La Coctelera

Categoría: X

Cuando X se fue

Fue en abril cuando a X se le agotó la paciencia. Acarició a Kuragin, recogió su cepillo de dientes, me besó levemente en los labios ("Y tu pena me ha dicho que Jesús ha llorado/ y que hay un Viernes Santo más dulce que ese beso") y se fue. Me quedé de pie, como un patético espantapájaros, con el segundo volumen de la tercera parte de la Catalunya Carolíniga entre las manos, cerrado pero guardando con un dedo la venta de "unam vineam in castro Urritense, in loco qui dicitiur Toroccone", documento que unos minutos antes me arrancó la primera sonrisa en meses al poder reconocer la viña objeto de comercio y que ahora ni siquiera era capaz de leer.

Un día de mayo de 2009, la crisis llamó a mi puerta. No era una desconocida, pero no la esperaba; creí, imbécil de mí, que mi experiencia laboral, mi nivel de formación y otras tantas cosas que nada significan eran sal suficiente para mantener a ese espíritu maligno lejos de mi casa y no supe encajar su visita. Además, como las morosas costumbres de la primera Elegía de Duino, "se halló a gusto entre nosotros y se quedó sin irse". Primero fue Javier, después Josep, finalmente Elías... de los ocho de la Oficina Técnica ya sólo quedábamos Ernest y yo, mirándonos cara a cara y encogiéndonos de hombros cada vez que uno le preguntaba al otro "¿Y el mes que viene? ¿Seguiremos trabajando el més que viene?", mientras gota a gota mis ingresos iban reduciéndose en un 50%.

Busqué trabajo por si perdía el que tenía, porque yo no tengo paro, ni finiquitos, ni sindicato que me defienda ni pariente político que me consigua una subsecretaría adjunta de la coordinadora interdepartamental adscrita a vicepresidencia segunda del Consell Comarcal del Segre Medio. Busqué y lo que encontré era tan indignante que respondía airado a las primeras ofertas, deseándoles que el dinero que se ahorraban pagando esos salarios a técnicos superiores se lo gastaran en antidepresivos o en antiretrovirales, según lo vergonzante que fuera la propuesta. Con los meses y la constatación de que nada va a cambiar, de que el progreso del país pasa por el retroceso en las condiciones de vida y laborales del 95% de sus habitantes, he asumido ya mi derrota, que quizá sea la de todos.

Con Bolonia en los talones, o entregaba mi trabajo de investigación en mayo o tenía que empezar el doctorado de cero, cuatro años perdidos, y encontré en mis cartularios medievales el refugio a los sinsabores. Poder ubicar un topónimo del siglo IX, reconocer una finca del XII, descubrir un camino del XIV eran mis alegrías. Alegrías privadas, en las que nadie tenía cabida. Ni siquiera X. La alejé de mí. Frustrado, decepcionado, amargado y deprimido no quería pagar con ella las consecuencias de deciones que yo no había tomado pero que me habían aplastado.

Pero X, con una paciencia insólita, esperó. Intentó minar el muro que, palabra a palabra, iba erigiendo, firmemente anclado en la roca de la desesperanza. Esperó hasta una mañana de sábado en la que temprano la dejé en la cama para buscar cuál era la viña que el presbítero Ansemundo, qui nuncupatur Viader, y su hermana Dacolina vendieron a ipsos monachos, y me vio sonreír el descubrirlo, la primera sonrisa en muchos meses. Acarició a Kuragin, recogió su cepillo de dientes, me besó en los labios y se fue. Y el espacio que su cuerpo ocupaba en el aire de mi casa aún no se ha llenado, sólo que lo descubrí tarde.

Vino, mujeres y canciones

Vetera celebró el fin de semana un festival de vino y jazz. Entre que no tenía el cuerpo para muchos festejos, que el maldito calor me está dejando del todo aplatanado y que mi capacidad de tolerancia del jazz es bastante limitada, decidí mantenerme alejado de casetas de vinos y cavas y escenarios. Además, aún recuerdo cómo el año pasado, con eso de que ya conocía a alguno bodegueros que participaban del maridaje, acabé a las dos de la madrugada con algún problema para mantener la verticalidad y muchos para no cerrar los ojos en cualquier banco después de no sé cuántos, pero muchos, "tienes que probar este sumoll que acabamos de sacar", "dime qué te parece este rosado de pinod noir", "creo que estarás de acuerdo en que hemos acertado con este xarel·lo". Hasta el año pasado, podía levantarme activo y despejado a una la mañana de un sábado aunque la noche anterior hubiera llegado a casa agarrándome por las paredes. Pero eso era antaño, cuando aún era joven, que este año me apunto un viernes a semejante festival del humor y el domingo todavía estoy vegetando en casa con las persianas bajadas y las neuronas en desintoxicación. Estuve el sábado a punto de ceder a la tentación con Lucas, pero era tan larga la cola de los tickets que desistí con sólo verla.

El vino me gusta, pero el petardeo pedante de expertos, connaisseurs y aficionados me es insufrible. Siempre me ha sorprendido que la cantidad de matices que se le escuentran a un vino depende en gran medida de factores exógenos tan dispares como el número de chicas que rodee a la nariz de turno, si hay prensa cerca o si hay otro gallo en el gallinero. Yogur, mantequilla, frutas del bosque, pimiento verde... son fragancias comodín para describir un vino; curiosamente, huele a todo menos a uva y a vino.

Yo puedo imaginarme el desconcierto de alguien de apenas 20 años que quiera introducirse en este mundo por curiosidad, tradición, afán cultural o lo que sea cuando el experto de turno empieza llamándole 'caldo' a algo que se sirve frío. Si encima, después le aturulla con "se perciben claramento los tostados de vainilla de la barrica de roble", "tiene un toque a macedonia de frutas del bosque", "textura de terciopelo de Flandes", "retorno en boca a cuera de Prusia", el pobre interesado, si antes no le ha entrado un ataque de risa histérica, decide que ese mundo es muy complicado y que mejor se vuelve a la cerveza. Y es que con este afán de pretender que el vino huela y sepa a cualquier cosa menos a vino estamos consiguiendo que la gente más joven huya de él como de una ópera. Porque en todo este palabrerío -premio nacional de poesía habrían de dar al que compone las descripciones del merlot o tempranillo de turno en las botellas- a poco que uno se pare a pensar, cuando ya han dejado de bombardearle con adjetivos y adverbios, el olor que percibe no es el de cuero de Prusia o sotobosque en otoño, sino el de monja que fuma y cabrón vestido de lagarterana, y que la mitad de todo eso quizá sea un gran bluff.

De los miembros del Club de la Buena Vida, unos dieciocho, sólo Elías, Lucas y yo no estamos relacionados de una manera u otra con el mundo de las viñas, el resto, si no són enólogos, catadores, bodegueros o sumillers son periodistas especializados en vino o narices privilegiadas. Preguntándoles por cuántos estarían el fin de semana, sólo los bodegueros y los periodistas confirmaron su asistencia -por motivos evidentes ambos-, mientras que el resto se fue excusando de un modo u otro, y es que en este mundo de la verborrea fácil son todos ellos rara avi, pues evitan utilizar símiles o alegorías para definir ningún vino, ciñéndose a menudo a datos técnicos y químicosX y una amiga suya me explicaban una cata de la que recién salían -la voz algo pastosa, pues nadie les había dicho que en una cata el vino se escupe-; la amiga, mucho más inteligente de lo que supuse cuando la conocí, se desternillaba de risa con las 'notas de cata' que les dieron, como 'sabor a hierba recién cortada', 'olor a tierra mojada en primavera' y similares.

-Te lo prometo, esto no me lo invento, nos lo ha dicho él. ¿Cómo describirías tú un vino? -me preguntó

-No sé... si me hubiese tomado tantos como vosotras, los últimos probablemente serían "Este está muy bueno", "Este está cojonudo", " Espera, que no me acuerdo si he probado ese".

-¡Jajajajajaja! Sí, al final todos estaban buenos.

-¿No os avisaron de que se escupe el vino?

-¡Sí, hombre! ¿Dónde lo escupo? ¿En el suelo? ¡Menudo asco!

-Normalmente hay unas cubiteras para no convertir el suelo en un barrizal...

-Ah, ¿para eso eran las cubiteras? Nosotras metimos el vino tinto para que estuviera más fresco.

-¿El... vino... tinto? ¿Y el que dirigía la cata no os dijo nada?

Los primeros acordes de la jam session a la que insistieron en invitarme empezaban antes de que pudiese responderme; la banda, por lo visto, era muy famosa, pero mis conocimientos de jazz acaban en Duke Ellington y Louis Armstrong, así que no puedo decir ni su nombre. Sólo sé que ni X ni su amiga se enteraron de nada, pues cuando llevábamos ya media hora de solo improvisado de saxo -quizá fue menos, pero se me hizo eterno-, ya cabeceaban ambas; así que, antes de que una u otra contrapunteara con un solo de ronquido, sugerí que era hora de irse.

-No sé si podré conducir mucho -decía X

-No, no podrás. Quédate en mi casa.

-Es que tengo que llevar a mi amiga...

-Que se pida un taxi. O quedaos en mi casa las dos, ya dormiré en el sofá.

-¿Seguro que no te molesta? Eres el mejor... bueno, lo que seamos del mundo.

Improvisación de Django Reinhardt para el concierto para dos violines, cuerdas y continuo de Bach, BWV 1043

Deportes de riesgo

En circunstancias menos adversas, esto es, con un clima menos riguroso, habría echado mano de cualesquiera de mis recursos dialécticos para desmontar la fría hostilidad de X de esta semana; pero el calor merma mis capacidades intelectuales y ante el silencioso acoso no he tenido más ocurrencia que responder según la cita que atribuyen al general Ferdinand Foch en el Marne:

Me acosan duramente por la derecha. Mi centro sucumbe. Imposible maniobrar. Situación excelente, ¡ataco!

Veamos. Soy hombre, y eso significa que mi delicadeza para manejar ciertos asuntos es parangonable a una estampida de mamuths en una tienda de porcelana así que, puestos a meter la pata, mejor que sea a conciencia y a lo grande que accidentalmente en un detalle. O sea, que puestos a morir, mejor que sea a lo brigada Pomorska, a caballo contra panzer, que escondido en una ratonera.

Mentiría si contara que maduré mi plan a lo largo de la semana, pues bastante ocupado andaba en otros menesteres como para meditar y refinar una estrategia; de hecho, ni siquiera había plan, sino que más bien era una ocurrencia que me vino de repente y así, verde aún, la arranqué del árbol y la metí en el horno, no fuese que me diera por pensarlo y me echara atrás.

Tampoco es cuestión de ser trágico y dar la sensación de que la semana fue sentimentalmente horrible, porque la verdad es que no fue así. En realidad, la cierta frialdad y los divertidos mohínes eran intelectualmente estimulantes, pues ha sido morbosamente divertido ver hasta dónde se podía bromear con el tema (por acción o por omisión) sin romper la cuerda.

Mi vida sentimental no es especialmente prolija, pues desde Natasha hasta X sólo  he tenido dos parejas y algún que otro escarceo del que, en general, mejor será no hablar. Pero la brevedad de la nómina se compensa ampliamente por lo interesantes que han sido todas y por la amistad que conservo con ellas. De hecho, este fin de semana coincidían en Barcelona  Natasha y una amiga suya, Lana, con la que se había empeñado en liarme al poco que lo dejáramos. Y, bueno, digamos que lo consiguió, pero sólo duró un año, hasta que Lana consiguió una plaza en el ballet del Metropolitan Opera, pues si mi economía me permitía sin excesos de austeridad un vuelo a Moscú mensual, a Nueva York habría resultado imposible.

Con la feliz coincidencia de que estén ambas en Barcelona la misma semana que X ha acabado sus exámenes y aún no se ha ido de vacaciones a Ibiza con sus amigas, creí que era un buen momento para exorcizar fantasmas haciendo que todas se conocieran y dejasen de darme la murga -por distintos motivos- a tres bandas. Lo esencial era que ni ellas esperaban a X ni X conocerlas cuando ayer quedamos para almorzar en un restaurante de unos amigos en Vetera.

Quiso la suerte que la tensión de las presentaciones transcurriera en la más estricta intimidad, pues no había nadie más en el hall del restaurante. Apuramos la copa de bienvenida, un Parxet Titiana rosado altamente recomendable, en un ir y venir de miradas, estando ya tan en el centro de las más hostiles, que verdaderos esfuerzos hacía por sofocar el reclamo de las risas, tantos que no sé cómo no duché a nadie en cava. Y envueltos en esa atmósfera tan densa que uno podía trocearla y llevarse una porción en un tupper a casa, entramos en el pequeño comedor, verde y burdeos.

Aunque el térmometro superaba en el exterior los 30º con holgura, tan gélido era el interior -y no sólo por el aire acondicionado- que opté entrar en calor con tres platos contundentes, foie con compota de manzana, bacalao de Islandia confitado y liebre a la Royale, todo con una garnacha del Priorato.

Apenas nos traían el foie cuando Natasha rompió el frente con una apreciación que fue coreada por Olga y X: -Eres un cabrón. Esto no se hace.

-Tampoco creo que no pasa porque un día comáis como seres humanos y no como ovejas...

-Natasha no se refiere a eso y lo sabes -me taladró con la mirada Lana.

-Creo que ahora me he perdido -me excusé con mi cara más ingenua.

-Oh, mierda, Theo, no pongas ojos de Bambi que con nosotras no cuelan -abortó X la comedia -. Odio cuando pone esa cara, porque es imposible enfadarse con él...

-Sí, dan ganas de agarrarlo como a un oso de peluche... -empezó Lana

-¡Y meterlo en la lavadora! -acabó Natasha.

-¡JUAS! -fue la respuesta de las dos. Allí empecé a pensar que tal vez no había sido tan buena idea reunirlas...

La segunda botella de garnacha acabó de desatar las lenguas y las risas, la mayoría a mi costa, pero bastante inofensivas, la verdad, creo que estaban tanteando el terreno con escaramuzas antes de desencadenar su venganza en una ofensiva en toda regla. Porque que se vengarán de ese almuerzo es algo que doy por supuesto, lo único que no sé es si la réplica será conjunta o en tres oleadas.

Un moscatto d'Asti, con un divertido toque de aguja, para acompañar el postre, mousse de chocolate con caviar de naranja, y cigarrillos Lana y X y un Uppmann fueron la conclusión inevitable y adecuada a un experimento del que salí mucho mejor parado de lo que cabría haber esperado.

-¿Por qué lo has hecho? -preguntó Natasha durante el café, aunque ella tomaba té.

-Porque ya estaba cansado de tener que hablar de vosotras como si anduviera sobre cristales rotos. Ahora os habéis visto, os habéis conocido y ya podéis juzgar vosotras mismas y dejarme a mí tranquilo un rato.

-¿Te das cuenta de que tu esfuerzo por hacerte la vida siempre más fácil puede habértela complicado irremediablemente? -apuntó Natasha-. Es posible, pero al menos ahora conozco al enemigo.

-¿?

-Muy sencillo, Lana. Ahora los problemas que surjan serán entre personas de carne y hueso, no con imaginaciones, suposiciones, miedos, inseguridades... con problemas reales puedo lidiar, con fantastmas no. ¿Os apetece una copa de armagnac para acabar?

****

-Son muy guapas.

-Tienen algo, es verdad. Pero te prefiero.

-Eso espero. Ah, por cierto, que casi se me olvida: como vuelvas a tenderme una encerrona así, te mato. Y esta empezarás a pagármela esta noche, así que empeiza a tomar aspirinas.

 

Guerra de sexos

Que X y yo discrepamos sobre nuestra apreciación de varias cosas no es ningún secreto, pero últimamente nuestras controversias están alcanzado un insólito grado de belicosidad. Ella se empeña en sicoanalizarlo todo desde un punto de vista freudiano que, cuando tengo un buen día, me resulta indiferente; pero últimamente los buenos días escasean.

A la precariedad de que he hablado tantas veces ya y que procuraré omitir en adelante, pues hablar de ella no la va a resolver, hay que sumar todos los inconvenientes que hallo en la primavera/verano. Ya no es sólo una cuestión de inclinaciones anímicas, de que mi espíritu vibre más armónicamente con los colores del otoño y el frío del invierno, sino de salud. La física, pues soy alérgico al polen de no sé cuántas especies, herbáceas y de mayor porte,  y la mental, pues las alteraciones etológicas que sufre la mitad de mis congéneres (la mitad femenina, normal pero no exclusivamente) con la excusa de reactivaciones hormonales me desconcertaban a los quince años, me divertían a los dieciocho, me aburrían a los 21, me desesperaban a los 25 y desde los 30 me sacan profundamente de mis casillas, pues el carácter se educa y los impulsos se controlan, y ni la luna, ni el sol ni el clima me sirven de excusa para comportamientos indignos incluos entre babuinos.

Además de los okupas, X tiene, Deo gratia, otro tipo de amigos, y aunque después de la experiencia con los perroflautas no me quedaban muchas ganas de conocer más especímenes, no me quedó al fin otra alternativa que ser introducido en el peligroso mundo de sus amigas. Apenas necesité dos guiness para darme cuenta de que andaba por campo minado y de que mantener la boca cerrada era la mejor opción para sobrevivir.

El tema de discusión fue lo cabrones que somos los hombres; que hubiera un representante del género masculino no las cohibió lo más mínimo, es más, creo que les sirvió de acicate. Diré que, salvo excepciones -no sé si honrosas o no-, en las relaciones hombre/mujer los hombres no somos cabrones, sino estúpidos; y con esta observación no pretendo salvar la cara a nadie, pues si bien un cabrón puede tomarse una semana libre, un estúpido lo es las 24 horas del día.

Como apenas conocía a las amigas de X, mucho menos sabía quiénes eran los responsables de la sesión plenaria de terapia de grupo, así que poco puedo decir del lado de quién estaba la razón. Bueno, llamadme cobarde si queréis, pero aunque los conociera como a mi misma mano y supiera a ciencia cierta que la razón se inclinaba razonablemente por el lado masculino, ni de broma se me habría ocurrido romper una lanza en su favor ante semejante público. No es prudente reírse de los actores si uno también subido en el escenario.

Por lo que pude columbrar del memorial de agravios que desmenuzaron con meticulosidad, no han tenido mucha suerte con las relaciones, o quizá han tenido un ojo clínico excepcional para enamorarse de los tipos más impresentables. "Siempre hay ojos que se enamoran del legañas", sentenciaba mi abuela -frase que dedico a su club de fans-. Aunque también esto habría que tomarlo con cierta prudencia.

Nunca he despertado tanto interés entre el género femenido como cuando he tenido pareja. Esto no es un tópico, es una constatación empírica. No sé si es que al tener pareja uno se relaja un poco y deja de comportarse como un mandril en celo y, consecuentemente, las mujres dejan de verlo como a un primate y empiezan a considerarlo persona; o quizá tal vez haya algo de comer del árbol prohibido... o quizá es aquello que Bierce, El diccionario del diablo, constataba del alma femenina al definir "hostilidad" como la que las mujeres sienten hacia todas las mujeres, especialmente hacia sus amigas. Así pues, todas ellas habían conocido a sus respectivos cabrones cuando ellos tenían ya pareja, sólo que la actuación fue distinta: una no se atrevió a atacar, y ahora hace el triste papel de la buena amiga; otra no paró hasta conquistarlo con todas las consecuencias y la tercera que sigue añorando a su ex y quedando con él siempre que él quiere.

Por mí, que cada cual haga según su gusto, como si quieren morder candados. Pero que cada palo aguante su vela y se asuman ciertas responsabilidades; o, si se quiere, que se aplique cierta lógica elemental, y se intuya como posible que alguien que dejó a su pareja de toda la vida (cinco años, pero con las edades de las amigas de X, eso es toda la vida) por una, pueda dejar a esa una para irse con otra. En fin, es lo primero que yo me plantearía, aunque quizá yo soy demasiado cartesiano. Por supuesto, me guardé muy bien esta reflexión y ni se me ocurrió exponerla ante el consejo de Walpurgis, que no me pareció un público receptivo.

El problema de todo esto es que no estamos hablando de Jessis, Jenis y Yolis, sino de personas con inteligencia contrastada, cerebro bien amoblado, estudios universitarios brillantemente completados y una vida laboral prometedora con sólo 26 años; ellos serán unos cabrones, pero, francamente, en este asunto ellas muy listas tampoco están demostrando ser. O sea, que no entiendo nada. Y si la actitud de la primera me parece entrañable pero estúpidamente romántica, la de la segunda es la perseverancia en la ilógica creencia de que "conmigo será distinto" y "yo le haré cambiar". Pero a quien me cuesta más entender es a la tercera, enrocada en una relación que fracasó porque la pareja, según X, tenía la madurez de una ameba; a pesar de todo, ella sigue disponible siempre que el imbécil la llama; lo que no comprendo es que ella actúa como si no tuviera alternativa, como si fuese el único hombre que tendrá en su vida, cuando no es absoluto así. O n lo sería si ella quisiera. Evidentemente, con esta perspectiva, habría estado muy ocupado para irme de acampada con ellas y ellos en San Juan aunque no hubiera tenido nada que hacer, pues una cosa es ser el mayor de un grupo y otra muy distinta es tener que ejercer de abuelo...

A todo ello, Natasha llega mañana a Barcelona; X me ha dejado bastante claro -lo ha escrito en mayúsculas sobre mi nevera- que no quiere conocerla y que si me voy a cenar con "la bailarina" (así la llama) que no me tome la molestia de llamarla en una semana. La verdad, no entiendo nada, pero supongo que eso entra dentro de lo esperable.

 

Añoro la Unión Soviética

El viento, mi más odiado elemento, se alió conmigo el sábado y me dejó tirado en la estación de Vetera, sin trenes a Barcelona con que asistir al siguiente descenso en la decadencia de occidente y con la urgencia penal de comprobar que los andamios seguían en su sitio. Por suerte, no hubo que lamentar más desperfecto que algunas telas de seguridad mal aseguradas.

X no acabó de centrar resposabilidades en la climatología, y creo que sospecha de brujerías para convocar los vientos, olvidando que, de estar en mi mano, convocaría cualquier elemento menos ese; que no soy, precisamente, adorador del Wendigo. Por ver si templábamos ánimos, acudí al restaurante de un amigo mío, a la espera de una nueva sorpresa en su menú, el sábado una egregia liebre à la royal. Pero el humor de X, que aún no sabía cómo acusarme del contratiempo, no estaba para disfrutar de una ensalada tibia de calçtos con vieiras ni para degustar la obra cumbre atribuida a Carême, aquel marmitón que Talleyrand se llevara al Congreso de Viena para conseguir en la mesa para Francia lo que en rigor no le correspondía, como fue ser declarada víctima de Napoleón. En cambio, con el Pago de los Capellanes tuvo menos remilgos.

Nubes negras anunciaban una tormenta perfecta si no tomaba cartas en el asunto, por lo que hice de tripas corazón, guardé en el cajón las más de siete horas de la versión de Sergei Bondarchuk de Guerra y Paz (1962-1967)

 

y opté por la prudencia de una película de supuesta acción que llevaba X días pidiendo ver. No recuerdo el título, pero al acabar llegué a una conclusión inevitable: añoro la Unión Soviética.

Reconozco que no he logrado aprender más capital que Alma Ata y Dusambé de toda el Asia central, y que casi me eché a llorar cuando un amigo que trabaja en Rusia me dijo que se trasladaba de San Petersburgo a la república rusa del Tartaristán. ¡Con lo que me había costado aprenderme los los Tukemistán, Kazajstán, Uzbekistán, Kirguistán y Tayikistán! Las cosas eran más sencillas, afrontémoslo. Stalin era un sanguinario dictador soviético, Mijaíl Scholojov un escritor soviético que ganó el Nobel y Dzerzhinski el comunista soviético fundador de la policía secreta, Cheká, que daría origen al KGB, Mikoyán el diplomático soviético que se opuso al uso de la fuerza para reprimir la rebelión húngara de 1956. Era mucho más fácil que explicar que Stalin era georgiano (aunque en el conflicto de Osetia del Sur de este verano hubo prensa que acusó a los rusos de comportarse como Stalin), Sholojov (como Kaganovich), ucraniano, Dzerzhinski, bielorruso y Mikoyán, armenio. Era mucho más fácil.

También era mucho más fácil para el cine y la televisión cuando el malo era una némesis perfecta. Y además, con cierta estética, porque desde los nazis, no ha habido desfiles mejor montados que los soviéticos en la Plaza Roja el 9 de mayo

Desfile militar en la Plaza Roja de Moscú. © RIA Novosti, Sergey Guneev.

Imagen de la Agencia Rusa de Noticias, Novosti 

Ni tampoco prenda alguna sienta tan bien como un abrigo militar soviético largo, de solapas inglesas y doble abotonadura. Las cosas como son, porque J'appelle un chat un chat et Rolet un fripon ("Yo llamo gato a un gato y Rolet a un bribón", BOILEAU, Sátiras), que la elegancia del espía de la KGB en un contrapunto estético esencial en cualquier película de espías medianamente decente.

Ahora, sin esta némesis tan clara, andan guionistas y escritores más perdidos Paul Blobel en el Jurado del Premio Nobel de la Paz, o que Belén Esteban en sesión plenaria de la Real Academia, porque los nuevos malos no son unos 'malos respetables', los turbantes, las barbas desgreñadas  y el polvo del desierto no es lo mismo para jugar a espías que los salones de un castillo en Baviera o los pasillos de mármol de la Oiranka, un smoking impecable o un uniforme feldengrau. Y eso se nota en unos diálogos que flojean bastante, sustituido el debate ideológico entre antagonistas por tiros y persecuciones y explosiones y más tiros y ¿dije ya persecuciones?. Porque, ¿alguien se imagina encontrar en Misión imposible algo parecido a la inolvidable conversación en la noria del Prater (por favor, que no se c0nfunda con otras norias) entre Orson Welles y Joseph Cotten en El tercer hombre?. Pues eso. Para no acabar con mal sabor de boca, aquí dejo esto

 

TATUAJES

Decía Adolf Loos, arquitecto austriaco de obra teórica más interesante quizá que la construida, en una célebre obra suya, Ornamento y delito (191o):

El embrión humano pasa, en el claustro materno, por todas las fases evolutivas del reino animal. Cuando nace un ser humano, sus impresiones sensoriales son iguales a las de un perro recién nacido. Su infancia pasa por todas las transformaciones que corresponden a aquellas por las que pasó la historia del género humano. A los dos años, lo ve todo como si fuera un papúa. A los cuatro, como un germano. A los seis, como Sócrates y a los ocho como Voltaire. Cuando tiene ocho años, percibe el violeta, color que fue descubierto en el siglo XVIII, pues antes el violeta era azul y el púrpura era rojo. El físico señala que hay otros colores, en el espectro solar, que ya tienen nombres, pero el comprenderlo se reserva al hombre del futuro.

El niño es amoral. El papúa también lo es para nosotros. El papúa despedaza a sus enemigos y los devora. No es un delincuente, pero cuando el hombre moderno despedaza y devora a alguien entonces es un delincuente o un degenerado. El papúa se hace tatuajes en la piel, en el bote que emplea, en los remos, en fin, en todo lo que tiene a su alcance. No es un delincuente. El hombre moderno que se tatúa es un delincuente o un degenerado. Hay cárceles donde un 80 %  de los detenidos presentan tatuajes. Los tatuados que no están detenidos son criminales latentes o aristócratas degenerados. Si un tatuado muere en libertad, esto quiere decir que ha muerto unos años antes de cometer un asesinato. (...) La evolución cultural equivale a la eliminación del ornamento del objeto usual." 

Fue en tercero de carrera cuando descubrí a este autor, y en cuarto cuando devoré todo cuanto escribió, porque su reflexión sobre la arquitectura y la sociedad me parecía de una brillante intuición y claridad, y sigo suscribiendo el fondo de muchas de las cosas que dice, aunque matizaría -y mucho- las formas.

X quiere que este sábado la acompañe a una fiesta de sus amigos a las afueras de  Barcelona y yo ya estoy buscando excusas para soslayarlo. No soy especialmente maniático de la limpieza, como ya he dicho, pero puedo prometeros que es más higiénico hacer una operación a corazón abierto en el suelo del lavabo de una discoteca un sábado a las seis de la mañana que lavarse los dientes en el baño del antro de esa gente. Sólo de pensarlo, ya me pica todo el cuerpo.  Como ya han sido varias las veces que no he podido acompañarla a la versión perro-flauta de la Franja de Gaza porque tenía mucho trabajo, había quedado para comer-cenar con amigos, debía acabar urgentemente un trabajo para los cursos de doctorado, leer un libro para la tesis o tenía un jabalí en el horno... X me ha amenazado con montar una fiesta en mi casa. Y si defino 'invasión de dragones' a la visita de mis padres, podéis suponer que ver pulular por mi refugio antibarbarie a veinte trolls con pañuelo palestino, pantalones bombachos, pelo a lo rasta y mugre ya solidificada me causaría cierta desazón. Vamos, que al día siguiente saldría en los periódicos por el mayor asesinato en masa desde la invención de la guillotina. Así que mucho me temo que tendré que transigir, ponerme ropa que después pueda quemar y admirar los nuevos tatuajes tribales del clan.

Porque esa es otra. X quiere hacerse un tatuaje, como sus amigos, un hada, un duende o una letra china. Por más que le repita el fragmento de Loos citado al incio, no logro convencerla de lo desatinado de la ocurrencia; al menos, ha desistido ya de grabarse mi nombre ante la amenaza de que ese mismo día la dejaría. A ver qué haría entonces marcada como ganado.  Todos sus amigos han recuperado la estética del hotentote, con tatuajes, pircings y cierta falta de higiene, disculpable en la sabana pero no tanto con agua corriente, y X insiste en lo de la letra china de las narices. Porque esto de las letras chinas es como lo de las reencarnaciones, que todos han sido Napoleón o prostituta sagrada en el templo de Ishtar, pero nadie campesino o barragana de cura de pueblo. Ídem con las letras chinas, que todas significan una parrafada espiritual del copón de Ambrosia, del tipo "la luz de las estrellas anida en tu espíritu libre", aunque nadie sepa chino y tenga que fiarse de la palabra del tipo de la tienda de tatoos. Ya sé que las apariencias engañan, pero no suelen tener pinta de doctores en sinología.

Otra de las opciones que X baraja, ahora muy en sintonía con el clan del oso cavernario (porque esa casa apesta como el cubil de un oso que acaba de despertarse de la hibernación) son las hadas, duendes, elfos... ¡Cuánto daño has hecho, Peter Jackson!

-Xavi se ha tatuado unas letras en élfico.

-Habla con propiedad, X. Xavi no se ha tatuado nada, se lo han tallado en la mugre. ¡Por Dios, si empieza a tener ya una costra de roca sedimentaria!

-No seas clasista. Pues los versos son muy bonitos.

-Sí claro, el tatuador es también experto en élfico. ¿El verso es en Quenya o en Sindarin?

Con lo de los versos en élfico recordé una anécdota que me contó NilVS sobre un amigo suyo, catalán también,  que, queriendo estudiar un idioma, dudaba entre euskera y élfico. ¿Cómo diablos consiguen estas personas que la realidad no las contamine? Otro amigo, profesor, me contaba que ha llegado a su colegio un niño de tres años que se llama Éomer.

-¿Eómer, hijo de Kevin?-pregunté

-No. Pero no vas desencaminado: Éomer, hijo de Jonathan.

-La madre que lo parió.

-¿Al niño? La Jenni. Está embarazada otra vez, con 21 años.

-De Arwen, supongo.

-Supones bien. Peter Jackson, ¡cuánto daño has hecho!

-¿Por qué no quieres que me tatúe nada? -interrumpió X mis disquisiciones.

-Lo que yo quiera o deje de querer no tiene nada que ver. Es tu cuerpo y puedes hacer lo que quieras. Pero creo que es un error y, sobre todo, si lo haces por snobismo, como todos esos alternativos tan auténticos, que ahora es una letra china, mañana un verso en élfico y pasado quizá una svástica, porque seguirán sin entender nada.

-Eres un viejo

-Prefiero que me llames antiguo.

-Desde luego. Si sigues así, cuando te pongas enfermo, en lugar del médico, vendrá a atenderte un arqueólogo. Pero el sábado vendrás, ¿verdad?

-Si no hay más remedio.

-No. No lo hay. Porque si no vienes me tatuaré tu nombre en élfico y en chino. Y en árabe.

-Vale. ya lo he entendido. ¿Les llevo vino rosado?

 

 

Convivencia II

Como viene siendo costumbre en época de exámenes, X se ha instalado en mi casa con la excusa de que estudia mejor que en la suya, aprovechando la migración hivernal de sus padres al Caribe. En la escala de Smaug -mi madre-, que mide el grado de obsesión compulsiva por el orden y la limpieza, del 1 al 15, siendo el 1 el caos absoluto -mi hermana- y el 15 el trasterno obsesivo psiquiátricamente certificable -mi madre-, mi casa se mueve en un discreto número 7. Bueno, se movía hace una semana, antes de ser invadidad, porque ahora está más cerca del 3, 'campo de refugiados', que del 7, 'excusable sólo por enfermedad'. Y es que la ropa de X, una vez liberada de la maleta, presenta el atributo hasta ahora sólo conocido para los gases de okupar todo el volumen que la alberga.

Por no repetir el incidente del tanga u otro peor, voy por mi casa y mis cajones con mas ojos que Argos, pero no hay caso, porque los dioses juegan siempre con cartas marcadas, y han decidido para esta partida que troque el homburg por gorro de cascabeles y la estilográfica por cetro con cabeza de rata. El lunes, saltando de la cama con las prisas del que se ha despertado libremente y sabe por experiencia que eso sólo significa que el despertador no ha sonado y llega tarde a dónde fuera, por buscar el obi mientras corría hacia la puerta en lugar de mirar dónde ponía los pies, me enredé con una pieza de ropa aún por determinar hasta el punto de caer, y golpearme un ojo con el pomo de la puerta y otro con un cajón. El resultado hoy que empieza a estabilizarse el color es que parezco un panda. Y lo peor de todo es que me había despertado una hora antes de lo previsto.

No voy a ser tan periodista televisivo como para poner de titular el pleonasmo de que en invierno hace frío, pero al menos podría lucir un poco de sol, aunque sólo fuera para que las gafas oscuras que llevo se justifiquen socialmente por el clima y no por la resaca. Pocas cosas son tan poco recomendables como hacer una visita de obra y que crean que te acabas de levantar de la juerga del siglo, porque a las gafas de sol hay que juntar un arañazo en el cuello, de inequívoca, pero falsa, interpretación.

El stress, el frío, la conjunción planetaria o la falta de previsión del Gobierno se manifiestan en mí como inapetencia sexual, que no se atenuó anoche tras constatar en el espejo del baño que hoy sería doble perfecto de Kung Fu Panda, así que respondí a los requiebros de X con un gruñido y atrincherándome con las mantas al borde de la cama; X tiró por su lado, yo volví por el mío, y en el tira y afloja al pie del volcán acabé en el suelo. Por suerte, la ingente cantidad de ropa de X revuelta a ambos lados de la cama amortiguó la caída, no así el zarpazo de Kuragin, desplazado de su trono de mangas y perneras por la caída del Coloso de Rodas.

Y así, con gafas de sol un día nublado y un arañazo en el cuello que no disimulan ni corbata ni bufanda, he desistido de intentar explicar a quince tipos más salidos que la pata de un banco que no es lo que parece.

Desencuentros culinarios (I)

Hace días, Selene me concedió un premio sobre la cocina... no he tenido mucho tiempo para postear nada, como habréis visto, y tampoco sabía muy bien cómo efocarlo... hasta que X vino a pasar el fin de semana conmigo.

Como de costumbre, llegó, vio y venció. Venía del concierto de Tom Waits en Barcelona, "el concierto de Dios", puntualizaba, con la fe fanática del converso... Así que me he pasado el fin de semana escuchando a Bukovski versionado con voz de cazalla

Por más que me esfuerzo, aún no consigo recordar qué delito cometí para penar así... porque convengamos que tres canciones de Waits se hacen entretenidas y divertidas, pero tres días oyéndole sin parar era castigo excesivo incluso para un karma resultado de la concatenación de las vidas más criminales de la historia. Y despertarse escuchando que "Uncle Vernon plays acordian for Mr. Weiss" es augurio de que el día va a ser muy largo. ¿Qué fue de mi matinal Bach?

-¿Por qué no nos vamos a desayunar a Barcelona?-propuse, intentando minimizar los riesgos para mi precaria salud mental. Pero X, envuelta en un kimono color turquesa, tenía otros planes inmediatos, entre los que no figuraban dejarme leer Niveles de vida en la Edad Media, de Dyer.

Tres horas más tarde, ya mediodía, nos apeábamos en Plaça Catalunya y, bajando por las Ramblas hasta enfilar a la calle Ferran, llegábamos adonde yo pretendiera desayunar, pero ya era casi hora de almorzar.

-Una docena de ostras, por favor, y una botella de Tres Lustros, de Gramona. Ah, y unas gambas de Palamós también...

Abiertas las ostras, delicadamente puestas sobre un fondo de hielo picado, y las gambas, salteadas, X abría desmesuradamente los ojos.

-¿Qué es.... eso?

- Dos verdaderas delicias...

- Las ostras parece que se mueven...

- Claro, están vivas...

-No pienso comerme nada que esté vivo!

-Prueba las gambas entonces...

-Tampoco voy a comerme nada que me esté mirando! ¿No hay nada normal aquí?

-¿Te pido una hamburguesa?

Superada la primera controversia con la mediación de Joselito y un tercio de Gramona, nos sentamos ya en nuestra mesa, un menú degustación, que suele variar cada dos meses, aunque con un invariante: el foie trufado sobre lecho de mermelada de membrillo, con un Sauternes. Visto el paladar aprensivo que gastaba X este fin de semana (inexplicable tanta reticencia para alguien que vivaquea de vez en cuando en casa de okupas), preferí no entrar en detalles en el modo de producción del foie, en la hígado hipertrofiado de ocas y patos, a veces cirrótico... o en cómo Apicio, el gran gourmet romano, sugería cebar las ocas sólo con higos pasos y, ya luciendo un apetitoso aspecto, matarlas emborrachándolas con vino de miel...

Intenté ilustrar el tártar de esturión, con Riesling, con cierta anécdota de Talleyrand y dos esturiones, preparados por Carème, recogida por el conde de Sert en El goloso, pero la nariz arrugada de X me alertó.

-Esto es pescado crudo

-Es un tártar, amor...

-Está crudo

-La conversación empieza a ser redundante. ¿No te gustaba el sushi?

-Sí, ¡pero no es lo mismo!

-Me he perdido... Por favor, cuando cambies los códigos, avísame, que mi ENIGMA anda obsoleta.

-¿Cómo?

-Da igual. ¿Qué te parece el vino?

Carpaccio de reno. El vino, Mas Vilella

-¿Me estoy comiendo a Rudolf?

-No sé, si en las próximas navidades Papa Noël reparte los regalos en una Harley, puede que haya sido culpa nuestra...

-Entonces, en lugar de comida y agua para los renos, los niños tendrán que dejar una lata de gasolina...

-Este es un mundo cruel, X, cuanto antes lo aprendan los niños, más sinsabores se ahorraran...

-Los niños no sé, pero el carpacio de Rudolf está sabroso...

No puso reparos a la liebre escabechada, pero el ciervo con salsa de frambuesas fue otra cosa...

-Compréndelo, después de comerme a Tambor, no puedo hacer lo mismo con Bambi... Sería como devorar toda mi infancia

-En rigor, Tambor era un conejo, no una liebre -puntualicé

-Potato, patata

-¿Cómo?

-Déjalo... ¿Con los postres habrá ese vino de naranja tan rico?