Religiosidad
Releía este fin de semana, aprovechando que finalmente el clima ha empezado a ceder en su terquedad ante el calendario, La palabra del predicador. Contrarreforma y superstición en Cataluña (ss. XVII-XVIII) del historiador Martí Gelabertó, publicado por ed. Milenio en 2005. La labor científica del dr. Gelabertó se ha centrado en un aspecto de la historia de las mentalidades que es la religiosidad y las creencias de las clases populares, de clases que, como dicen Raimon, "llaman subalternas (...), de gente sin místicos ni grandes capitanes, que nacen y mueren en el anonimato". Ginzburg, Bajtin, Mollet desbrozaron el camino allá por los setenta iniciándolo en la Baja Edad Media y el Renacimiento, camino que a algunos les ha llevado a la Alta Edad Media (ORONZO, Giordano: Religiosidad popular en la Alta Edad Media) y al dr. Gelabertó a la Edad Moderna.
Mi pasión por la historia no justificaría la petulancia de pretender reseñar el libro que cito ni la trayectoria científica del autor, cuyas aportaciones, pese a lo aparentemente locales, son capitales para la historia global de esa historia de las mentalidades en la Edad Moderna. Por si a alguien le interesa, dejo el enlace de un artículo suyo que puede encontrarse fácilmente en internet.
"Tempestades y conjuros de las fuerzas naturales. Aspectos mágico-religiosos de la cultura en la Alta Edad Moderna", en Manuscrits: Revista d'Història Moderna, nº 9 (1991)
¿A qué viene esta larga introducción? A ello voy, a ello voy. Cita Gelabertó a un dominico que, de viaje pastoral por el Pirineo catalán, se lamenta de que, preguntando a esos crisitanos viejos por las personas de Dios, responden que son
una, cuatro, cien o cualquier otro disparate.
y es que la formación religiosa de las clases populares había sido bastante más que desatendida durante siglos, empantanados en elitistas disputas teologales. Franciscanos, jeusitas y dominicos emprendieron lo que denominaron 'misiones interiores', un intento de reevangelización rural, pues las prácticas religiosas de fieles y sacerdotes estaban más cerca de la magia que de la fe. Un ejemplo típico de práctica de magia simpática -lo semejante provoca lo semejante- que ha perdurado hasta nuestros días era el de asperjar agua bendita sobre la imagen del santo o virgen para obtener lluvia sobre las cosechas...
Los misioneros reconocían el fracaso de sus expediciones al agro; si ni siquiera lograban que los sacerdotes renunciasen a la práctica de doblar las campanas para ahuyentar tormentas, mucho menos podían conseguir de los fieles que no le reclamasen esos y otros conjuros a su párraco, devenido casi chamán.
¿Qué es lo interesante de esta historia? Pues que este pueblo analfabeto en lo doctrinal pasó de ser algo vergonzante para sus obispos a paradigma de buen cristiano en apenas dos décadas, cuando se echaron al monte, trabuco al hombro, en nombre de la religión y la fe sin entender una ni otra, contra franceses primero y en la partidas carlistas después. El adoctrinamiento de esta España rural ya no era tan importante como su uso político, y quienes décadas antes habían escandalizado a los predicadores por su ignorancia absoluta de las cuestiones más elementales de la fe, por arte de birlibirloque, se habían convertido en depositarios de las esencias del cristianismo ibérico y de la verdadera fe. No es que hubiese habido en tierra hispana una segunda venida del Espíritu Santo que hiciera que los Bartolos, Joaniquets, Patxis y Xosés dejaran de despiojarse a la sombra de un roble o una encina para ponerse a debatir de repente sobre el origen de la soberanía o el dogma de la Inamculada Concepción, sino que, simplemente, el mundo había cambiado y ellos no, y los que no querían que el mundo cambiara hallaron en ellos instrumento adecuado a sus propósitos.
¿A qué viene todo esto? ¿Por qué todas estas reflexiones? Por la manifestación del sábado. No por ridiculizar a los que lícitamente se oponen a la modificación de la ley del aborto, sino por meditar sobre el origen genítido cultural de quienes fueron allí sin saber muy bien a lo que iban, cargados en autobuses bajo promesa de bocata como hace unos años fueron cargados contra la ley que denominaba matrimonio a las uniones heterosexuales y homosexuales, y como dos siglos antes habrían sido reclutados en partidas carlistas por sesudos teólogos de reconocido prestigio como el cura Merino o el Trapense... Bastaba oír las declaraciones de los que iban allí para ver que o no se habían enterado de nada o alguien se había empeñado en que no se enteraran de nada. Pero, en cualquier caso, tampoco hacía falta mucho, que lo importante era estar cerca del líder mundial, del mesías desbigotado, tocar el manto a quien, bajo cuyo mandato se provocaron 500.000 abortos sin que los organizadores del festival del sábado considerasen que hubiera que protestar, pues, "no vamos a salir a la calle todos los días". Otro día hablaremos del sistema métrico popular.



Este es mi primer blog, así que espero indulgencia y agradeceré cualquier ayuda o consejo. Tengo poco más de 30 años y, como dice Gil de Biedma, "Tu gesto casual y tu desenfado resultan truculentos cuando se tienen más de 30 años" Historia, literatura, arte, política... son mis pasiones. Respeto casi todas las opiniones y a todas las personas, y aunque mi prosa sea áspera a veces, es muy difícil enfadarme. Miento, nada me saca más de mis casillas que la estupidez y la mala educación.

solounpoco dijo
Cuánta razón llevas y que bien lo has ilustrado.
Por cierto, que me alegro de tu vuelta por estos lares.
Saludos
20 Octubre 2009 | 02:04 PM