigo misma, porque estoy seguro que sus interlocutores escuchaban a los viejos de la casa de Carlá con más atención de la que sus herederos lo hacen entre sí.