Esto del cambio climático se está traduciendo en una desaparición del entretiempo: pasamos del invierno al verano o viceversa sin primaveras ni otoños... así que lo de los 3/4 de manga de las abuelas es ya materia para paleoantropólogos. Cierto es que yo estoy esperando que la temperatura baje diez grados para calarme el bowler o el homburg y cenirme el abrigo de cuero, pero los hay que aún no han acabado de dar las doce del equinoccio de primavera que ya van en bermudas, tirantes y chancletas. Y no se las sacan hasta el Pilar, como los que todavía hoy llevan la camiseta del Barça, que debe oler ya a establo de cabras o a zarigüeya muerta... la mitad de ellos parecían zombis, la fiesta les debe durar aún, y si se mantienen en pie será sólo porque la acartonada camiseta les hace de exoesqueleto.

No negaré que el verano tiene sus cosas interesantes, que ya resumiera Celaya, "Momentos felices"

Cuando salgo a la calle silbando alegremente,
el pitillo en los labios, el alma disponible,
y les hablo a los niños o me voy con las nubes,
mayo apunta y la brisa lo va todo ensanchando,
las muchachas estrenan sus escotes, sus brazos
desnudos y morenos, sus ojos asombrados,
y ríen ni ellas saben por qué sobreabundando,
salpican la alegría que así tiembla reciente,
¿no es la felicidad lo que se siente?

Eso está muy bien, en teoría, pero, como dice Homer Simpson, "en teoría, el comunismo funciona", pues no todos los cuerpos son compatibles con todas las prendas, y del mismo modo que yo no soy compatible con una camiseta de licra (sí, lo sé, alguno de vosotros pagaría por verme con una), el top ombligo visto no es obligatorio en todo fondo de armario; es más, convendría someter a algún fondo de armario al mismo escrutinio que la biblioteca de don Quijote, por el bien de la Humanidad, pues no tenemos culpa de que no tengan espejo en sus casas o que sus amigos y parientes hagan apuestas a su costa, pues ya me diréis qué otra razón esconde enfundarse en una prenda notoriamente menor a la talla requerida sin otro fin -inevitable, aunque posiblemente no deseado- que parecer un chorizo mal atado...

Tengo un conocido, primo de un buen amigo mío, con una costumbre parecida. Orgulloso de su cuerpo y encantado en general de haberse conocido, dedicándose a sí mismo el pasodoble 'Marcial, tú eres el más grande', lleva machacándose en el gimnasio desde que tiene uso de razón; bueno, en realidad, desde mucho antes, pues la razón hace poco que la usa, que cuando se para a pensar todavía tiene que ponerse la 'L'

Mis trajes son talla 58, algunos incluso 60, lo cual indica que no soy precisamente estrecho de hombros, pero es mi espalda raquítica al lado de la suya; es un tipo de debería tener su propia talla: S, M, L, XL, XXL y PA (Primo de Alejandro); a pesar de todo, en cuanto abril gira la esquina él ya está buscando camisas y camisetas talla M entre boutiques de lujo (porque él lo vale), supongo que con la intención de sacarle todo el partido posible -sexual, se entiende- a la musculatura y el bronceado UVA, aunque las lleva tan ceñidas que se le marcan hasta las venas; sin duda, no será tan antiestético como yo lo percibo cuando siempre cae alguna. Ytambién  alguno lo intenta, para jolgorio de los que estamos cerca y peligro del galán, pues tanta metrosexualidad, tantas horas de gimnasio, solarium y depilación son la engañosa targeta de presentación de una persona bastante conservadora en lo político y lo social, por no llamarle directamente 'facha', y cuando algún incauto se confunde suele resolverlo con una diplomática rinoplastia sin anestesia.

Bajtin y Mollet  llorarían emocionado al ver cómo sus teorías de la permeabilidad cultural en la Baja Edad Media son perfectamente aplicables en el siglo XXI, y como los individuos culturalmente más primarios se han empapado de unas modas y usos que no hace muchos años se les hubiese considerado antagónicos; evidentemente, y siempre siguiendo las pautas de Bajtin, adaptándolos. Porque el caso del primo de mi amigo no es en absoluto un caso excpecional, sino una categoría social nueva: el gárrulo metrosexual, bestia que ejerce especialmente en verano; camiseta de tirantes, bermudas y chancletas es su uniforme de campaña.

Asumo que mi traje Príncipe Eduardo de lino crudo, con un Montecristi tipo fedora -aunque, últimamante, con los mimbres con los que trato, estoy tentado a llevar un gambler o un colonial- no es un atuendo habitual, y que incluso puede resultar chocante en la patria adoptiva de la camisa de cuadros, pero, por pintoresco que pueda resultar, no es notoriamente inapropiado, como sí lo es ir en moto o de fiesta con chancletas. Quizá es que yo soy hipocondríaco, pero no logro minimizar el riesgo de dejarse media planta del pie en una o de contagiarse de cualquier cosa en otra -imaginaos lo higiénico de entrar al baño masculino de una discoteca con ese calzado; sólo de pensarlo se me está levantando el estómago-.

 La camiseta de tirantes; no entraré en evaluar cómo le queda a una chica, pero desde luego que en un chico es una infamia, y cuándo el gárrulo de turno decide usarla antes de acabar con el tratamiento depilatorio axilar es para pedir asilo estético entre islandeses, a los que no creo con mejor gusto, pero sí con el sentido común suficiente de no usar esa ropa en su clima. Y si cualquier camiseta de tirantes es lamentable, la antaño conocida como imperio

debería ser eximente en un juicio por asesinato:

-¿Tiene algo que alegar el acusado en su favor?

-Señoría, vino a cenar con camiseta imperio.

-No diga más. Causa sobreseída. Se condena a la familia de la víctima a pagarle la tintorería.