El señor de la guerra. Una opinión de cine.
Hace unos días, X me hizo un hermoso regalo. No sé cómo, porque la tecnología y yo cohabitamos en incompatibilidad, había logrado bajarse de internet unas películas que hacía muchos días que quería ver: Cromwell (Ken Hughes, 1970), 84 Charing Cross Road-La carta final (David Hugn Jones, 1987) y The Warlord, titulada aquí en insólita fidelidad al original El señor de la guerra (Franklyn Schaffner, 1965)
Imagen del blog Cariño, he encogido la historia del cine.
Lamentablemente, Nicholas Cage hizo un Lord of the War que, como no he visto, no calificaré y que aquí, olvidados ya de la película de Franklin Schaffner, titulamos igual, con notable confusión.
La historia es terriblemente sencilla, uno de los cuatro argumentos esenciales en el arte: el amor maldito. En el siglo XI, en el otoño de su vida, el caballero normando Chrysagon de la Cruz es recompensado por sus servicios con unas tierras y un castillo en la frontera, tierras de paganos asoladas por las invasiones frisias.

Imagen de Mise-en-scène Crytp
Es pues, un retiro y un encargo final, pues deberá defender las marca del duque de las invasiones. Un castillo que no es más que una torre, unas tierras que sólo son pantanos donde malvivir y unos súbditos celtas paganos que desconfían de su cristiano señor, "es nuestro señor, pero no nuestro amo".

Acompañado de su hermano Draco y su ayudante Bors, pese a lo inhóspito del lugar, ajeno a su persona, está dispuesto a aceptarlo como es, gobernarlo y defenderlo, porque es el premio a veinte años de servicios al duque: "Veinte años he vivido con esta fría esposa, ¡Veinte años!", se queja, refiriéndose a su espada.
Es una historia de amor -película basada en la novela Lovers, de Leslie Stevens-, en la que el caballero otoñal, ajeno al mundo que le rodea, el cristiano señor Chrysagon -Heston- conoce a la pagana joven, Bronwyn -hada, espíritu bendito en galés, Rosemary Forsyth-, se aman, pero no les corresponde estar juntos, pues ella es aldeana.

Cuando Bronwyn se casa con otro campesino de la aldea, Heston decide ejercer su derecho de señor y pasar la noche con ella. Ha roto las barreras que los separan y eso desencadenará la tragedia. Así, aldeanos y frisios se alían para asaltar el castillo, unos para rescatar a Bronwyn, otros para rescatar al hijo cautivo de su caudillo.
Al final, Chrysagon, gravemente herido, se dirige en compañía de su fiel Bors a rendir cuentas al duque de sus actos, tras haber matado a su hermano Draco; Bronwyn, por su lado, debe refugiarse entre los frisios. En un bosque, otoñal, los amantes se despiden, con una promesa de verse en el futuro, dudosa promesa, pues uno avanza hacia una muerte casi segura y la otra, hacia una tierra extraña.
Es una de mis películas favoritas. La ambientación, históricamente perfecta, tanto en lo que se refiere al estudio de la religión céltica en Bretaña y Normandía como del primer feudalismo. Lejos de esas coloristas ambientaciones a lo Errol Flyn, los colores son grises y pardos, y el ambiente es denso, pesado. La torre, centro del señorío de Chrysagon, es agobiante, casi el túmulo funerario del señor; de hecho, cuando llegan está abandonada y hallan el cadáver de su anterior señor. No es un gran castillo, es lo que probablemente sería casi todos los castillos, una torre y poco más. Frente a la atmósfera opresiva, pesada de la torre, con techos bajos, bóvedas casi planas, está la aldea, festiva, abierta, viva. Y el duque, alguien de quien se habla constantemente, una presencia tan opresiva como la propia torre, pero más ominosa, porque no se le puede eludir, pues es el protagonista ausente, una especie de deus otiosus al que remiten los juicios, las esperanzas y los temores. Toda la película está rodada en colores ocres, todo transcurre en otoño, porque es el otoño del protagonista. Excepto cuando aparece Bronwyn, saliendo de las aguas como la Dama del Lago. Me enamoré de Rosemary Forsyth en esta película.
Las escenas bélicas del asalto al castillo son excepcionales. Tanto por su calidad cinematográfica, expresada con sobriedad que ahora nos resulta extraña, como por su profundo conocimiento histórico, de las técnicas de asedio medievales, de las máquinas... sólo en dos ocasiones más se ha visto una ambientación tan cuidada, y es en El nombre de la Rosa, de Annaud, y en El Señor de los Anillos.
La película está llena de símbolos. Ya he hablado de los tonos ocres para marcar el otoño del protagonista, o el cadáver del anterior señor en el lecho para marcar la torre como el túmulo de Chrysagon... Juan Eduardo Cirlot, autor del imprescindible Diccionario de símbolos, en un estudio recogido póstumamente en la revista Poesía (invierno 1979-1980), señala cómo la trama de esta película es un compendio de símbolos celtas:
los nombres de los personajes como Chrysagon (suma de Chrysos, orco, y agonía, lucha) y Draco (dragón); la referencia al mito «de lo dos hermanos (Chrysagon y Draco) que forman el dios doble (Géminis)», que al mismo tiempo es «el dios de la guerra y la fecundidad, de la muerte y del nacimiento»; la analogía con la leyenda de San Jorge y el dragón (Chrysagon mata a Draco); el personaje femenino, Bronwyn: su inmersión en el agua desnuda (regeneración-resurección); las flores blancas (símbolo celta de pureza); los símbolos animales (los jabalíes, los cuervos) que configuran a Bronwyn como «la diosa que preside la paz y la guerra, la personificación del lugar santo». (Christian Aguilera en Franklin J. Schaffner. A la sombra de los grandes artesanos, en su volumen «La generación de la televisión. La conciencia liberal del cine americano» (Editorial 2001, Barcelona, 2000), pág. 266.)
Cirlot se enamoró de Bronwyn también, y le dedicó todo un ciclo poético, el Ciclo de Bronwyn:
Lo que llamo Bronwyn es el centro del lugar que dentro de la muerte se prepara para resucitar... es lo que renace eternamente.
del que extraigo este poema,
Envuelto en la luz negra de lo blanco,
envuelto entre las rocas de las nubes,
envuelto en la luz blanca de lo gris.
Envuelto entre las nubes de los mares,
entre los mares de las rocas blancas;
cuando te contemplé, Bronwyn, entre las hierbas.
Las hierbas lo son todo y el no ser,
las hierbas son lo blanco y son la roca,
las hierbas son la nada en crecimiento.
Las hierbas son los mares de lo negro,
las hierbas son la torre y el pantano,
las hierbas son yo muerto, Bronwyn, Bronwyn.





Este es mi primer blog, así que espero indulgencia y agradeceré cualquier ayuda o consejo. Tengo poco más de 30 años y, como dice Gil de Biedma, "Tu gesto casual y tu desenfado resultan truculentos cuando se tienen más de 30 años" Historia, literatura, arte, política... son mis pasiones. Respeto casi todas las opiniones y a todas las personas, y aunque mi prosa sea áspera a veces, es muy difícil enfadarme. Miento, nada me saca más de mis casillas que la estupidez y la mala educación.

encontrada dijo
Pues justamente viendo el título de tu post me acordé de Nicolas Cage y su película, pues es la que yo he visto. De todas maneras, me parece muy interesante tu reseña, intentaré verla (o más bien aumentará la lista de películas que tengo por ver / quiero ver). Un abrazo
10 Febrero 2009 | 03:02 PM