Déjame entrar. Crítica literaria en alpargatas.
Esta obra del sueco John Ajvide Lindqvist, publicada por Espasa en 2008 con una magnífica traducción de Gemma Pecharromán, llegó a nuestro país precedida por el éxito en el festival de Tribeca de su adaptación al cine Lat den ratte komma in -Deja que lo correcto entre, literalmente, pero titulada en castellano Déjame entrar-, del también sueco Tomas Alfredson.

La sinopsis, muy breve, la copio de la página ofcial en castellano:
Oskar, un niño solitario y triste que vive en los suburbios de Estocolmo, tiene una curiosa afición: le gusta coleccionar recortes de prensa sobre asesinatos violentos. No tiene amigos y sus compañeros de clase se mofan de él y le maltratan. Una noche conoce a Eli, su nueva vecina, una misteriosa niña que nunca tiene frío, despide un olor extraño y suele ir acompañada de un hombre de aspecto siniestro. Oskar se siente fascinado por Eli y se hacen inseparables. Al mismo tiempo, una serie de crímenes y sucesos extraños hace sospechar a la policía local de la presencia de un asesino en serie. Nada más lejos de la realidad.
¿Otra novela de vampiros? Rotundamente, no. Es una novela de monstruos, uno de cuyos personajes es un vampiro. Sería fácil ponerlo en relación con el éxito editorial de los últimos años, la saga de Stephenie Mayer Crepúsculo, Luna Nueva, Eclipse y Amanecer, saga que ha sido definida como "de vampiros dirigida a un público adolescente". Fácil, pero deshonesto, porque ni he leído todavía la saga ni he visto la adaptación homónima del primer volumen. En cuanto al algo peyorativo término 'público adolescente', hay un aforismo que unos refieren de Borges y otros de CS Lewis -me inclino más por esta última opción-. que dice que la "Literatura infantil y juvenil es la que también pueden leer los niños". No caeré en la vanidosa condescendencia de decir "Un libro que haga que miles de niños y adolescentes se enganchen a doscientas páginas y esperen ansiosos que salga el siguiente volumen, de trescientas, merece todo mi respeto por poco valor literario que tenga". No lo diré, porqué eso mismo dije de Harry Potter cuando salió y después era yo el que estaba enganchado a un mamotreto de seiscientas páginas esperando que saliese el de novecientas.
Volviendo a Déjame entrar. Hay novelas cuya calidad trasciende a la temática elegida, los géneros que ese Sanedrín de intelectuales de obra desconocida, si no inexistente, clasifican en 'mayores' y 'menores'. Así, el terror, la fantasía, los detectives... son géneros menores. Oscar Wilde decía que no hay obras morales o inmorales, sino sólo libros bien o mal escritos. Lo mismo puede aplicarse con los géneros: no hay géneros mayores o menores, sólo hay libros mayores o menores. Y Déjame entrar es un libro mayor. Si hemos visto en la saga Canción de Hielo y Fuego la descripción más realista de personajes desde Dostoyevsky, incluso más -recuerdo ahora el plano e insulso Aliosha de Los hermanos Karamazov-, en Déjame entrar tenemos una vívida descripción del bullyng, el acoso escolar, desde los ojos de la víctima. Pero también la vida cotidiana de la clase media-baja sueca de los ochenta, en los grises barrios de las afueras, una clase que, salvo por el clima, quizá no se distinga demasiado de sus homólogas de cualquier otro país.
El terror puede habitar todas partes, ya ha salido desde hace años de las ruinas de abadías, de los castillos o caserones, incluso de los tejados puntiagudos de Arkham y Providence, pero pocas descripciones son más desasosegantes que el anodino Blackeberg, en el primer capítulo. Pero al terror, como a los vampiros, hay que franquearle el paso, somos nosotros los que invitamos a la catástrofe. Quizá en otra ocasión hablemos de esta necesidad de la invitación previa.
Los personajes, acosadores, alcohólicos, pederastas, violentos a veces... no son nunca juzgados. Sólo son expuestos, con sus miserias, con sus complejidades y contradicciones. En un párrafo, el contexto del personaje queda perfectamente delimitado, sin tener que recurrir ni a artificios ni a construcciones lacrimógenas para ponerlos como víctimas de una sociedad burguesa. Cada cual, incluso un niño de doce años, es dueño de sus decisiones. Tal vez el menos monstruo sea el menos humano de todos ellos, y esto es lo me acongoja, porque en la línea del doctor Cardero, Muertos, monstruos y dioses oscuros, el más oscuro de los dioses es el hombre.






Este es mi primer blog, así que espero indulgencia y agradeceré cualquier ayuda o consejo. Tengo poco más de 30 años y, como dice Gil de Biedma, "Tu gesto casual y tu desenfado resultan truculentos cuando se tienen más de 30 años" Historia, literatura, arte, política... son mis pasiones. Respeto casi todas las opiniones y a todas las personas, y aunque mi prosa sea áspera a veces, es muy difícil enfadarme. Miento, nada me saca más de mis casillas que la estupidez y la mala educación.

ignatus dijo
Espero no ser demasiado tópico,,,pero me has puesto los dientes largos otra vez con este libro¡¡En cuanto lo vea lo compro, y a ver si estrenan la peli de una vez.Yo por ahora en el tema de los vampiros literarios,sigo siendo fan absoluto de Misterio en Salems Lot de Stepehn King.Un abrazo.
28 Enero 2009 | 12:59 PM