La Ciudadela
La campana del ángelus suena azul cobalto, pero este lunes tiene algo de cianhídrico. "Será el badajo nuevo", piensa doña Leonor, mientras ajusta los alamares del astracán a las exigencias de su cintura. Debajo, en la faltriquera del delantal más sucio, la dalmática de su oficio, lleva cuidadosamente recogida en fajos la recaudación semanal, harto menguada por la poca nieve, los vales de empresa y ese dinero de plástico que todos llevan y que ella no acaba de entender.
"¿Cómo es posible salir de casa sin dinero suficiente ni para pagar una comida?" piensa doña Leonor mientras busca el bastón de puño de marfil, el de misa y banco, el que le regalaron sus hijas cuando cumplió setenta años. "Si los sacudiese por los pies, a la mayoría no le caería ni un céntimo. ¿Cómo se puede ir por el mundo exhibiendo penurias de esta manera?". Entra en la cocina; el tuero arde en el trashogueo, rojo y negro, y el aire huele a burbujas de canela y azafrán. Tuerce el gesto al ver dormitar a Ramón en un rincón, indiferente a norma sanitaria alguna, y decide no pensar ahora en ello.
La mañana es gris y húmeda como todos los lunes desde que murió Álvaro, su marido. Alguien le dijo que cuando muere una buena persona, el año se torna lluvioso, porque el cielo le llora. Tal vez sea cierto. Álvaro fue un buen marido. Nunca entendió nada ni pretendió entenderlo; murió feliz, encabezando y bendiciendo la mesa, ignorando que había dos hipotecas sobre el hotel, y que la reforma que él, con la vaga prudencia de jinete de caballo de cartón, había intentado disuadir de acometer empezaría al mes de su funeral. Porque nada detiene a doña Leonor. Y este pensamiento le arranca una vaga sonrisa en su recio pecho montaraz.
Atraviesa el arco que cerraba al antigua villa medieval y enfila por la avenida del ensanche como en un salto en el tiempo; ella recuerda cuando ese arco era el limes con el agro, cuando pastos y cultivos se extendían donde ahora son tiendas y bloques y farolas y coches. Aprieta el paso, casi marcial, marcando que el Ensanche es sólo tierra ocupada, colonias de la concreta y constreñida villa de su infancia, tan precisa en el paisaje como amorfa es ahora su extensión. Doña Leonor detesta lo infinito.
"Saluden al camarada mariscal" anuncia Alfonso el mecánico desde el fondo de su 'agüita', el gin tonic sin hielo ni limón del mediodía en el Serrat, al oír el rítmico golpeteo del bastón de caoba y marfil en los adoquines. Desde la terraza del Serrat, los habituales saludan a doña Leonor, que sólo responde con un tenue gesto de manteo de astracán antes de entrar en el sancta sanctorum de sus afanes, el Banco de Comercio.
Sale preocupada. Apenas responde a los saludos y con paso más acelerado que firme abandona el inhóspito ensanche, con sus calles anchas, sus plataneros encorsetados en maceteros y bancos y coches y farolas... Regresa a su pequeña plaza, donde asoman las copas de los cipreses del convento, y respira algo más tranquila. Van a jubilar a Augusto, su director. Él no lo sabe aún, pero doña Leonor lo ha percibido de inmediato, tan pronto como le ha dicho:
"Este fondo de inversiones de la publicidad no merece la pena; donde tiene usted el dinero está bien"
Después de treinta años, o veinticinco... no, treinta, han sido treinta años, un nuevo director, nuevos nombres... Doña Leonor ya no quiere aprender nuevos nombres de vivos, tiene demasiados nombres de muertos que recordar.
De vuelta en la cocina, el tuero sigue ardiendo en el trashoguero. Ramón sigue dormitando, indiferente a la ley. Todo en su ciudadela sigue igual, o todo cambia para que todo siga igual. El aire huele a canela y azafrán. Ramón abre un ojo, se despereza y se acerca a doña Leonor, atento a robarle una caricia. Cuando llegó, siendo un cachorro, nadie le puso nombre; era simplemente 'gato'. A los dos años, doña Leonor lo miró, gordo. inútil, perezoso y egoísta...
"Eres como mi sobrino Ramón, gato" le dijo. Y Ramón se llamó desde entonces, como su sobrino más querido, porque doña Leonor tiene debilidad por los hombres inútiles.
Mientras trajina en los fogones, añadiendo chocolate al estofado, nuez moscada al caldo, recuerda que la campana del ángelus no sonaba azul cobalto como siempre.
"Hoy sonaba azul de Prusia, debí sospecharlo"







Este es mi primer blog, así que espero indulgencia y agradeceré cualquier ayuda o consejo. Tengo poco más de 30 años y, como dice Gil de Biedma, "Tu gesto casual y tu desenfado resultan truculentos cuando se tienen más de 30 años" Historia, literatura, arte, política... son mis pasiones. Respeto casi todas las opiniones y a todas las personas, y aunque mi prosa sea áspera a veces, es muy difícil enfadarme. Miento, nada me saca más de mis casillas que la estupidez y la mala educación.

nurazul dijo
Cambia...todo cambia y nosotros con esfurezo nos vamos amoldando a los cambios..besitos caballero y un te con leche,plis!
7 Junio 2007 | 05:54 PM