Desde las revueltas bagaudas, durante el Bajo Imperio Romano, la montaña es libertad.Los bagaudas no son, como pretendieran Barbero y Vigil ,luchas de expansión de pueblos no romanizados y hostiles (vascones, astures, cántabros) contra el poder romano en descomposición; las bagaudas son las rebeliones de esclavos, colonos y pequeños propietarios, ahogados por la fiscalidad romana y por las redes de clientelismo practicadas por los poderosos. Y la montaña es su refugio. Salviano de Marsella explica cómo buscan entre esclavos la libertad romana que en Roma no hallan.
Vivimos en una Europa donde el campo ha sido abandonado y el sotobosque y el bosque degradado avanzan de nuevo, así que nos resulta muy difícil imaginarnos el paisaje medieval. Hace unos años, un gran incendio devastó una amplia zona forestal del Roussillon francés, dejando a la vista el pueblo de Ropidera, abandonado en el medievo (PASSARIUS, Oliveri; CATAFAU, Aymat: "Ropidera, un poble medieval en el seu territori", Congrès Internacional sobre territori i societat a l'Edat Mitjana, Alguaire, abril 2007). Y no sólo los pueblos, sino también los restos de las explotaciones agrarias en las laderas de las montañas.
Francisco de Zamora, oidor de la audiencia de Barcelona, en un viaje por el norte de Cataluña a fines del siglo XVIII, narra como no vio ningún bosque desde el Valle de Arán hasta Tremp; cualquiera que ahora hiciese esa ruta no hallaría casi otra cosa que sotobosque y enmarañadas masas forestales. Porque el paisaje no sufrió cambios importantes desde las roturaciones del siglo IX hasta la introducción del tractor, y las huellas permanecen todavía. En esta lectura del paisaje ocupa un lugar destacado el uso de la fotografía aérea para la arqueología, cuyos pioneros han sido los investigadores ingleses y cuyos trabajos han servido para que se extienda como herramienta útil para la investigación histórica por toda la Europa civilizada (lo que, evidentemente, nos excluye)
La montaña, pues, está mucho más domesticada de lo que podemos imaginarnos. En terrazas, bancales o feixes, como quiera llamársele, los cultivos se encaraman por sus laderas hasta cotas que ahora son inconcebibles. Cierto es que un clima más cálido y seco entre los siglos IX y XIV permitió el cultivo de viña en Noruega (Véase, por ejemplo, FOSSIER, Robert: El trabajo en la Edad Media, ed, Crítica), de olivos en comarcas pirenaicas (Flora de l'Alta Ribagorça i la vall d'Àneu, Institut d'Estudis Ilerdencs) o de trigo (o sus variantes, como espelta o forment) en valles alpinos. La historiografía hispánica recurre a la superpoblación de las montañas del norte durante los primeros siglos medievales para explicar unos cultivos incomprensibles en un suelo y un clima poco propicios. Y de nuevo entramos en otra forma de debate Brenner. ¿Es el tenente medieval, como afirma la historiografía marxista (véase, por ejemplo, SALRACH: Formación y consolidación del campesinado antiguo y medieval) dueño de los medios de producción y de la elección de sus cultivos o, por el contrario, como sugieren BARCELÓ, Miquel et alia: Arqueología medieval. En las afueras del medievalismo, el cultivo viene determinado por la lógica depradora feudal y las necesiades señoriales en lugar de por las necesidades campesinas? Podemos aprendernos (o hacer aprender) las relaciones de parentesco de todos los miembros de la casa Hohenstauffen, pero seguimos ignorando los mecanismos históricos.
Los viejos dioses del terruño que, como la tarasca de Lyon, habían sido domesticados primero y demonizados después por el cristianismo, expulsados de las ciudades y pueblos y degradados a genios o duendes, habitan los bosques y los cauces de agua, pero son especialmente poderosos en las montañas. El campesino medieval (que representa al 85% de la población europea hasta el siglo XVIII) está muy cerca de las creencias más atávicas de la humanidad; el cristianismo, religión urbana (ya hemos dicho que el término pagano deriva de pagus, campo) penetra muy lentamente en el agro medieval, y si las cortes episcopales en las sedes diocesanas urbanas son brillantes núcleos de cultura (pensemos en los célebres scriptoria de Reims, de Reichenau, de Fulda durante el imperio carolingio), los párrocos rurales se extraen de la masa campesina y son casi tan analfabetos como sus feligreses. Veáse, por ejemplo, en las crónicas del rey astur Alfonso III las referencias a la ordenación sacerdotal de esclavos rurales... La superstición, tan perseguida por la reforma protestante y por la contrarreforma católica, no es más que la pervivencia de cultos precristianos contaminados por un cristianismo mal entendido o mal explicado (véase GELABERTÓ, Martí: La palabra del predicador. Superstición y Contrarreforma en la Cataluña moderna ss. XVI-XVIII; GIORDANO, Oronzo: La religiosidad popular en la Alta Edad Media; BAJTÍN, Mijail: La cultura popular en la Edad Media y el Renacimiento. El contexto de Rabelais) Se puede talar el Irminsul como hizo Carlomagno a los sajones en el 770; se pueden abatir altares a dioses antiguos o genios nuevos... pero ¿qué hacer con la montaña? La nueva religión carece incluso de mecanismos para cristianizarla como hiciera con fuentes y ríos... porque las pocas referencias bíblicas a montañas son demasiado eruditas y relacionadas siempre con una hierofania terrible: el monte de los olivos como precedente a la pasión, el monte Gólgota como lugar de sacrificio, la terrible presencia de un Dios enojado con su pueblo en el monte Ararat, el dios de los ejércitos, el arca posada en el monte Sinaí tras el intento divino de destruir a la humanidad... El agua y el fuego son elementos que el cristianismo maneja perfectamente en sus símbolos y su liturgia; también el aire con su compleja angeología (Véase Máximo el Confesor De caelesti hierarchia, o Escoto Erígena), pero con la tierra no sabe qué hacer. Y la montaña es la máxima representación de lo sagrado de la tierra. Los campesinos y esclavos que huyen en la España visigoda (véase la Ley de Égica, citada por BONNASSIE, Pierre: Del esclavismo al feudalismo), los que huyen de los dominios laicos o eclesiásticos carolingios (recordemos como Elipando acusa a Alcuino de estar "enfatuado con tus 20000 esclavos", a lo Alcuino sólo respondió que él ya se los había encontrado, que no comprara ninguno más) y se refugian en los pasos alpinos, paganizándose de nuevo en contacto con comunidades montaraces y quizá todavía neolíticas.
No hay ambivalencia posible frente a la montaña: es un obstáculo, un límite. Las riquezas que atesora son tan difíciles y peligrosas de extraer que sólo hombres muy especiales están llamados a hacerlo. Ya sean los herreros-mineros, casta segregada de la comunidad agrícola pastoril desde el principio (Véase ELLIADE: Herreros y alquimistas; ELLIADE: Chamanismo), y a quienes se les atribuye poderes sobrenaturales, casi sacerdotales (porque si el chamán es el sacerdote del aire y de los espíritus y los muertos, el herrero-minero es el sacerdote de los dioses ctónicos); sean, pues, los herreros-mineros, grupo que en el medievo es comunidad aparte, itinerante y especializada, o los héroes que se adentran en las montañas para matar al dragón... Son héroes civilizadores, porque matando al dragón están matando al dios antiguo que las habita,e incorporan así la montaña al paisaje cristiano.
Pero es una incorporación efímera. Los eremitas arañan sus cuevas en las laderas, o construyen sus míseras casuchas en la cúspide... en vano, porque simas, valles, manantiales son refugio pemanente de las antiguas divinidades. Huyendo de los cruzados del abad cisterciense Arnaud Amaury (autor de la terrible sentencia contra los habitantes de Béziers: "Matadlos a todos, que Dios elegirá a los suyos") y Simón de Montforte (infinitamente menos cruel de cómo historia popular lo recuerda), los cátaros se refugian en inaccesibles montañas y resisten durante años; el coronel de las SS y doctor en Historia Medieval, Otto Rahn (veáse RAHN, Otto: La corte de Lucifer; RAHN, Otto: La cruzada contra el Grial) estuvo siguiendo las pistas que dejara el poeta del siglo XIII Wolfram von Eschenbach para localizar las huellas del Grial en los alrededores del refugio cátaro de Montségur. En otra montaña sagrada, Montserrat, el Reichsführer Heinrich Himmler no dudó ni un instante de encontrar el Santo Grial, porque el mismo Rahn había identificado el Montsalvatge mítico de Eschenbach con Montserrat. De nada sirvió que el abad benedictino intentase explicar al nazi en la visita que hiciera a la montaña mágica en 1943 que no había documentación alguna porque toda fue destruida en la Guerra de Independencia, que el Grial no estaba allí. El Reichsführer le replicó: "Todos en Alemania saben que el Grial está en Montserrat" (RAGUER, Hilari). Porque el Grial no es cristiano, sino celta o germano.
¿y qué decir de los durmientes? En las profundidades de una gruta de Turingia, el emperador Federico Barbarroja está sentado ante una mesa de piedra, duerme y su barba rodea ya varias veces el contorno de la mesa. En ocasiones, se despierta para preguntar al pastor que le vela (de nuevo el pastor, el hombre semisalvaje, como el centauro, como Hagrid, que guía al héroe en su tránsito hacia su destino, hacia la vida nueva) "¿vuelan todavía los cuervos alrededor de la montaña?", y el pastor responde tristemente: "Sí". El emperador reemprende entonces el sueño secular, esperando el día que despertará para gobernar de nuevo el Imperio.
Entonces, "El Reich que durará mil años abarcará toda Europa", como subraya Eric Muraise, "la leyenda del emperador dormido adquirirá una nueva magnitud cuando se apoye en la transposición poética de la leyenda del Grial, copa santa, cuya revelación purificará y unirá toda la cristiandad desmembrada. Sin embargo, la vía de transmisión será diferente. El mito del Grial nace en la Galia y de aquí pasa a Germania".

Supongo que no hay nada que decir de cómo criminales se apoderaron de este mito medieval germano...