Con inquebrantable ingenuidad, uno espera que un cambio municipal suponga una especie de hoja en blanco en la que empezar a escribir las relaciones con los munícipes y su brazo armado, los funcionarios, desde cero, pero nunca es así.

Ayer, a última hora de la tarde, me confirmaron que finalmente el tercer partido en discordia se sumaba a la moción de censura contra el equipo que gobernaba en minoría el Ayuntamiento de Vetera. Bueno, lo de gobernar es un decir, pues la debilidad había sumido en inoperancia a la mayor empresa de la villa.

Confieso que de haber sabido bailar la jota, una jota me habría marcado sólo de imaginarme en la puta calle a los cargos de confianza nombrados políticamente, a dos especialmente inútiles, incompetentes, prepotentes y holgazanes. El paradigma de sátrapa de oficina municipal, en fin. De hecho, Elías, mi jefe, llegó a proponerle ayer al director de la empresa que contrate por un mes a uno de ellos, que él le paga el sueldo, sólo para devolvérselas todas y cada una de las judiadas con que nos ha torturado los últimos tres años.

¡Qué poco dura la alegría en la casa de los pobres! Esta mañana, fuentes bien informadas han echado un jarro de agua fría sobre nuestras esperanzas e ilusiones, pues el Ayuntamiento próximamente saliente paga con dinero de todos los servicios prestados, y convierte el puesto político en prebenda funcionarial, vitalicia, desde donde continuarán ejerciendo sus minúsculas y respectivas dictaduras. O no, porque el nuevo consistorio habrá de cubrir los puestos políticos vacantes con otros, vaciando de contenido la plaza funcionarial, pero no de salario. Así, al recién nombrado Director de Departamento de Vía Pública se le impondrá un Coordinador General de Área, y así sucesivamente de legislatura en legisltatura se irán acumulando personas para un único trabajo. Porque cada partido tiene un background al que contentar y unas redes clientelares que mantener y expandir.

Feliz estará el que rozará su parcelita de poder por primera vez en 30 años (partido único, era el régimen que se estilaba en Vetera), pero más aún el que seguirá cobrando sin responsabilidad alguna. ¡Bendito país este, que puede mantener a semejante caterva de zánganos! Alimentados de nuestro costillar, pues en lugar de reducir efectivos la hipertrofiada administración municipal, como haría cualquier empresa en quiebra técnica como están tantos Ayuntamientos, aumentan impuestos municipales, tasas y sanciones, que los hombros ibéricos cargan con lo que sea. Y si no basta con aumentar, se inventan exacciones nuevas, como la obligatoriedad del reciclado, bajo pena de multa, que no hay que dejar pasar la ocasión de criminalizar al ciudadano para dismular la feudal depredación a que nos someten.

Porque se han subvertido los términos, y los que en teorías son nuestros servidores públicos han devenido nuestros opresores. No hay mayores incumplidores de la ley que los Ayuntamientos, pues si un retraso en satisfacer una tasa tan arbitraria como impuesto de basuras sobre los aparcamientos supone una multa, ellos pueden perfectamente no pagar en 240 días. ¿Dónde está escrito que esto ha de ser así? Porque que me traigan ya una hoja en blanco, que redacto un contrato nuevo. Y si se muestran reluctantes, hagamos nuestra particular toma de la Bastilla, exijamos una auditoría general a todos los Ayuntamientos. A ver qué ocurre. Quizá haya que contratar personal en Alemania para suplir a todos los que acabarían en la cárcel, pues media España huele como Marbella.