Señales
Dedicado a Encontrada.
Si hace unos años, pongamos que ocho, me hubieseis preguntado mi opinión sobre las señales, con arrogancia habría respondido que sólo creería en el Stop si hubiese un policía cerca. Entonces, apareció Natasha en mi vida y los sucesos más triviales adquirían un significado trascendente; interpretaba una situación anodina como un señal de su destino, y confieso que me resultaba a menudo irritantemente incomprensible que alguien pudiera deprimirse porque perder un autobús significaba que la relación con un amigo se acababa. Pero también me enseñó a ver el mundo de otra manera; nunca me aventuré a interpretar lo que se me antojaba como señales, pero empecé a no rechazar una segunda posible lectura.
Quizá me he precipitado al afirmar que nunca me aventuré a interpretar... Hace unos años, la relación con Natasha no estaba pasando precisamente por el mejor momento cuando me pidió que la acompañase al aeropuerto. Cuando el avión despegó, descubrí que había olvidado en el taxi una bufanda, el último regalo de Natasha. Con un escalofríó, supe en ese momento que ella ya no volvería o, al menos, no volvería conmigo. Un mes más tarde, todo se acabó. No hubo un estallido de tensiones latentes los últimos meses, ni siquiera un 'tenemos que hablar'. Simplemente, se acabó.
Hace unos meses, paseaba por la plaza de la catedral de Barcelona, esa que tiene el absurdo nombre de Plaça Nova cuando está en el casco antiguo; varios puestos de chamarileros acumulaban quincalla de todo tipo, y yo me detuve a pasar el rato ante una caja de postales viejas. Displiciente, fui pasándolas hasta detenerme en un hidroavión color sepia con la cruz gamada en la cola; en el reverso, unas palabras casi ilegibles a lápiz se despedían con amor en 1942. Sin saber muy bien por qué, la compré, pues ni soy aficionado a los aviones ni colecciono postales; poco después, supe que el padre de un amigo tenía un problema de salud, y recordé que era un entuasiasta historiador de la aviación de la Segunda Guerra Mundial. Se la regalé de inmediato, y no sé qué cara pondría el hombre al recibirla, pues nunca nos hemos conocido.
Dos semanas atrás, en su redada habitual por mi desorden, Kuragin descubrió una caja que había arrinconado, con fotos no muy viejas en el tiempo pero sí en mi espíritu, y allí estaba jugueteando con dos de ellas. Una, estaba tan destrozada que era irrecuperable, y no me molestó lo más mínimo, pues las personas que allí sonreían hace mucho tiempo que no me importan; es más, me alegré de que Kuragin hubiese tomado la decisión que yo he pospuesto tanto tiempo. Pero en la otra foto, la que sus garras respetaran, había un rostro que había querido olvidar. Una semana más tarde, después de varios años, ese rostro llamó de madrugada; X dormía a mi lado y yo silencié el teléfono, sin descolgarlo. La besé en los labios levemente, pero no volví a dormir.











Este es mi primer blog, así que espero indulgencia y agradeceré cualquier ayuda o consejo. Tengo poco más de 30 años y, como dice Gil de Biedma, "Tu gesto casual y tu desenfado resultan truculentos cuando se tienen más de 30 años" Historia, literatura, arte, política... son mis pasiones. Respeto casi todas las opiniones y a todas las personas, y aunque mi prosa sea áspera a veces, es muy difícil enfadarme. Miento, nada me saca más de mis casillas que la estupidez y la mala educación.

Carlos dijo
Amigo Theo:
Es curioso, yo también era excéptico a este tipo de cosas hasta hace no demasiado, pero esas señales del destino, o como se puedan llamar, esas extrañas casualidades que parece que nos encaminan por un sendero invisible hacia un lugar determinado, incluso inexorable, van marcando mi vida de una forma que en cierta manera me sorprende. No creo en el destino ni en la predertminación, pero sí en esas coincidencias, en esos pequeños hechos que marcan un devenir, que conforman un "totum revolutum", pero con cierto orden, aunque resulte paradójico.
Y esa vieja foto, como hilo conductor de una historia que se va desmadejando nudo a nudo, corrobora esa sensación, verdad?
En fin, reflexiones de un día lluvioso, un martes ceniciento y que además es mi Santo, que cosas.
Un abrazo.
Carlos.
4 Noviembre 2008 | 12:29 PM