El Clan del Oso Cavernario
Casi cuatro años lleva el Clan atrincherado en su caverna... ¡qué lejos quedan las noches de vinos, mujeres y canciones, qué ajados los días de gloria, paseando banderas victoriosas de islote en islote, rememorando antañonas hazañas! Porque el Clan siempre ha tenido vocación insular; un trozo de roca en medio de ninguna parte sin más verde que en su nombre ni presencia en atlas alguno sirvió para rememorar Lepantos y San Quintines; en otra isla selló el Clan su destino, voluntarioso escudero en la guerra de los mayores, porque querría ser isla como Albión, para ser el mejor amigo del matón de barrio, el señor de la isla-continente; querría que los montes que unen y separan se hundieran en el mar y no arribasen jamás a sus costas las ideas pérfidas del Continente. ¡Ah, cómo añoran en la caverna los tiempos heroicos en que la tierra que ellos creen su coto, su cortijo, su mayorazgo iluminaba la noche con tantas hogueras como estrellas tenía el cielo, donde ardían libros, ideas y personas!
En lo más oculto de la caverna, el Clan rinde culto clandestino a una oscura divinidad, un dios de la guerra que murió en la cama, un dios de la muerte enano y de voz aflautada, el dios de la venganza y el rencor. Como falsos conversos, reniegan de su devoción, presente o pasada, se golpean furiosos el pecho proclamando los dogmas de una nueva fe que ni comparten ni comprenden, y a cada golpe más evidente se vuelve la marca tenebrosa de sus crencias primitivas. Como un trueno resuenan en las montañas donde cavan sus santuarios los ronquidos del dormido fundador del Clan, primer sumo sacerdote del Dios Muerto, cuya apnea es oráculo para los sumisos cavernícolas.
El Clan del Oso Cavernario está desorientado. El liderazgo de su reina está en entredicho. Y su papel como sumo pontífice, guardián de las sacrosantas esencias patrias y de la llama eterna en el altar del dios ausente deja mucho que desear. La ociosidad aviva las conjuras, y las estrecheces en la caverna donde se han exiliado tras su inesperada expulsión del llano, crean intimidades excesivas. En silencio, muchos esperan el regreso de su abdicado monarca, que trocó el cetro por cayado de profeta y se ha vuelto monje giróvago, clamando un fervoroso ¡Penitenciágite! a todo el que quiere oírle, en la lengua de babel, mezcla de muchas y ninguna, galimatías que escupe pensado declamar como Shakespeare, apurando el vino por cosechas. Nunca creyeron que una alianza de clanes pudiese poner fin a su mandato, y siguen creyendo que su exilio es destierro... tan acostumbrados a pergeñar conjuras y dar golpes, ven ambos en todas partes. No puede Melquisedec, antes sacerdote y rey y ahora profeta, remedo mesetario del dios muerto, bajitos y con bigote ambos, reconocer el error de su divino dedo al señalar en la Biblia azul el nombre de una menina como reina y heredera del clan y del derecho al trono confederado celtíbero. Derecho que Melquisedec y el Clan del Oso Cavernario creen hereditario para el clan. No soportan un rey confederado ajeno, y mucho menos no llevar la corona imperial... no, ambas les pertenecen por derecho de conquista, por herencia del dios muerto al que rinden culto en lo más profundo de sus cuevas. Y el oráculo de sus chamanes repiten al clan las palabras de Melquisedec, el derecho inalienable a la corona.
Porque el Clan del Oso Cavernario es platónico en lo filosófico y Malthusiano en lo moral. La realidad es sólo una imagen engañosa de las verdaderas esencias que sólo ellos conocen, iniciados eleúsico en ritos de muerte y resurrección... sólo que la parte de resurrección no acaba de salirles bien... pero la de muerte, la dominan como nadie. Sus chamanes, de negro y púrpura, y sus titiriteros componen una nueva historia del mundo, "llena de furia y ruido"con sombras chinescas sobre el muero de la caverna, y así, cuatro años escuchando mitos, han acabado creyéndoselos. El Clan del Oso Cavernario ha afilado las hachas de sílex y tiene las hordas dispuestas para atacar, para apoderarse de lo que sigue creyendo que es suyo. "¿Soberanía popular? Pues eso, ¡Soberanía Popular!"
Y la reina, que sabe el resbaladizo terreno que pisa en un clan con fama de caníbal, jaleada por sus incondicionales, se ha creído reina de los mares y emperatriz de Iberia. Vestida con sus mejores galas, ha felicitado las Navidades a ese díscolo pueblo que no acepta su magnánimo gobierno y que anda en banderías y taifas... o así lo cree, porque en la oscuridad de la caverna no sabe que aún no es navidad, ni que ni hay guerra en el llano, ni ganas de declararla, sólo sabe del mundo lo que le dicen sus aduladores, sus siervos, sus lacayos... ¡Pobre reina del Clan del Oso Cavernario, la realidad intentando desmentirle lo que chamanes y titiriteros lo repiten cada noche junto al fuego! ¿Cómo va a saber la realidad más que sus chamanes?
"¿Qué es la realidad?" Se preguntan, filosóficos, sentados a la sombra del tamarindo, los menos fanáticos del clan... "¿Los gritos gangosos del oráculo cojo? ¿Los desvaríos de los chamanes echados al monte? ¿Los mitos que cada noche representan entre exorcismos en las sombras del fuego? ¿O quizá lo que hay más allá de la boca de la cueva?" No hay piedad para el heterodoxo en el clan, no hay perdón para el que disiente... sólo el desierto, el destierro. La libertad, quizá.













Este es mi primer blog, así que espero indulgencia y agradeceré cualquier ayuda o consejo. Tengo poco más de 30 años y, como dice Gil de Biedma, "Tu gesto casual y tu desenfado resultan truculentos cuando se tienen más de 30 años" Historia, literatura, arte, política... son mis pasiones. Respeto casi todas las opiniones y a todas las personas, y aunque mi prosa sea áspera a veces, es muy difícil enfadarme. Miento, nada me saca más de mis casillas que la estupidez y la mala educación.

peny dijo
Solo diré que el tiempo acaba poniendo a cada uno en el lugar que le corresponde.
Caray! que espesita me siento hoy, me voy a servir una copita de vido para acompañar a mi entrecot, gustas?
16 Octubre 2007 | 02:46 PM