Dice el libro del Eclesiastés, 1:18, que "en la mucha sabiduría hay mucha molestia; y quien añade ciencia, añade dolor", lección que el Génesis, 3: 6-24 ya enseña, pues el deseo de alcanzar sabiduría se castiga con dolores y trabajos. Igualmente, el propio Odin tuvo que entregar el ojo izquierdo para poder beber del pozo de Mimir , en el que se encontraba la sabiduría, símbolo de los sacrificios que el verdadero conocimiento exige. Pero los españoles hemos soslayado esta árida senda de sacrificios y sinsabores sustituyendo al final de nuestros desvelos el saber por la apariencia de él. Y de esta secta, César Vidal es sumo sacerdote, aunque en absoluto su fundador, pues ya El Lazarillo, en su Tratado quinto "Cómo Lázaro se asentó con un buldero, y de las cosas que con él pasó", relata como el nuevo amo, un vendedor de bulas falsas, al llegar a un pueblo, se entrevistaba con los clérigos locales e

"informábase de la suficiencia de ellos. Si decían que entendían, no hablaba palabra en latín por no dar tropezón; mas aprovechábase de un gentil y bien cortado romance y desenvoltísima lengua. Y si sabía que los dichos clérigos eran de los reverendos, digo que más con dineros que con letras y con reverendas se ordenan, hacíase entre ellos un santo Tomás, y hablaba dos horas en latín, a lo menos que lo parecía, aunque no lo era."

Por suerte, los años y las lluvias que han caído desde allá, han erosionado en el carácter celtíbero esa irritante modestia de andar tanteando las luces y las letras del interlocutor antes de baladronear, y ahora la prudencia está de más (ni siquiera 'se le supone', como el valor a los soldados en las viejas cartillas militares) a la hora de pontificar con desparpajo sobre el tema de moda que monopoliza periódicos, radios, televisiones y terturlias. O a la hora de opinar sobre el trabajo de otro. Y esta es una situación en la que se crea una curiosa relación entre el pontificador y su oyente, y es que cuanto menos cualificado objetivamente esté para opinar, más crédito se le da. Si un fontanero sentencia sin venir a cuento que una barandilla no cumple la normativa, lo más probable es que no haya dictamen pericial ni informe técnico que logre convencer de que cumple perfectamente.

Antes de que alguien me lo reproche, reconoceré que sí, que me estoy autoplagiando, y es que, si al propio Borges le recriminaron que escribía siempre dos veces cada cuento y él no halló motivo de querella en la observación, ¿por qué habría yo de escamotear el hecho de escribir dos veces el mismo post? Aclarado esto, sigamos.

Así, nuestro celtíbero se ha pasado medio año en la barra del bar con la bata de ingeniero automoviístico, diseccionando el más nimio tornillo del R-28, analizando la estrategia de paradas, el funcionamiento en boxes, el comportamiento de neumáticos... premisas imprescindibles para apuntalar como conclusiones razonadas y razonables lo que eran elementos de partida: "Alonso no tiene coche" y "Puto negro (pero yo no soy racista)". Durante las elecciones se volvieron politólogos al son del presentador de noticias de turno, y digo 'presentador de noticias' porque cada día son mayores mis dudas de que sean periodistas, y desgranaron un ramillete de coaliciones y conjuras secretas que daría jugoso argumento a doscientos plagios del Código Da Vinci. Curiosamente, cuanto más rocambolesca era la teoría sobre el pacto secreto a la luz de las antorchas en las criptas de la Moncloa con los pérfidos nacionalistas para el apoyo a la investidura a cambio de ministerios o un arzobispado, más cierto estaba su defensor de que el 11-M lo montó la Policía con el apoyo de los servicios secretos rusos, el Orfeón Donostiarra y la GESTAPO, que por conspiranoiar que no sea. Y los masones, que no sé que pintan, pero también.

Por suerte, cuando lo del pacto secreto ya no daba más de sí, llegó la Eurocopa y ejercimos de seleccionadores. Primero si Raúl sí o Raúl no (creo que ese debate todavía sigue, y es casi tan agrio como el de la cebolla en la tortilla de patatas), después nos encasquetamos la camiseta y a vociferar por calles y plazas nuestra adhesión y fe ciega en "Luis y la roja" (dos semanas antes vociferábamos que Aragonés estaba mayor, su lugar era el asilo y que, como siempre, no pasaríamos de cuartos). Ahora, el asunto del Balón de Oro... y es que nos gustan los bandos. Así, medio país grita por Casillas y el otro, por Torres, porque, para un español, lo mejor de tener dos opciones a escoger es que puede considerar hereje y carne de hoguera al que disienta de la propia elección; no es un oponente o un simpatizante rival, es el enemigo. Y así, PSOE o PP, la SER o la COPE, Barça o Madrid, Torres o Casillas... Da igual que existan IU, Onda Cero, el Depor o Xavi, porque lo que nos pone es darnos de hostias con el vecino o el cuñado y para eso es imprescindible que haya dos posturas muy claras y ninguna intermedia, porque ya dice la Biblia, el libro preferido de los que no lo han leído nunca, " por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca" (Ap 3:16). Por cierto, ¿alguien podría recordarle al forofo que habla de deportes en A3 que hay tres españoles candidatos al Balón de Oro?

Pero todo esto eran aperitivos. Por fin ha llegado la crisis. Y es que el español medio es bipolar, pasa de la euforia a la depresión en horas, y el pueblo que inventó el tenebrismo como corriente pictórica se encuentra a gusto hablando horas y horas de lo negras que son las cosas. Así, a los opinadores profesionales, que tanto les da disertar sobre las modernas técnicas de inseminación artifical como sobre escultura medieval búlgara (al fin y al cabo, ignoran ambas), se han sumado las huestes voluntarias de gurús, astrólogos y agoreros de a pie, que a la vuelta de vacaciones se han arrancado la roja para vestir toga de catedrático: tenderos, taxistas, camareros, presentadores de ¿noticias?... todos son expertos en economía. Y, sobre todo, todos 'lo veían venir' y todos saben 'lo que el Gobierno tiene que hacer'. Y es que las constantes pulsiones a la 'opinión de la calle' han provocado el perverso mecanismo de hacer creer a la gente que la libertad de opinión significa que todas las opiniones tienen el mismo valor y peso. Por cierto, ya Umbral, hace años, en un memorable artículo titulado 'Teleteratología' destacaba que la opinión de la calle no era nunca un médico, un notario o un cura, sino el que pudiese quedar más gracioso por lo alejado del tema en cuestión... Yo ahora añadiría al que mejor se exalte o diga las mayores animaladas.

Y no hablo ya de la crisis inmobiliaria, que más o menos podía sospecharse, sino de la financiera. El taxista que me traía ayer del aeropuerto pontificaba sobre tipos de interés, euribor, hipotecas sub prime y fondos tóxicos con una seguridad sólo parangonable con su ignorancia. Y ya cuando quiso relacionar la quiebra de Lehman con ETA no pude sofocar un

-Hoy no, por favor, que estoy muy cansado.

¡La madre que me parió! Hace dos semanas no sabía nadie lo que era una hipoteca sub prime y ahora medio país habla de ellas como si las hubiese inventado su cuñado. Por no hablar de las Bolsas que, de tanto ocupar cabeceras de telediarios, han logrado alarmar incluso a Roberta, la señora que me plancha las camisas los viernes... Llamadme inconsciente e ignorante, pero aún no he logrado entender por qué debe preocuparme que el Ibex haya perdido los 10.000 o por qué debo ayudar a los que pretendieron hacerse ricos sin crear nada, sólo especulando, y ahora se han estrellado.