Los cazadores de frases atribuyen a Oscar Wilde el aforismo "Nunca tendrás una segunda oportunidad de causar una primera impresión".
Como dije antes, X vivirá conmigo durante casi dos meses. No serán unas vacaciones largas, ni un fin de semana pereceando (y lo que no es perecear) en la cama hasta casi el mediodía. No. Será casi un experimento de cotidianeidad, donde ella preparará sus exámenes y yo trabajaré; donde, a la vuelta, probablemente cansados ambos, tendremos que preparar una cena cotidiana, y no tirar de recetario de grandes ocasiones.
Primera semana juntos. Nuestros horarios son complementarios; ella se acuesta pronto, para levantarse a estudiar a las cuatro de la madrugada; yo me acuesto tarde, nunca antes de las dos y, cuando me despierto, ella ya se ha ido en tren a Barcelona. Así que ambos podemos hacer lo que debemos hacer porque, la verdad, cuando estamos juntos todavía no sabemos hacer otras cosas que estar juntos. Aún no hemos aprendido a contruir nuestros espacios privados en un tiempo común.

1. Este ha sido nuestro primer fin de semana de puesta a prueba. Nuestro primer sábado de 'hacer la compra' y nuestros primeros desencuentros, por supuesto. Al final, el carro parecía llenado por un esquizofrénico: frutas, verduras, pescado fresco y yogures desnatods por un lado; pizzas, congelados, precocinados, dulces y embutidos por el otro; la cajera (Laia, según la etiqueta), miraba a X con cómplice conmiseración, como diciendo "¡Hombres! Lo que no se fría no es comestible para ellos!".

-¡Jajajaja! ¿Te has fijado en la chica de la caja? Se ha creído que toda esa hierba de conejos que llevas era para mí -se reía X mientras cargábamos su coche-. ¡Pobre Theo! Te ha mirado como si fueses un yankee zampahamburguesas.
-Lógico. Nadie viendo tu cuerpo pensaría que te alimentas con esa porquería... Nunca se tiene una segunda oportunidad de dar una primera impresión.

2. La casa parece Grozni; no es que yo sea especialmente maniático del orden (mis dragones afirmarían que soy un desordenado patológico), pero me gusta que ciertas cosas estén en su sitio, determinando este 'su sitio' unas veces la lógica y otras, la fuerza de la costumbre. Así, mis cremas varias están en el baño... ¿Por qué X las necesita en el revistero junto al sofá? ¿O en la nevera? Dejé medio armario libre para que colgase su ropa con mejor intención que fortuna, porque todo el piso parece tenderete de mercadillo, con pantalones, blusas, camisas... colgados en los lugares más inverosímiles, cuando no directamente tirados... El cajón de los cd es su armario de la ropa interior... Confieso que estos pequeños desajustes me divierten, aunque pueden provocar situaciones algo embarazosas, sobre todo si uno se mueve por las mañanas en piloto automático, y se viste y se arregla con los ojos abiertos pero la mirada desconectada, porque todo lo toma por inercia de 'su sitio'. Entonces, como hoy, una visita de obra puede acabar entre risas cuando para limpiar el polvo de las gafas no saco del bosillo del abrigo un pañuelo, sino un tanga.

3. La tele. X no ve películas; sólo series, sobre todo de médicos o abogados: Shark, House, Anatomía de Grey, Fiscal Chase... y no sé cuántas más. En inglés, por supuesto. Se las bajó por internet, las compró en el FNAC, qué sé yo. No podía imaginarme que la medicina diese tanto juego; estoy por escribir una tragicomedia con mis peripecias con las administraciones públicas. Aunque creo que nadie lo creería. El domingo tuvimos un ligero intercambio de opiniones cuando ella quiso ver Underworld

y yo contraprogramé con Andrei Rublev

que resolvimos yendo a tomar unas cervezas al bar donde nos conocimos. Fue un viernes y salía de una reunión de trabajo a las doce de la noche, con un humor de mil demonios; sin ni siquiera dejar la cartera en casa, me fui al pub de Jaume, otro de los miembros del Club de la Buena Vida; en la zona de fumadores, saludé a Micaela (en otra ocasión contaré una de mis mayores meteduras de pata, que pasó con Micaela), que sonreía, como siempre, y pedí el primer Glennrothes de quince años de la noche. El homburg sobre la mesa y el abrigo en el respaldo. Saqué la pipa, pero me había dejado las cerillas. Así que opté por unos pequeños habanos.
-¿Tenéis fuego, por favor? -pregunté a un grupo de chicas que reían junto a mí.
-¿Vienes de una boda? -me preguntó una, acercándome el encendedor.
-No, visto normalmente así. Gracias. ¿Quieres uno?
-Nunca he fumado puros.
-Estos son muy pequeños, más bien son cigarrillos sin papel.
-No sé... No se traga el humo, ¿verdad?
-No, si no quieres ahogarte.
-Nosotras nos vamos a La Cova -interrumpió una de las amigas
-Yo ahora iré. Id primero -respondió la chica del encendedor.
-¿Estás segura? Acabo de salir del trabajo y si mi conversación no suele ser muy ingeniosa de normal, imagínate como estará hoy.
-Jejeje. No me apetecía ir a La Cova. Ahora, sólo hay críos de 17 años, teens semidesnudasy viejos salidos.
-Parece un lugar interesante... para un safari. Así que trabajas de relaciones públicas de La Cova...
- Sólo cuando no estoy cazando mamuths. Micaela, otro, por favor. Cacique con cola.
-¿Cacique? Por favor, ese es el brebaje más abominable que ha rascado las tripas de un hombre honrado. Permíteme que te invite a un habana siete con cola. Por cierto, soy de una imperdonable grosería. Me llamo Theo.
-Y yo X -me dio dos besos.
Así nos conocimos. El domingo, tomando las cervezas, nos reíamos al recordarlo.
-¿Sabes una cosa? Esa noche me habría sentido más halagada si te hubieses peleado un poco más con el cierre del sostén.