Invasión de dragones
"Me gustaría salvar la Comarca, si pudiera, aunque alguna vez pensé que sus habitantes eran tan estúpidos que un terremoto o unainvasión de dragonesles vendría bien" (TOLKIEN, La Comunidad del Anillo, Cap. II 'La sombra del pasado).
"Lo que empieza bien, acaba mal; lo que empieza mal, acaba de pena" (corolario de la Ley de Murphy)
Hay en días en que uno tiene la sensación de que había salido a comprar el periódico cuando los dioses repartieron suertes. Cuando mis vecinos me ven tender la colada, regresan apresuradamente a casa a recoger el paraguas: es un barómetro infalible; ya puede lucir un sol de justicia en medio de un cielo azul, vertical e inquebrantable, que, indefectiblemente, el día acabará, en el mejor de los casos, en un calabobos suficiente.
Tras muchos años compartiendo piso, primero por estudiante y después por la precariedad laboral que todos conocemos, logré encontrar un pequeño piso de alquiler donde irme a vivir con mis libros (muchos), mi gato (grande) y mis manías (muchas y grandes); al lograr tal hazaña antes de los treinta, fui nominado para la Gran Cruz al Mérito Civil y se propuso mi nombre para una calle.
La calle de Mandelshtam.
¡Qué endiablado apellido!
No consigues olvidarlo.
Suena retorcido, extraño.
Fue poco recto
y nada delicado
y por eso esta calle
o, para ser precisos, esta zanja,
lleva el nombre
de ese tal Madelshtalm"
(Osip Mandelshtam, Tristia)
Al salir del trabajo, después de una serie de peripecias que me recordaron la cita del director Jonh Ford sobre cómo hacer una película, "empezar con un terremoto y, de ahí, ir subiendo", llegué a casa, me aflojé el nudo de la corbata, me serví una copa de Calvados, encendí la pipa y me dejé caer en el sofá; eludiendo la mirada de reproche de las actas de una Congreso de Alimentación medieval que debería haber acabado de leer el viernes. Kuragin, que conoce mi espíritu, respetó mi silencio y siguió dormitando sobre el cesto de camisas planchadas.
¿Cuánto tiempo pasé así? Desde luego, no el suficiente. Sonó el teléfono, y vi que era mi padre. Mala señal. Mi padre sólo llama cuando han hecho planes en los que he sido designado voluntario. Efectivamente: "la semana que viene, tu madre irá al médico y hemos decidido que pasará una semana o diez días contigo". Cuando mis padres quieren hacer vacaciones el uno del otro, deciden enviar al otro a hacerme compañía. Beata soror, qui in Hybernia es! ¡Feliz hermana, que vives en Escocia!... Porque mis padres no vienen a pasar una semana conmigo, vienen a auditarme; nada les parece bien, y cualquier frase la empiezan con "tú lo que tienes que hacer es..." Cuando sé que mi madre vendrá, conocida su tendencia a remover Roma con Santiago para conocer cualquier detalle de mi vida, traslado a la oficina las facturas y las cartas, dejando algo que pueda ella encontrar y censurar: una caja de condones, alguna factura de libros... porque si no encontrase nada en sus redadas, podría sospechar que algo se le oculta. Mis padres tuercen el gesto con las mismas cosas, pero por distinto motivo:
1. No soportan a Kuragin, mi gato. Mi madre no lo soporta porque la presencia de Kuragin impide que venga a verme con su nieto, un Yorkshire terrier malcriado y caprichoso al que ha permitido lo que ni mi hermana ni yo habríamos soñado coseguir. Mi padre no lo soporta porque cree que un gato es de maricones, y no creo que tenga que añadir nada más sobre su homofobia.
2. No soportan que lleve sombrero.
3. No entienden mi empeño en convertir mi casa en un reducto de civilización. Mi madre se pone el pijama tan de prisa, que creo que es su segunda piel y tuerce el gesto cada vez que ve que mi 'ropa de andar por casa' son una hakama, un kimono con su obi y un haori de seda negros. Que mi pijama sea un samuei o unos pantalones anchos de lino, de pescador tailandés, les es absolutamente absurdo... ¡con lo caliente que es un pijama de felpa! Como ese que me regalaron unas navidades con ositos y renos y que dejé en su casa 'porque allí hace más frío y me lo pondré cuando venga a veros'.
4. Mi gasto mensual en libros será llevado al próximo debate sobre el Estado de la Nación. Mi padre, porque cuando me traslade de piso, tendré que alquilar un camión; mi madre, porque si me lo gasto todo en libros, nunca ahorraré nada... Hace ya mucho tiempo que he renunciado a explicarlo. Por supuesto, lo de comprar el periódico cada mañana antes de desayunar raya lo patológico.
Los tres primeros días de convivencia, todo va bien; ellos limitan sus hábitos y yo controlo los míos. Pero a partir del cuarto día, cuando mi espalda ya pide la hora de dormir en el sofá (es un piso pequeño, con un solo dormitorio), mis niveles de tolerancia empiezan a disminuir. Al llegar a casa, y escuchar el Diario de Patricia cuando yo tenía previsto ponerme al día con el Onomasticon Cathaloniae mis nervios empiezan a alterarse. Por supuesto, no hay nada como que yo abra un libro para que necesiten cualquier cosa de mí, o necesiten interrogarme de nuevo sobre lo que les conté hace seis horas... Pero la gota que colma el vaso es el indefectible "tendrías que comprarte un piso de tres habitaciones. Así estaríamos más cómodos cuando viniésemos a visitarte"





Este es mi primer blog, así que espero indulgencia y agradeceré cualquier ayuda o consejo. Tengo poco más de 30 años y, como dice Gil de Biedma, "Tu gesto casual y tu desenfado resultan truculentos cuando se tienen más de 30 años" Historia, literatura, arte, política... son mis pasiones. Respeto casi todas las opiniones y a todas las personas, y aunque mi prosa sea áspera a veces, es muy difícil enfadarme. Miento, nada me saca más de mis casillas que la estupidez y la mala educación.

theo dijo
¡Jajajaja! Los míos vienen una semana cada mes, y ya me han dicho que mi madre se quedará las dos primeras semanas de agosto conmigo, 'hasta que tengas vacaciones y vengas a casa'. Aún estoy buscando cómo hacerles entender que cuando tenga vacaciones intentaré ir al Archivo Histórico Nacional... También cené níspero ayer... se me había ido el hambre...
8 Mayo 2007 | 12:21 PM