Disciplina
Dedico este post a Edmond y Usía, dos amigos que han perdido la fuerza y las ganas de escribir.
A veces, no tengo una mala palabra que llevarme a la boca y si actualizo es por disciplina autoimpuesta. Evidentemente, el blog se resiente y los posts resultantes no figurarán en la historia de la literatura, pero también tiene su gracia escribir sin tener nada que decir, esperando a ver qué asoma a vuelatecla.
X dice que esto de la disciplina le suena a perversión sexual inglesa y que espera no verme en las noticias con un corsé rojo y una bolsa de plástico en la cabeza, y es que es bastante indisciplinada, además de desordenada. Nunca he entendido porque van apodícticamente emparejados los sustantivos orden y disciplina, pero en X la ausencia de la una hace tándem con la ausencia del otro. Así, puede pasarse una semana leyendo 19 horas diarias hasta acabar con los cuatro volúmenes publicados de Canción de Hielo y Fuego para sumirse después en la más holmesiana apatía y no abrir un libro hasta que el polvo que acumulenn sus tapas empiece a convertirse en rocas sedimentarias. Supongo que por eso le cuesta entender que de ocho a once de la noche no quede con ella porque es el tiempo que dedico diariamente a leer para la tesis, o que el fin de semana me empeñe en levantarme antes de las nueve y dedicar toda la mañana (hasta la una) al mismo menester.
X dice que un blog es algo para divertirse, y no una obligación, `pero yo creo que con la primera letra que colgué en la red, adquirí unos deberes y afronté una responsabilidades. Por diversos motivos, durante mucho tiempo no escribí una sola letra que no tuviese un carácter académico o laboral, y vi el blog como un modo de imponerme la disciplina necesaria para recuperar el hábito de escribir. Además, el formato me ha ido ofertando desconocidas posibilidades, desde la frescura de no tener que ceñirme a ningún tema en especial hasta incorporar música e imágenes a mis textos, con lo que se enriquecían hasta el extremo de hacerlos digeribles. Tecla a tecla, post a post, me he reencontrado con una vieja pasión a la que le fui infiel.
No todos los días me levanto con el verbo brillante y el ingenio ágil, no todos los días tengo algo que decir, pero esta disciplina me ha permitido regresar una vieja idea que empezó como un cuento ya no recuerdo cuándo y sobre el que fueron acumulándose tantas cosas que ha dejado de ser un cuento. Como las viejas montañas en las que viví hasta los dieciocho años y que aún son la patria que añoro pero en la que no quiero vivir, esas palabras que fui perfilando en tinta burdeos son la patria de todo lo que he escrito después, sin darme cuenta de que todos los pequeños retazos contemplados desde cierta distancia estaban menos deslavazados de lo que yo creía.
Todo tiene su tiempo, y no escribiré ahora el cuento que debió ser acabado hace quince años, pero sí puedo regresar a los personajes que entonces esbocé, las calles que empecé a intuir, el paisaje que despuntaba entre la bruma. Porque doña Leonor,Víctor Dapifer, Joan Bernat, el juez Rocanegra, Antón, Alfonso el mecánico y tantos otros han envejecido mucho mejor que yo, y si Augusto Pérez suplicó por su vida a Unamuno, ellos me están exigiendo la suya. Tras tantos años dándoles vueltas, les he tomado cariño y temo ahora no estar a la altura de las circunstancias, pues, como en el cuento en el que un hombre decide vender su alma al diablo y pasa a recogerla una piltrafa maltrecha del infierno que le replica, "A tal alma, tal diablo", temo que eso mismo ocurra con ellos, los que ahora esperan que les dé voz, pues lo bueno que puedan tener doña Leonor y los demás es mérito suyo y lo malo, imputable a mi torpeza.
Si los personajes exigen su vida, también después de tantos años reclaman su geografía las montañas de la ciudadela, que tengan nombre el congosto que el río les abre hacia las tierras bajas, y el mismo río, el que se llevó medio puente medieval de Saverri en una avenida del 18, cuyos huellas perduran tanto en los prados de ribera del valle como en la memoria. La colegiata y el claustro, los restos del castillo, las ruinas de los molinos y la fábrica de tejidos, el bosque que un incendio devastó, el club de Golf 'Prat d'Or' y su urbanización de adosados idénticos; el viejo barrio que la Compañía de Carbón del Noreste levantó en los cuarenta, con geranios en los balcones de las casas de los pulcras y cuidadas de los antiguos mineros, mientras que los chalets de los ingenieros se desconchan y se pudren... todo ello pide su sitio, exige que se arranque sonido a sus calles y sus árboles. Su silencio es atronador.
Letra a letra, post a post, mis pasos me han llevado aquí. Quince años después, vuelvo a Arteran.






Este es mi primer blog, así que espero indulgencia y agradeceré cualquier ayuda o consejo. Tengo poco más de 30 años y, como dice Gil de Biedma, "Tu gesto casual y tu desenfado resultan truculentos cuando se tienen más de 30 años" Historia, literatura, arte, política... son mis pasiones. Respeto casi todas las opiniones y a todas las personas, y aunque mi prosa sea áspera a veces, es muy difícil enfadarme. Miento, nada me saca más de mis casillas que la estupidez y la mala educación.

selenedenebulae dijo
En parte entiendo lo de la autodisciplina, a mí me ocurre lo mismo algunas veces, pero X tiene algo de razón, si no te divierte escribir, pierde su gracia. Tal vez no el hecho en sí de escribir, sino el qué. Yo llevo una racha en la que me pregunto qué demonios le importa a la gente lo que yo escribo. Debe de ser bajón bloguero. Reconozco que muchos post que se ven por ahí tampoco me interesan demasiado. Es como lo que decías del Facebook, la verdad, leer post que son destinados a un amigo o amiga bloguero exclusivamente, como se ve muchas veces, no me apetece. Ni comentar y decir "Fulanito/a, qué buen rollo tienes en tu blog". Entonces me da por pensar que de vez en cuando, un descanso bloguero de unos días no me viene mal, y centrarme en mi novela. En fin, son reflexiones.
Muchos besos. Por cierto, la música, genial.
30 Junio 2009 | 04:06 PM