Guerra de sexos
Que X y yo discrepamos sobre nuestra apreciación de varias cosas no es ningún secreto, pero últimamente nuestras controversias están alcanzado un insólito grado de belicosidad. Ella se empeña en sicoanalizarlo todo desde un punto de vista freudiano que, cuando tengo un buen día, me resulta indiferente; pero últimamente los buenos días escasean.
A la precariedad de que he hablado tantas veces ya y que procuraré omitir en adelante, pues hablar de ella no la va a resolver, hay que sumar todos los inconvenientes que hallo en la primavera/verano. Ya no es sólo una cuestión de inclinaciones anímicas, de que mi espíritu vibre más armónicamente con los colores del otoño y el frío del invierno, sino de salud. La física, pues soy alérgico al polen de no sé cuántas especies, herbáceas y de mayor porte, y la mental, pues las alteraciones etológicas que sufre la mitad de mis congéneres (la mitad femenina, normal pero no exclusivamente) con la excusa de reactivaciones hormonales me desconcertaban a los quince años, me divertían a los dieciocho, me aburrían a los 21, me desesperaban a los 25 y desde los 30 me sacan profundamente de mis casillas, pues el carácter se educa y los impulsos se controlan, y ni la luna, ni el sol ni el clima me sirven de excusa para comportamientos indignos incluos entre babuinos.
Además de los okupas, X tiene, Deo gratia, otro tipo de amigos, y aunque después de la experiencia con los perroflautas no me quedaban muchas ganas de conocer más especímenes, no me quedó al fin otra alternativa que ser introducido en el peligroso mundo de sus amigas. Apenas necesité dos guiness para darme cuenta de que andaba por campo minado y de que mantener la boca cerrada era la mejor opción para sobrevivir.
El tema de discusión fue lo cabrones que somos los hombres; que hubiera un representante del género masculino no las cohibió lo más mínimo, es más, creo que les sirvió de acicate. Diré que, salvo excepciones -no sé si honrosas o no-, en las relaciones hombre/mujer los hombres no somos cabrones, sino estúpidos; y con esta observación no pretendo salvar la cara a nadie, pues si bien un cabrón puede tomarse una semana libre, un estúpido lo es las 24 horas del día.
Como apenas conocía a las amigas de X, mucho menos sabía quiénes eran los responsables de la sesión plenaria de terapia de grupo, así que poco puedo decir del lado de quién estaba la razón. Bueno, llamadme cobarde si queréis, pero aunque los conociera como a mi misma mano y supiera a ciencia cierta que la razón se inclinaba razonablemente por el lado masculino, ni de broma se me habría ocurrido romper una lanza en su favor ante semejante público. No es prudente reírse de los actores si uno también subido en el escenario.
Por lo que pude columbrar del memorial de agravios que desmenuzaron con meticulosidad, no han tenido mucha suerte con las relaciones, o quizá han tenido un ojo clínico excepcional para enamorarse de los tipos más impresentables. "Siempre hay ojos que se enamoran del legañas", sentenciaba mi abuela -frase que dedico a su club de fans-. Aunque también esto habría que tomarlo con cierta prudencia.
Nunca he despertado tanto interés entre el género femenido como cuando he tenido pareja. Esto no es un tópico, es una constatación empírica. No sé si es que al tener pareja uno se relaja un poco y deja de comportarse como un mandril en celo y, consecuentemente, las mujres dejan de verlo como a un primate y empiezan a considerarlo persona; o quizá tal vez haya algo de comer del árbol prohibido... o quizá es aquello que Bierce, El diccionario del diablo, constataba del alma femenina al definir "hostilidad" como la que las mujeres sienten hacia todas las mujeres, especialmente hacia sus amigas. Así pues, todas ellas habían conocido a sus respectivos cabrones cuando ellos tenían ya pareja, sólo que la actuación fue distinta: una no se atrevió a atacar, y ahora hace el triste papel de la buena amiga; otra no paró hasta conquistarlo con todas las consecuencias y la tercera que sigue añorando a su ex y quedando con él siempre que él quiere.
Por mí, que cada cual haga según su gusto, como si quieren morder candados. Pero que cada palo aguante su vela y se asuman ciertas responsabilidades; o, si se quiere, que se aplique cierta lógica elemental, y se intuya como posible que alguien que dejó a su pareja de toda la vida (cinco años, pero con las edades de las amigas de X, eso es toda la vida) por una, pueda dejar a esa una para irse con otra. En fin, es lo primero que yo me plantearía, aunque quizá yo soy demasiado cartesiano. Por supuesto, me guardé muy bien esta reflexión y ni se me ocurrió exponerla ante el consejo de Walpurgis, que no me pareció un público receptivo.
El problema de todo esto es que no estamos hablando de Jessis, Jenis y Yolis, sino de personas con inteligencia contrastada, cerebro bien amoblado, estudios universitarios brillantemente completados y una vida laboral prometedora con sólo 26 años; ellos serán unos cabrones, pero, francamente, en este asunto ellas muy listas tampoco están demostrando ser. O sea, que no entiendo nada. Y si la actitud de la primera me parece entrañable pero estúpidamente romántica, la de la segunda es la perseverancia en la ilógica creencia de que "conmigo será distinto" y "yo le haré cambiar". Pero a quien me cuesta más entender es a la tercera, enrocada en una relación que fracasó porque la pareja, según X, tenía la madurez de una ameba; a pesar de todo, ella sigue disponible siempre que el imbécil la llama; lo que no comprendo es que ella actúa como si no tuviera alternativa, como si fuese el único hombre que tendrá en su vida, cuando no es absoluto así. O n lo sería si ella quisiera. Evidentemente, con esta perspectiva, habría estado muy ocupado para irme de acampada con ellas y ellos en San Juan aunque no hubiera tenido nada que hacer, pues una cosa es ser el mayor de un grupo y otra muy distinta es tener que ejercer de abuelo...
A todo ello, Natasha llega mañana a Barcelona; X me ha dejado bastante claro -lo ha escrito en mayúsculas sobre mi nevera- que no quiere conocerla y que si me voy a cenar con "la bailarina" (así la llama) que no me tome la molestia de llamarla en una semana. La verdad, no entiendo nada, pero supongo que eso entra dentro de lo esperable.








Este es mi primer blog, así que espero indulgencia y agradeceré cualquier ayuda o consejo. Tengo poco más de 30 años y, como dice Gil de Biedma, "Tu gesto casual y tu desenfado resultan truculentos cuando se tienen más de 30 años" Historia, literatura, arte, política... son mis pasiones. Respeto casi todas las opiniones y a todas las personas, y aunque mi prosa sea áspera a veces, es muy difícil enfadarme. Miento, nada me saca más de mis casillas que la estupidez y la mala educación.

jotatrujillo dijo
Como vamos a llamarte cobarde, hay que tener muchas agallas para meterse en una reunión de amigas de "tu chica", siendo además el único representante del genero masculino.
Es natural que no entiendas la postura de X, en relación con la visita de Hatasha. A eso le llaman ellas "sexto sentido femenino", lo que para nostros es un simple y vulgar ataque de cuernos.
Suerte, que seguro la vas a necesitar.
10 Junio 2009 | 06:10 PM