En estos días de cierto revuelo mediático por el cierre de dos macroprostíbulos en Castelldefels, cerca de Barcelona, el Riviera y el Saratoga, seguidos de la imputación de varios mandos y ex mandos de la Policía Nacional en, como mínimo, la vista gorda, cuando no directamente en cobro de sobornos, el tema anda candente en las calles de Vetera, ciudad de inconfesos bajos fondos, como toda ciudad pequeña, provinciana y conservadora, de misa y rosario, de la puta y la Ramoneta.

Quizá haya sido el cierre de estos locales, que mantiene en dique seco a los bravos aborígenes, o tal vez sea la entrada de la primavera,

 

la cuestión está en que no hay día en que a mi alrededor no surja el tema y, sinceramente, maldito el interés que me suscita conocer esas transacciones y sus tarifas. Cuando uno trabaja en la construcción, por más esfuerzos que haga, acabará enterándose de todo lo que no querría saber sobre métodos y lugares para recorrer las sendas más indignas de uno mismo. Y si los viejos oficiales eran así, los jóvenes peones crecen en el mismo caldo fermentado.

Por supuesto, Vetera no tiene su casa con farolillo rojo donde solazarse honradamente. Las señoras de los astracanes y mantilla y sus maridos, clientes VIP de los clausurados Riviera y Saratoga, no habrían tolerado tal afrenta en su ciudad santa; aquí todo es clandestino -aunque todo el mundo lo sepa-, en pisos francos en la calle del Abat Servusdeu, o la de Santa Rosa, o la de Sant Martí... para desesperación de los vecinos que todavía queden en tan pías calles, cuando el apretón alcohólico de uno que no llegó a Castelldefels los despierta un miércoles a las cuatro de la madrugada.

-¡Ábreme!

-¿Para qué quiere que le abra?

-Para ver a las nenas.

Profundo es el vacío que la acción judicial ha dejado en el alma oscura veterense, y no pocos los misericordiosos que se han apresurado a consolar al afligido. No parecen los tiempos propicios para grandes inversiones, y la red de pisos francos aún admite tupirse un poco más, basta con tener los contactos adecuados y salirse del piadoso circuito de santos y abades.

Y así es como llegó a Vetera un aplicado alumno del cuerpo de policía, de la escala intermedia, aunque no mencionaremos de qué cuerpo, buscando un piso de alquiler para su novia china y la madre de esta, que hallaría por agencia inmobiliaria aliviada de dar salida a algo de la cartera. Un currículum verificado dio cierta tranquilidad a la propietaria,

-Que en los tiempos que corren puede meterse en tu casa cualquier sinvergüenza.

-Que razón tiene usted, doña Paquita. En mi trabajo he visto de todo.

Y tranquila quedó doña Paquita con su policía y su novia, "muy mona ella, muy fina, parece más joven que él, pero con los chinos ya se sabe, son como las ermitas y los puentes, que no tienen edad. La madre, muy seria, parecía un sargento de semana". Y tranquila estaba hasta que los vecinos de los alquilados -Vetera es monstruosamente aldeana para su más que respetables dimensiones-, empezaron a quejarse de un trajín interminable de hombres subiendo y bajando por los ascensores a cualquier hora del día y de la noche, de llamadas intempestivas como la transcrita literalmene por doña Paquita líneas antes y de buzoneos extraños.

-Que no, hombre, que no, que esto tiene que ser un error.

-Te digo que han convertido tu piso en una casa de señoras que fuman. Cómprate el periódico el viernes y lo verás.

Y allí estaba, la dirección y el teléfono de su policía debajo de una joven oriental que, sonriendo, prometía ser muy complaciente.

-¿En qué ha convertido usted mi casa? -llamó de inmediato al policía

-Que no, doña Paquita, que es sólo una casa de masajes.

-Oiga, no me tome por tonta, que aún sé leer.

-¿Ha visto el anuncio?

-Lo tengo delante de mis narices ahora mismo.

-Es que en el periódico se han confundido con el anuncio y...

-Me da igual. Cuando acabe el mes que ha pagado quiero que se vaya.

Pero no parecía el astuto empresario muy por la labor, por más burófax que doña Paquita le enviara y por presiones de la inmobiliaria. Así que pagó otro mes por adelantado.

-Oiga, le he dicho que se vaya. ¿Cómo tiene la cara de pagarme otro mes?

-Es que no encuentro otro piso. En la inmobiliaria no quieren buscarme nada. ¿No sabrá usted de un piso en la calle de Sant Martí?

En este impasse está doña Paquita, que prefiere resolver a buenas el asunto y rescindir el contrato sin requerimientos judiciales, en parte por miedo a un policía del que sospecha poca honradez y menos escrúpulos, en parte porque intervenciones ajenas aún le precintarían el piso, para descalabro económico y mayor vergüenza. Mientras, sigue el buzoneo del edificio con mensajes dudosamente comprensibles que han sido descifrados como publicidad de los otros dos pisos francos de orientales en la calle de Sant Martí y que se rumorean en manos de la mafia china, para alarma del vecindario y desesperación de doña Paquita.

-Ahora, ¿quién limpia el honor de mi piso? ¿A quíen se lo alquilaré? Nadie le lavará la fama.