Otra vez Anna Mari de Calcuta
Ni mi hermana en su adolescencia más hormonada logró exasperarme con tanta frecuencia y precisión como esta chica. No sé de dónde saca la información privilegiada para saber exactamente qué decir y cuándo para que la vena de mi sien empiece a palpitar, pero incluso mi cuerpo está empezando a desarrollar una reacción alérgica y estallo en crisis de estornudos cada vez que huelo el maldito Diesel. Por no mencionar las alteraciones que la combinación de arquigafas, pañuelo palestino, collares ibicencos y pantalones afganos provoca en mi ya maltrecho sistema nervioso.
Ya no hablamos de disparidad de opiniones, sino de absoluta y completa incompatibilidad en todos los aspectos: decisiones, gustos, aficiones... élan vital, en definitiva. Mis reservas de tolerancia e indulgencia hace tanto que están agotadas, que mi trato con ella se podría resumir con el célebre telegrama del general Foch a Joffre durante la batalla del Marne:
Me acosan duramente por la derecha. Mi centro sucumbe. Imposible maniobrar. Situación excelente, ¡ataco!
Le apasionan las cosas por las que yo siento, en el mejor de los casos, un más que fundado escepticismo, cuando no las execro directamente. En una de estos interminables coloquios sobre el sexo de los ángeles con las que tanto disfruta torturándome, nos sacó del inmenso bolos de Mary Poppins sicodélica su mazo del tarot y amenazó con que un día nos echaría los arcanos.
-No sé si compensa que la supervivencia de la empresa pase por trabajar con esta loca -resumió Ernest el pensamiento de todos.
Ocultismo trufado de new age, tres ideas ajenas tomadas prestadas de Cuarto Milenio, un par de libros que no entendió y cinco lugares comunes sobre religiones primitivas es todo el armazón que necesita para trazar una cosmogonía sincrética de intuiciones y suspiros. Por supuesto, ni sabe quien es Mircea Elliade ni falta que le hace. Alguna de sus inspiraciones podría ser incluso conversable si no apestase tanto a marihuana y perroflauta. Pero lo que más me exaspera de ella es que tanta conexión new age con Gaya para nada, porque una ameba sería más empática. Irrumpe en las vidas de los demás sin delicadeza alguna, como un tornado, poniéndolo todo patas arriba sin ni siquiera concebir que quizá vivimos la vida que queremos y que nos gusta. Todo y todos estamos, de alguna manera, a su servicio.
El martes a las diez de la noche me llamó por teléfono -en mala hora le di mi tarjeta-, para comentarme ciertos aspectos de la ordenación urbana que ella cambiaría por diseño... después de dos meses. Yo, con la vena de la sien que parecía ya un alien y la copa de Abadía Retuerta a punto de ser pulverizada entre mis dedos, hice acopio de lo único que me queda, que es la cortesía, y mastiqué lentamente un:
-Mañana, a las nueve y media de la mañana, lo comentamos en el despacho.
-No, pero yo creo que...
-Mañana, a las nueve y media de la mañana, lo comentamos en el despacho.
-Pero este problema lo podemos resolver...
-No soy el señor Lobo. No resuelvo problemas. Y menos, por teléfono. Mañana, a las nueve y media de la mañana...
-Sí, ya lo he entendido.
-Maravilloso. Te espero a las nueve y media entonces.
Llegaría a las dos y media.
De un trago vacié la copa y llamé a Elías: -Pero mándala ya a tomar viento fresco -se exasperó. De hecho, me sugería que la mandase a otra parte-. ¡Esto es insoportable! Después de dos meses no puede venir ahora a cambiar el planteamiento básico desde donde hemos desarrollado todo. Podría haberlo dicho en su momento, pero ¿ahora? ¡Ni de broma!
Detesto la impuntualidad; me parece una falta de respeto, una muestra de suficiencia, un decirnos que nuestra vida y nuestro tiempo son inferiores a los suyos y que puede manejarlos a su antojo. Puestos a perder el tiempo, soy yo quién elije como hacerlo. Tampoco soy un obsesivo, quince minutos de margen se pueden dejar a cualquiera siempre, pero no se puede quedar a los nueve y media y aparecer a las dos y media sin un brazo roto o una la denuncia de haber sufrido un atraco que lo disculpe. Así que ayer fue un día de un humor bastante complicado cuando a las diez era evidente que Anna no llegaría a las nueve y media. Las doce y no daba señales de vida; la satisfacción de haber podido emplear la mañana en cosas útiles (como postear contra Gallardón) y no en divagar sobre el ciclo reproductor de los insectos xilófagos larvarios no compensaba el mal humor de andar haciendo las cosas con la incertidumbre de no saber si habría que interrumpirlas de golpe porque Anna Mari de Calcuta hubiera al fin decidido honrarnos con su beata presencia; así que a las dos decidí premiar mi estoicismo con un excelente solomillo Chateaubriand, que Pepe prepara según el modo de Montmerail, cociendo la carne entre carne, como dicen que gustaba a Luis XVIII comer las chuletas, hechas a la parrilla entre dos chuletas que el ciudadano Capeto deshechaba después de su plato. Por supuesto, en honor a ambos, al conde y a su cocinero, regado con un Saint Emilion. Para mi desgracia, aún no había acabado con el foie sobre mermelada de membrillo cuando Anna, que me debe oler, asaltó mi guarida. Por más que me enfrasqué en mi plato, con la avestrúcica intención de no mirarla para que no me viese, no había dispuesto el cielo o el infierno que tuviera esa tregua.
-¡Mira qué casualidad encontrarnos los dos aquí! -canturreó felicísima de haberse conocido, sin atisbo de excusa por las cinco horas de retraso, mientras iba despojándose de no sé cuántas capas de colores -el abrigo morado, el palestino, un jersey de lana gruesa, otro de lana fina- para quedarse en tirantes verdes y sentarse con los planos ya dispuestos.
-Sí, por supuesto, siéntate, por favor. ¿quieres comer algo? -traje negro, camisa negra, corbata negra. La única nota de color, la leontina de plata en el chaleco negro.
-¿Tendrán ensaladas de tofu? Soy vegetariana, ¿sabes?
-No, pero lo suponía -la chica lo tiene todo. En ese momento, me traían el Chateaubriand.
-¿Eso vas a comerte? Es un animal, tiene alma y...
-Anna, no. Yo no me meto en que decidas atiborrarte de hierba como una cabra, déjame comer tranquilo.
-Pero si supieses todas las toxinas que provoca comer carne... además, ¡carne roja!
-Todo tiene toxinas, todo nos acaba matando. De hecho, desde que nacemos nos estamos muriendo. Déjanos a los insensatos que disfrutemos mientras podamos.
-No entiendo cómo se puede vivir así, porque...
-Yo tampoco entiendo muchas cosas. ¿Un poco de vino?
-Prefiero coca cola -"Eso sí que es sano, y no este solomillo", pensé para mí-. Ya que estamos, podemos hablar de cómo eliminaréis la calle que ayer te decía...
-Veamos si aclaramos unas cosas, Anna. En primer lugar, no hablo de trabajo fuera del despacho. Ni mientras como, ni a las diez de la noche. En segundo lugar, yo no trabajo para ti, sino que vosotros y nosotros estamos haciendo un proyecto conjunto: tú no me corriges mi trabajo, sino que trabajas también. Y, por último, no se va a tocar nada de cómo está; has tenido dos meses para pensarlo, no podemos cambiar el primer paso cuando estamos en el tercero.
-Así no se puede trabajar.
-Es que no estoy trabajando, ahora estoy intentando disfrutar de un Chateabriand excelente.
-¿Sabes cuántas hectáreas de la Amazonia se deforestan para crear explotaciones ganaderas?
-Esta ternera viene de Cantabria, no te preocupes...
-Es lo mismo.
-Uff, ¡qué tarde es! no voy a poder tomar ni el café. Disculpa que no te espere, pero entro a las tres. Acaba tranquilamente y ya vendrás, que no hay prisa.
En el primer café delante del trabajo disfruté durante media hora de un largo té, dos periódicos y algo de Haendel







Este es mi primer blog, así que espero indulgencia y agradeceré cualquier ayuda o consejo. Tengo poco más de 30 años y, como dice Gil de Biedma, "Tu gesto casual y tu desenfado resultan truculentos cuando se tienen más de 30 años" Historia, literatura, arte, política... son mis pasiones. Respeto casi todas las opiniones y a todas las personas, y aunque mi prosa sea áspera a veces, es muy difícil enfadarme. Miento, nada me saca más de mis casillas que la estupidez y la mala educación.

fantasmita dijo
Como a ti, no soporto la impuntualidad.No entiendo como se puede ser tan desconsiderado hacia los demás.
Y referente a tu coleguita, te recomiendo toneladas y toneladas de paciencia, que me parece te van a hacer falta.
Besos.
5 Marzo 2009 | 04:17 PM