Cifras y letras
En 1996, la UNESCO declaró el 23 de abril como Día Internacional del Libro, idea que había nacido en Barcelona a principios del siglo XX, cuando el escritor valenciano Vicent Clavel Andrés propuso en la Cámara Oficial del Libro de Barcelona, de la que era miembro, crear un "Día del Libro Español". La iniciativa fue sancionada por Alfonso XIII en 1926, primero para celebrarla el 7 de octubre, fecha en que se suponía nació Cervantes, y en 1930 se trasladó al 23 de abril para pero toda España, pero sólo en Cataluña arraigó, por coincidir con la Diada de Sant Jordi. O quizá porque era surrealista celebrar una fiesta del libro en un país que en 1910 tenía una tasa de analfabetismo del 59,35% (LUZURIAGA, El analfabetismo en España, Madrid, 1919).
La fecha se escogió por se una efeméride literaria recurrente, pues en ella encajan o se hacen encajar muertes y nacimientos de escritores, pues Cervantes, Shakespeare y el Inca Garcilaso murieron el 23 de abril de 1616. Bueno, más o menos, que Cervantes murió el 22 y fue enterrado el 23, y el de Stradford murió el 23 de abril según calendario juliano, que correponde al 3 de mayo del gregoriano, vigente ya en la España que enterró a Cervantes y se olvidó de él. William Wordsworth (1850), Alejo Carpentier (1980) y Josep Pla (1981) también creyeron que era una buena fecha para que el carpintero les hiciera de sastre. Es más, viendo la nómina de poetas, dramaturgos, novelistas y demás que murieron un 23 de abril, creo que si me dedicara a las letras en lugar de andar de fiesta hoy estaría en casa escondido arreglando mis asuntos por si la Parca decidiera venir de visita.
España es un país peculiar, no me cansaré de decirlo, y nuestra prensa es espejo de lo que somos -y Espe jode lo que somos, pero eso es otra historia-, un país de esquizofrénicos, pues sólo nosotros seríamos capaces de convertir la Fiesta de las Letras en un Baile de Cifras. Así, ni siquiera en el único día de entre 365 que está dedicado a la literatura se hablará de literatura, sino de libros vendidos, del libro más vendido, del menos vendido, quién tenía la cola más larga esperando para que le firmaran el libro... Estadísiticas, cuadros, gráficos. Cifras, cifras y cifras para el eterno debate ibérico de quién la tiene más larga, quién mea más lejos. Dos minutos para ventilar el premio Cervantes que, como de costumbre, recaerá en un autor de cuya imprescindible obra el periodista que lo reseña no podría citar un solo título sin ayuda -haberla leído ya sería para dedicarle una calle al milagro-, dubitativo incluso en la ortografía de su apellido.
Todo esta catarata de números, de comparativas, de diagramas... este minucioso recolectar todas las anécdotas posibles, mejor cuanto más absurda sea por lo alejada de la cuestión literaria, no son sino fuegos de artificio con que enmascarar la triste realidad: que seguimos siendo una panda de analfabetos funcionales. Pero, como Fray Gerundio de Campazas, alias 'Zotes', "que no sabía leer y ya sabía predicar", no haber leído nada no nos impide ponernos a escribir. Pues como me advertía hace unos años una amiga, asistente de dirección en una editorial no del todo desconocida, "si todo el que escribe un libro en España, leyera un libro, la industria editorial sería más rentable que el tráfico de armas".
Convocado un Sandedrín de futurólogos -conociendo los criterios con que se mueven nuestras televisiones, lo supongo antes formado por Aramis Fuster, Paco Porras y Rappel que por críticos y agentes literarios-, parece que el augurio para la soleada, al menos en Vetera, jornada literaria es que el segundo volumen de la trilogía "Millenium", La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina, del sueco Stieg Larsson, se alce con la mediática cabecera de la lista de ventas. No puede decirnos nada ni de este libro de ni su predecesor, Los hombres que no amaban a las mujeres, pues me he impuesto no leer ninguna trilogía más mientras no estén los tres volúmenes publicados.
Aunque todos los días son para mí el Día del Libro, como para los enamorados siempre es su día, no estará de más que dejé de lado mi snobismo para mencionar el último libro que he leído. ¡No huyáis todavía, por favor, que no tiene nada que ver con los sistemas de filiación protogermánicos en la antroponimia altomedieval!
El libro es la novela La carretera, de Cormac McCarthy, libro que me aconsejaron desde el blog Aterrizaje-forzoso.blogspot.com, y que podéis encontrar analizado allí y reseñado aquí, de donde saco la imagen de la portada, que es por cierto también la de mi edición.

El autor ha tallado con frases breves un desolador camino hacia un sur que a veces parece inexistente. Cada palabra es un golpe de cincel para una obra tan sólida que pesa como una losa al acabarla, incluso pese a un final que podría ser cuestionable.
Pero no añadiré más, pues la novela merece que se hable de ella en un post específico, y no para rellenar otro o como concesión a una fecha. Como despedida, hoy no podía menos que hacerlo con un fragmento del Llibre Vermell de Montserrat, en su interpretación por Jordi Savall.






Este es mi primer blog, así que espero indulgencia y agradeceré cualquier ayuda o consejo. Tengo poco más de 30 años y, como dice Gil de Biedma, "Tu gesto casual y tu desenfado resultan truculentos cuando se tienen más de 30 años" Historia, literatura, arte, política... son mis pasiones. Respeto casi todas las opiniones y a todas las personas, y aunque mi prosa sea áspera a veces, es muy difícil enfadarme. Miento, nada me saca más de mis casillas que la estupidez y la mala educación.

solounpoco dijo
Gracias por el briconsejo. Estaré atento a ver si pillo esa edición de bolsillo, más que nada por lo económico. Si no me equivoco este es el autor de "No es país para viejos".
Saludos
23 Abril 2009 | 01:34 PM