Decía el gran Flavià en una de sus astracanadas que la muerte nos entristece porque somos unos egocéntricos y pensamos en la propia, que si pensásemos en la de otros nos apenaría menos, o incluso nos arrancaría una esperanzadora sonrisa. Pero eso lo dice porque no conoce mi cobarde, vieja, pobre  y salvaje tierra en que no vivo, casi tan pequeña como la patria que rodea la tapia del cementerio. Salvo mi familia, que observa un riguroso culto a la muerte, el resto del valle convive con ella entre risotadas y chistes de gusto cuestionable. Desde luego, la Muerte no se ha vuelto salvaje en mis montañas como Ariès, La muerte en Occidente. De la Edad Media a nuestros días, ha detectado en el mundo civilizado. Quizá porque siempre estuvo tan salvaje como sus huéspedes. O quizá porque mis montañas están todavía sin civilizar. Al menos, así pensaba un amigo mío, extremadamente religioso, cuando le comenté que el cura no pudo montar un año el Belén viviente porque no había encontrado una virgen en todo el colegio.

-Tu pueblo es tierra de misión-concluyó, sacudiendo la cabeza.

Ya sea con mis dragones o con mis amigos, cuando contacto con mi Macondo montaraz las conversaciones empiezan con el listado de los que han colmat (han colmado) o a quienes el carpintero les hace de sastre, términos jocosos para afrontar la realidad de unos valles donde el más joven hizo el servicio militar con lanza y cualquier concentración se percibe como calvas jaspeando un mar de canas. Nunca se ha temido reírse de la Muerte, propia o ajena; las bromas más afortunadas, la carcajada más segura la tienen como actriz o como protagonista, y no es un mecanismo de defensa contemporáneo, pues ya era así en mi infancia, cuando los valles aún no se habían despoblado. Quizá por eso me chocaba tanto la reverencia familiar a lo que el resto se tomaba a broma.

La hilera de rostros circunspectos que desfilan para dar el pésame -los hombre a los hombres, las mujeres a las mujeres, separados en los funerales a derecha e izquierda del altar- apenas disimulan un bisbiseo de risas apagadas y chascarrillos que la severidad del entorno hace aún más divertidos, como cuando el impasible taxista de rostro de palo que me seguía en el pésame a un ex-alcalde aficionado a las tragaperras se inclinó ligeramente y me susurró al oído:

-CIRSA ha enviado una corona.

Y regresó a su puesto, sin apenas una sonrisa tras la animalada, a la lenta marcha hacia las condolencias. O en el funeral de mi tío abuelo Morgan, llamado así por volver de la guerra civil con una pata de palo, cuando desde la fila de atrás me preguntó mi primo si el cura estaba consagrando vino o, en honor al difunto, ron del bueno. Aún no sé cómo sofoqué la risotada al imaginarme a don Justo entonando el "ron, ron, ron, la botella de ron..."  en lugar de salmodiar lo de "Este es el cáliz...". O esa otra ocasión en que en el cementerio se nos acercó la hija del difunto al que despedíamos y murmuró:

-Ya tenemos la lápida. Pone: "Aquí sigue descansando Federico".

Y nos dejó con la boca llena de risa, como en el responso por  la dueña de un hotel, cuando el antiguo párroco, que en tantos años en Macondo ya se había imbuido del surrealismo local, aseguró que iría al cielo, pues había observado el mandato divino de dar de comer al hambriento y cama al cansado, que en ningún lugar de la Biblia decía que no se podía cobrar por ello.

Poco después, el viudo, un anciano ganadero que recogía sus ovejas vestido con traje negro y camisa blanca, recordaba durante una partida de butifarra como en su juventud la tuberculosis mató a la mitad de su familia:

-¡Suerte tuvimos que dio por las personas! Que llega a dar por los animales y nos arruina -masculló, entre gestos de aprobación del auditorio.

Una gripe mató al abuelo de una familia del pueblo acostumbrada a no pagar y, con criterio estrictamente empresarial,  Joan, gerente de pompas fúnebres y de una tienda de muebles, se negó a ir a buscar el cadáver al hospital que lo custodiaba:

-Aún me deben los muebles de la cocina -explicó con su voz cavernosa cuando llegaron el alcalde y el jefe del yerno del difunto.

-A ver cómo podemos arreglar esto, Joan -medió el munícipe-, que no quiero volver a salir en los periódicos (tres veces en dos meses, por motivos a cada cual más morboso).

-Si el Ayuntamiento paga una mitad, yo pongo la otra -ofreció el empresario-. y tú, Joan, hazme buen precio, que el muerto no es mío.

-Tampoco hace falta que la caja sea de cartón -se alarmó el alcalde-, algo que sea digno.

-Sí, claro, como el dinero no es tuyo...

Como alcalde, empresario y enterrador representan a tres de las cuatro fuerzas políticas del Ayuntamiento, se enzarzaron en una dsiputa que a poco se olvidan del abuelo.

Confieso que tener un amigo como Joan, gerente de la Agencia 'El Último viaje' según su tarjeta, no contribuye precisamente a ver con más gravedad el asunto, aunque creo que pocas veces se superará el listón de estas navidades, cuando Joan y tres más iban a una boda en el mismo coche cuando vieron cómo el coche de delante se salía de la carretera y se precipitaba barranco abajo. Pararon en seco y, con los trajes negros con que todo hombre asiste a una boda, descendieron por matorrales, boj y nieve hasta ver el maletero asomar entre robles jóvenes.

-Llama a mi hermano, que creo que es el coche de mi sobrino -ordenó Joan-. Espera, no llames aún...

-Noto que he pillado hielo, el coche culea y me salgo de la carretara. Cierro los ojos y, cuando los abro, lo primero que oigo es la voz de mi tío. "Ya está", pienso, "me he muerto" -nos explicaba el percance Enric, el sobrino, entre risas y copas esa misma noche.