No temáis, que no es esta la ocasión en que tiraremos de las orejas a los obispos por mentirosillos, por no decir toda la verdad, por fabular sobre conceptos como 'familia', 'democracia', ajenos ambos a la Iglesia por la propia naturaleza de la institución pero sobre los que, como con el sexo, el desconocimiento no les impide pontificar. ¿Qué fue antes, el huevo o la gallina? ¿La Iglesia católica se encuentra a gusto en España por ser éste un pueblo genéticamente predispuesto a sentar cátedra de cuanto ignora? ¿O, por el contrario, esta peculiaridad celtíbera es fruto de dos mil años de pastoral ejemplo? Rayos, ya empiezo a dispersarme... ¡Vuelve, Theo, que la única iglesia que ilumina es la que arde! (Cita que Kropotkin prestó a Mago de Öz)

X se hospeda todavía con sus padres, con los que mantiene una relación bastante atípica. O al menos a mí, víctima de montaraces matriarcados y lazos de clan, así me lo parece. Por supuesto, no los conozco aún, aunque sí por referencias, y, mientras pueda, prefiero mantener esta prudente distancia, que yo gano mucho con las distancias largas. Los padres de X, que pasan de su hija casi tanto como ella de ellos, se han ido casi dos meses de viaje por Extremo Oriente, desde Tailandia a Japón, aunque, la verdad, siempre he creído que visitarTailandia con tu pareja es como ir a Noruega y llevar salmón. El sábado, X se instaló en mi casa, con su cepillo de dientes, su secador y su ordenador, los tres símbolos de que me estoy atando la soga al cuello. Ah, y su taza del desayuno. (Me pregunto qué tienen de malo mis tazas de porcelana de Meisen) No sé si por cortesía o como compensación, me han llenado la nevera de tupers, la bodega de vinos interesantes e incluso ha aparecido en la encimera un Joselito. Sea como fuere, estoy perdiendo el control sobre mi casa y el propio Kuragin está altivamente indignado de tener que ceder uno de sus espacios favoritos de holgazaneo, el armario de las sábanas y toallas, a la ropa de X.

El domingo fuimos a ver a un amigo mío que vive en una pequeña masía que él y su mujer restauraron. Ella se ha ido seis meses a Inglaterra a trabajar en no sé qué banco y él se ha quedado con los perros, vigilando el hogar. Llevan diez años de pareja y cuatro casados y, ¡oh infamia!, aún no tienen hijos. Son una pareja peculiar; digamos que son el perfecto complemento la una del otro y viceversa... Ella, a la que llamaremos Marina, es conservadora, no en lo político, pero sí en lo material. Aún conduce un Seat Ibiza de esos system Porsche, que tendrá al menos veinte años; para Andrés, mi amigo, "es el único coche que han robado en Marruecos para vender en España"; él, en cambio, es algo más desprendido. Recuerdo una ocasión en que compró un CD mientras estudiábamos y, al escucharlo y decidir que le habían timado y que eso era una mierda, sin pensarlo dos veces abrió la ventana y lo arrojó como frisby (o como quiera diox que se escriba). O el día que asistió borracho a la clase de proyectos y se jugó su coche con el profesor a que su proyecto cumplía no sé qué extraños requerimientos ambientales de la normativa alemana... y ganó. Pues este es Andrés, de quien cabría esperar cualquier cosa menos que se quedase en casa mientras la mujer se va a trabajar al extranjero...

La masía no es muy grande y está restaurada con delicadeza y es que Andrés, tras su apariencia de cromagnon, tiene una sutil sensibilidad. Todo pulcro, impolúto, aséptico... Paredes blancas, maderas oscuras... muy japonés, la verdad. Y sorprendentemente limpio (compartí piso con Andrés dos años).
-Marina me obligó a contratar a una asistenta el día que nos casamos -aclaró con algo de rubor. Yo hice esfuerzos por no reírme, por no echar más leña, pero no pude evitar recordar todas las machotadas que jalonaron su vida de latin lover universitario y sus afirmaciones del tipo "la mujer y la sartén, en la cocina están bien".
-¿y dónde dices que está Marina? -intenté cambiar de tema, con la boca llena de risa.
-En Glasgow. Está trabajando en ese banco que compró el Santander. Cuando vuelva, nos iremos a Praga -mientras hablaba yo recordaba sus afirmaciones sobre "cuando me case, mi hembra se quedará en casa, criando cachorros...",y tenía que morderme el labio para no reír-. Bueno, pasad al salón.
X me miró atónita, y yo sólo acerté a balbucera un: -Marina no sabe nada de esto, ¿verdad?
-Bueno... le dije que iba a hacer un par de reformas...
-Andrés, esto es causa de divorcio, ¿lo sabes? ¿Cuándo dices que vuelve Marina? Porque yo iría haciendo las maletas...
Y es que Andrés había desmantelado el salón y lo había convertido en un pub irlandés, con su pequeña chimenea, sus dardos, las paredes forradas de madera, una inmensa tele de plasma para jugar a la Play, los destartalados y cómodos sillones donde estaba el sofá y una inmensa barra con surtidor de guiness en lugar de mesa de comedor...

-¿Os sirvo una pinta? -ofreció con una ancha sonrisa de satisfacción.

De vuelta, X sonrió y dijo: -Parece que he tenido suerte y me ha tocado el más normal de la manada...