Como víctima de la Ley de Murphy, he decicido dejar hasta el último minuto cualquier intento de planear nada para esta Semana Santa y dejar que sean las circunstancias las que tiendan la urdimbre de esos días, que de la trama ya me ocuparé yo. Tras mis frustrados intentos por abandonar el país y no saber nada de nazarenos, Cristos del Gran Poder y procesiones, saetas y fanfarrias, no me queda más que retirarme a pasar tan estereotipados días en la cerril patria de mis dragones, y bien por la crisis, bien porque esas agrestes montañas no le interesan a nadie o bien por todo ello, hoy a primera hora de la mañana quedaban suficientes billetes de tren para acomodar el traslado de un batallón.

Aprendí durante la carrera que llevarse libros de lectura más o menos forzosa de vacaciones no era más que acarrear peso inútil, así que en mi pequeña maleta sólo irán la Historia de la Crítica Literaria que Isabel me aconsejó, las actas de un congreso de antroponimia medieval, Territori i societat a l'Edata Mitjana, vol. II i III, y por último El mas català durant l'Edat Mitjana i Moderna. De estos últimos, por ser obras conjuntas, en principio no leeré sino los artículos que me convengan, pues mi conozco suficientemente bien mi capacidad para dispersarme como para eludir la tentación de adentrarme en las sutilezas de la evolución social y arquitectónica del mansus barcelonés en época moderna.

Si el tiempo -tanto Cronos como el clima- coopera, no dejaré de hacer otra visita a los restos ocultos en el bosque de Curantrum para trazar un topografía básica más o menos aproximada del villar, con acotaciones de tamaños de las construcciones y demás... nada muy elaborado, que mis fondos para excursiones arqueológicas andan secos, y no tendré más ayudantes que mi padre y mi tío, y eso sólo porque les he asegurado que la zona es rica en setas de primavera, pero suficiente para dar una idea de la casa medieval en la montaña.

De todos los defectos que padecen mis montaraces vecinos, la pornografía religiosa no está entre ellos. La pietas barroca nunca tuvo asiento entre ellos, pese a todas las misiones que dominicos primero y jesuitas después emprendieron durante la contrarreforma para reeducarlos en sel cristianismo ortodoxo (GELABERTÓ, Martí: La palabra del predicador. Contrarreforma y superstición en Cataluña, ss. XVI-XVIII), y desde siempre han mirado con suspicacia cualquier aparatosa manifestación de fe, como algo ajeno, impuesto, casi extranjero; tres procesiones liquidan su año litúrgico, breves y discretas, una en enero por el santo patrón que los defiende de la indigestión, otra por Ramos y la última en Corpus. Y maldita la falta que tienen de ninguna más.

No son un pueblo de descreídos, pero la dureza del clima, la pobreza de la tierra -"30 son pobres de solemnidad y, el resto, poco acomodados", fue la respuesta local a la pregunta del cuestionario de Francisco de Zamora de 1789 sobre el nivel de vida- y la cercanía a la frontera ha puesto a prueba su fe en dioses y hombres, y prefieren no hacerse ilusiones con la benevolencia o la indulgencia de Uno y otros. Entre ellos han arreglado sus asuntos, y ventilan las injerencias del clero con refranes como:

A l'església per resar, a la plaça per tractar. (A la Iglesia para rezar, a la plaza para negociar)

A cadascú el que sia seu i l'encens per Déu (A cada cual lo suyo, el incienso para Dios)

No es esta una tierra de Quijotes, sino más bien de Bartleby, y la resistencia no ha sido nunca escadalosa ni de escopeta al monte, sino más bien un sordo boicot, con la desidia y la inoperancia como armas de sabotaje. Siempre que se intentó introducir un modo religioso distinto, los aborígenes aceptaron la letra violando el contenido, y ni siquiera tras la guerra se logró imponer duraderamente manteos, procesiones, desfiles de fuerzas vivas, saetas y fandangos, pues las montaraces mujeres, las invictas, no lo toleraron, pues ellas no habían perdido la guerra de sus hombres ni iban a aceptar sin más las leyes del vencedor. En esas montañas todavía ahora se distinguen dos leyes: las que regulan la convivencia, breves, claras y concisas, de obligada observancia bajo pena de ver su nombre escrito en ostrakon,

Archivo:Scherbengericht.png

Ostrakones con nombres de políticos griegos grabados

y las impuestas de fuera, cuyo incumplimiento ha sido hasta hace poco motivo de blasón.

Llena estuvo sin duda la misa de Ramos, donde más de un niño saldría malparado de la batalla de palmones, y llena estará la misa del Viernes Santo, aunque media montaña haya quebrado la abstinencia de carne con el argumento de que "con el precio que tiene, el lujo es ahora comer pescado". Y los viejos del lugar se sentarán a ver por televisión  el desfile de los legionarios, el marchar de las cofradías sevillanas , el bamboleo de los capirotes como un reportaje de National Geografic, como danzas massai, el girar de los sufíes... como exóticas religiones idolátricas.