Por las tardes, al salir del trabajo, antes de ir a casa, me gusta pasar por el club, donde suelo encontrarme con la vieja guardia. Como mi germanofilia cohabita sin hallar contradicción con costumbres más anglófilas que continentales (excepto en el yantar), llamo 'Club' al Casino provinciano, de los de columnas doradas de hierro forjado, techos altos, amplios ventanales, mesas de mármol, cortinas pesadas y galería de dagerrotipos de orondos y mostachudos fundadores. Allí, se fuma, se bebe, se lee el periódico, se escucha jazz los viernes y se ve fútbol el miércoles, se juega a cartas o al ajedrez, se pontifica y se discute. Como mujeres no hay (haberlas, haylas, pero prefieren las instalaciones acuáticas y de tenis del club que el rancio salón donde el humo se corta con cuchillo y el 80% de los vasos de café tienen al acabar el día restos de coñac), las discusiones no suelen ir más allá de un enconado debate sobre '¿por qué no me volviste a copas si te marcaba que tengo el as?', y se olvidan al repartir la siguiente mano.

Bueno, no siempre se olvidan tan rápidamente. Desde julio, dos son los temas estrella en discusiones y debates... en realidad tres, pero uno de ellos, el Barça de Guardiola, está en mi lista de prioridades varios puestos por detrás de aprenderme de memoria la guía de teléfonos de Vladikavkaz. Los otros dos temas que consumen las horas y la saliva de los socios tampoco me importan mucho más, como son el parking subterráneo que se está construyendo frente a la sede del Club (tema en el que insisten en recabar mi opinión una y otra vez como si fuese cualificada) y, en menor medida, la crisis económica. El viernes por la tarde, a eso de las siete, con alguno de los habituales ausente por la vendimia, me invitaron a ocupar un puesto en la mesa de los campeones, de pareja con Lucas. Contra nosotros, Vázquez y el forner, el jubilado propietario de siete panaderías por toda la Comarca. Y, como siempre en la mesa de los campeones, una nube de expertos alrededor, casi tan densa como la del tabaco, de esos que opinan mejor que juegan.

-Ya sabéis que no estoy a la altura de esta mesa, pero haré lo que podré -empecé disculpándome, pues en esa mesa la presión del público es alta y hay cierta tendencia al juego acrobático que provoca broncas sólo comparables al debate sobre si la tortilla de patatas lleva o no cebolla.

-Tú, tranquilo -me animó Lucas-. Toca las cartas como de costumbre y no te preocupes de más. Tú cantas triunfo.

-Oros, señores -sonreí.

-Pocos llevará, el puta. Siempre que dice 'señores' lleva por lo menos seis. ¡Esto es un compañero! Venga, ya podéis salir.

-Pues menos mal que alguien lleva oros, porque Zapatero ha arruinado a la mitad de las familias del país -terció Vázquez

-Tienes razón, Vázquez, que hace dos años me salvé por los pelos. Vino Zapatero y a punta de pistola quiso obligarme a pedir una hipoteca para una casa más grande de lo que puedo permitirme, un crédito para comprarme un Cayenne y otro al cónsumo para el plasma de 17000 pulgadas... Menos mal que en ese momento me llamó Bush por teléfono y pude zafarme -concluyó Lucas con sorna, recogiendo rey, as y manilla de espadas con mi fallo directo.

-Ya comeréis espadas, ya -masculló Vázquez con la bilis de digerir que me había comido su manilla-... Di lo que te de la gana, pero los bancos no están dando créditos y ya veremos como Bambi arregla eso.

-Pues francamente, nacionalizando los bancos. Porque ellos sí son doblemente responsables de lo que ocurre ahora: hace tres años, cuando te daban una hipoteca a cincuenta años sin más aval con un cartón de chococrispis y ahora, cuando no te dan un crédito de mil euros ni aunque dejes el coche en depósito. Y en medio del desastre tienen la desfachatez de anunciar cómo han crecido sus beneficios aún más... ¡Suelta ese as, malandrín, que a mi compañero tampoco le quedan copas!

-¡Vamos, hombre, no me jodas!

-No te agaches, Vázquez, no te agaches. ¿No has contado las copas? ya sólo quedaban tres

-Sí, pero esa última se me ha escapado...

-¡Ya decía yo que a ti no te habían jubilado del banco, que te habían echado por no saber contar! -intervino el forner en el peor momento.

-¡Cuando me expliques tú por qué has salido de rey de espadas, hablaremos de esa copa y de la de Europa, si quieres! Porque contra dos sé jugar, pero contra tres, todavía no! -replicó Vázquez, cada vez más irritado.

-¡Haya paz, haya paz! -medió Lucas-. No te pongas así, Vázquez, que eras solo director, no el dueño de la caja! Bueno, ahora pintan bastos...

-¿Ahora tenéis todo el basto? ¡A tomar por saco! -tiró las cuatro cartas que le quedaban sobre la mesa-. Así no se puede jugar. Joan, dime que se debe en esta mesa. Cuando aprendáis a jugar sin tanta conversación, me sentaré otra vez.

Lucas, el forner y yo nos quedamos con nuestras cuatro cartas en las manos, mirándonos sin entender nada, pálidos y con cara de estúpidos... Lucas fue el primero en reaccionar y, sanguíneo él, iba a empezar a recordar tantos antepasados muertos de Vázquez que habría llegado ya a alguno común a ambos, cuando uno de los mirones, le puso la mano en el hombro:

-No hagas caso, que no tiene nada que ver con la partida ni con vosotros... el hundimiento le ha pillado habiendo dado la fianza de diez pisos, y ni puede escriturarlos, porque la caja en la que trabajó toda la vida y que la ha prejubilado no le da la hipoteca, ni puede revenderlos como era su intención...

Interrumpida tan abruptamente la partida, los que mejor conocen a Vázquez fueron desgranando el rosario de sus miserias para suavizar su brusquedad, todo el dinero que perdería con la paga y señal, qué necesidad tenia él, prejubilado, de meterse en esos berenjenales, que si fue cosa del cuñado, que había sacado tajada de una promoción de la Cerdanya... Y es que todos tenemos un cuñado o un conocido que se forró (o así cuenta) sin hacer nada y, claro, no seremos menos que el imbécil de mi cuñado, y allí es cuando nos embarcamos rumbo al abismo.

-¿Sabéis cuál es el problema de Vázquez?- analizaba Lucas tomándonos una botella de Mas La Plana con Jaume-. Él no es mal tipo, pero se casó con una mujer mucho más guapa de lo que le tocaba y se ha pasado la vida estirando más el brazo que la manga; como era director de banco, siempre tuvo créditos muy bajos, y siempre estrenaba el coche más moderno, o cambiaba de muebles cada cuatro años, y del piso al adosado y de allí al chalet en Sant Jeroni, con todos los que, como él, creen que se merecen más de lo que tienen, y no creo que haya pagado nunca nada al contado, ni el pan. Y ahora que todo vuelve a su cauce, y el chalet en Sant Jeroni cuesta mucho, y el Cayenne gasta 30 litros a los 100 km y el chollo de 'mi cuñao' resultó una bomba trampa... pues ahora se enfadan con el mundo para no enfadarse consigo mismos... Y es que es una pena, pero un tonto y su dinero, pronto se separan... Así que, Jaume, ¡ponnos otro Mas La Plana antes de que se lo quede el banco!