Durante dos meses, X vivió conmigo, y hace dos semanas que se fue. En este tiempo, he logrado localizar casi todas las cosas que 'ordenó'. La casa dejó de ser mía en el mismo momento en que X desembarcó con dos inmensas maletas y dijo:

-¿Dónde dejo esto?

Durante dos meses ,se quedaron abiertas en el salón, para regocijo de Kuragin y desesperación de Roberta, la encantadora señora que, por nueve euros la hora, me plancha camisas y pantalones cada viernes. Porque pretender limpiar la casa en esas circunstancias era una futilidad; lenta, pero inexorablemente, se había convertido en Grozni, y las pelusas ya ronroneaban con Kuragin. De hecho, temía dejar un libro en el suelo por miedo a que fuese devorado.

Como todo en mi casa excepto mi ego, el baño es pequeño; pero la encimera bastaba para el jabón, el jabón de la cara (ya sabéis, los tres pasos de Clarins), el exfoliante, el hidratante (antibrillos, por supuesto), el contorno de ojos, crema de afeitar, cuchillas, aftershave, desodorante y cepillo de dientes; el perfume lo tengo en el dormitorio pequeño, que me hace de vestidor, para ponérmelo justo antes de calzarme el homburg y salir.

¡Y aún sobraba sitio! Pero no el suficiente; a los dos días, mis cremas y demás embutían los cajones, mientras una insólita gama de productos de todo tipo (no podría decir para qué sirven la mitad de ellos ni aunque me fuera la vida en ello), color, sabor y género botánico (crema de manos de vainilla, mascarilla de aloe vera, no sé qué de té verde, qué sé yo de canela, algo de frutos rojos... me sentía como en una inmensa macedonia cada vez que entraba) se había desplegado ocupando todo el espacio disponible, incluido el alféizar de la ventana y la parte superior del armario. Este, concretamente, era el hábitat de sus perfumes, entre ellos, 212 de Carolina Herrera.

Os preguntaréis con justicia por qué demonios os pongo la foto del perfume de marras. Alguno cuya pareja visite estos pagos es posible que me reproche haberle dado ideas, pero no era mi intención. Tampoco, si alguno lo sospecha, se debe a que la crisis de la construcción me haya conducido a sobrevivir vendiendo perfumes online y aproveche mi blog para hacer publicidad (pero, si alguien está interesado en conseguir perfumes a buen precio...). No. La razón es facilitar la reconstrucción visual de los hechos a los que, como yo, desconocíamos la absurda presentación de esta fragancia.

Yo no sé si la mujer, así, en génerico y abstracto, la idea platónica de mujer, carece, como afirmaba mi profesor de Geometría Descritpiva de primero de carrera, de visión espacial. No lo sé, pero puedo afirmar que una mujer concreta, X, no ha oído ni siquiera hablar de ello, y sólo sus conocimientos de física (o la falta de ellos) pueden compararse a su visión espacial. Porque todo el que, como yo, cursó segundo de BUP, allá por el pleistoceno, hizo alguna vez el problema del objeto que resbala sobre un plano inclinado... ya para nota era con rozamiento... Bueno, pues un cilindro sobre una superficie lisa ligermente inclinada tiende a rodar. Y ni siquiera Carolina Herrera, que ha logrado soslayar las leyes del tiempo, puede hacer lo mismo con las de la física.

Y, sin apartarnos del Newton más básico 'ni un negro de uña', el cilindro, como era de esperar, al llegar al borde el armario, se precipitó al vacío según las fórmulas clásicas de la gravitación universal. Hasta ahí, lo único inesperado es el punto de partida...

El estrépito con que este problema teórico se hizo práctico me tiró el libro de las manos y me atragantó el cava...

-Theo, ¿puedes venir un momento? -susurró X con un hilo de voz desde el baño

-¿Te has hecho daño?

-No, pero... será mejor que vengas.

Carolina Herrera había caído. Pero el frasco estará forjado en titanio y cristal de roca, porque salió indemne del trance y lo que se rompió fue el lavabo. Y no una fisurilla, no... el boquete era del tamaño de una sandía.

-Oh, Dios-es lo único que acerté a articular...

-Bueno -sonreía X, intentando presentarle al mal tiempo buena cara-, a partir de ahora, sólo pueden mejorar las cosas.

-Sí, supongo... aunque, para no tentar a la suerte, mejor no te acerques a mi ordenador... y de la cocina, ya me encargo yo.