Vetera celebró el fin de semana un festival de vino y jazz. Entre que no tenía el cuerpo para muchos festejos, que el maldito calor me está dejando del todo aplatanado y que mi capacidad de tolerancia del jazz es bastante limitada, decidí mantenerme alejado de casetas de vinos y cavas y escenarios. Además, aún recuerdo cómo el año pasado, con eso de que ya conocía a alguno bodegueros que participaban del maridaje, acabé a las dos de la madrugada con algún problema para mantener la verticalidad y muchos para no cerrar los ojos en cualquier banco después de no sé cuántos, pero muchos, "tienes que probar este sumoll que acabamos de sacar", "dime qué te parece este rosado de pinod noir", "creo que estarás de acuerdo en que hemos acertado con este xarel·lo". Hasta el año pasado, podía levantarme activo y despejado a una la mañana de un sábado aunque la noche anterior hubiera llegado a casa agarrándome por las paredes. Pero eso era antaño, cuando aún era joven, que este año me apunto un viernes a semejante festival del humor y el domingo todavía estoy vegetando en casa con las persianas bajadas y las neuronas en desintoxicación. Estuve el sábado a punto de ceder a la tentación con Lucas, pero era tan larga la cola de los tickets que desistí con sólo verla.
El vino me gusta, pero el petardeo pedante de expertos, connaisseurs y aficionados me es insufrible. Siempre me ha sorprendido que la cantidad de matices que se le escuentran a un vino depende en gran medida de factores exógenos tan dispares como el número de chicas que rodee a la nariz de turno, si hay prensa cerca o si hay otro gallo en el gallinero. Yogur, mantequilla, frutas del bosque, pimiento verde... son fragancias comodín para describir un vino; curiosamente, huele a todo menos a uva y a vino.
Yo puedo imaginarme el desconcierto de alguien de apenas 20 años que quiera introducirse en este mundo por curiosidad, tradición, afán cultural o lo que sea cuando el experto de turno empieza llamándole 'caldo' a algo que se sirve frío. Si encima, después le aturulla con "se perciben claramento los tostados de vainilla de la barrica de roble", "tiene un toque a macedonia de frutas del bosque", "textura de terciopelo de Flandes", "retorno en boca a cuera de Prusia", el pobre interesado, si antes no le ha entrado un ataque de risa histérica, decide que ese mundo es muy complicado y que mejor se vuelve a la cerveza. Y es que con este afán de pretender que el vino huela y sepa a cualquier cosa menos a vino estamos consiguiendo que la gente más joven huya de él como de una ópera. Porque en todo este palabrerío -premio nacional de poesía habrían de dar al que compone las descripciones del merlot o tempranillo de turno en las botellas- a poco que uno se pare a pensar, cuando ya han dejado de bombardearle con adjetivos y adverbios, el olor que percibe no es el de cuero de Prusia o sotobosque en otoño, sino el de monja que fuma y cabrón vestido de lagarterana, y que la mitad de todo eso quizá sea un gran bluff.
De los miembros del Club de la Buena Vida, unos dieciocho, sólo Elías, Lucas y yo no estamos relacionados de una manera u otra con el mundo de las viñas, el resto, si no són enólogos, catadores, bodegueros o sumillers son periodistas especializados en vino o narices privilegiadas. Preguntándoles por cuántos estarían el fin de semana, sólo los bodegueros y los periodistas confirmaron su asistencia -por motivos evidentes ambos-, mientras que el resto se fue excusando de un modo u otro, y es que en este mundo de la verborrea fácil son todos ellos rara avi, pues evitan utilizar símiles o alegorías para definir ningún vino, ciñéndose a menudo a datos técnicos y químicos. X y una amiga suya me explicaban una cata de la que recién salían -la voz algo pastosa, pues nadie les había dicho que en una cata el vino se escupe-; la amiga, mucho más inteligente de lo que supuse cuando la conocí, se desternillaba de risa con las 'notas de cata' que les dieron, como 'sabor a hierba recién cortada', 'olor a tierra mojada en primavera' y similares.
-Te lo prometo, esto no me lo invento, nos lo ha dicho él. ¿Cómo describirías tú un vino? -me preguntó
-No sé... si me hubiese tomado tantos como vosotras, los últimos probablemente serían "Este está muy bueno", "Este está cojonudo", " Espera, que no me acuerdo si he probado ese".
-¡Jajajajajaja! Sí, al final todos estaban buenos.
-¿No os avisaron de que se escupe el vino?
-¡Sí, hombre! ¿Dónde lo escupo? ¿En el suelo? ¡Menudo asco!
-Normalmente hay unas cubiteras para no convertir el suelo en un barrizal...
-Ah, ¿para eso eran las cubiteras? Nosotras metimos el vino tinto para que estuviera más fresco.
-¿El... vino... tinto? ¿Y el que dirigía la cata no os dijo nada?
Los primeros acordes de la jam session a la que insistieron en invitarme empezaban antes de que pudiese responderme; la banda, por lo visto, era muy famosa, pero mis conocimientos de jazz acaban en Duke Ellington y Louis Armstrong, así que no puedo decir ni su nombre. Sólo sé que ni X ni su amiga se enteraron de nada, pues cuando llevábamos ya media hora de solo improvisado de saxo -quizá fue menos, pero se me hizo eterno-, ya cabeceaban ambas; así que, antes de que una u otra contrapunteara con un solo de ronquido, sugerí que era hora de irse.
-No sé si podré conducir mucho -decía X
-No, no podrás. Quédate en mi casa.
-Es que tengo que llevar a mi amiga...
-Que se pida un taxi. O quedaos en mi casa las dos, ya dormiré en el sofá.
-¿Seguro que no te molesta? Eres el mejor... bueno, lo que seamos del mundo.
Improvisación de Django Reinhardt para el concierto para dos violines, cuerdas y continuo de Bach, BWV 1043
Ya no recuerdo aquellos tiempos en que los días se clasificaban en 'buenos' y 'malos'; desde hace dos años, eran 'malos' o 'muy malos', para pasar los últimos ocho meses a ser 'muy malos' o 'catastróficos'.
Ayer me convocó el director financiero de la empresa. Sin lugar a negociaciones, mis honorarios directos quedaban reducidos con carácter inmediato un 30%, sin que se vislumbrara recuperación ninguna; como tampoco hay previsión de empezar obra nueva en, al menos un año, quedan también cancelados incentivos, primas y comisiones. Todo ello supondrá una reducción de ingresos de alrededor del 50%.
No diré que en la Oficina Técnica no estuviésemos pasando los últimos meses con cierto desasosiego, pues la única obra que tenemos en ejecución se acabará en octubre, y no hay nada previsto después de eso. Personalmente, esperaba el ajuste, pero no tan drástico (suponía un 20%) ni tan innegociable. Gracias al Cielo o al Infierno, he seguido con la política de no hacer ni puñetero caso a mis dragones que tan buenos frutos me ha dado desde los 18 años y ni tengo un alquiler más caro, ni una hipoteca, ni un coche ni cargas familiares. Pese a todo, el ajuste presupuestario que me espera para los próximos 18 meses -si conservo el trabajo ese tiempo- será doloroso, aunque no trágico, pues, pese al descalabro financiero, no soy un mileurista, aunque una vez descontados alquiler, facturas e impuestos esa sea exactamente la cifra que dispondré para vivir. Supongo que es lo que le corresponde a alguien que no es futbolista y tiene 34 años, ocho de experiencia laboral, dos carreras universitarias, un doctorado en ejecución y seis idiomas: como en España no se vive en ningún sitio.
Recuperado del shock que me supuso la noticia de ayer, que no por esperada fue menos impactante, me he dado esta mañana de baja en el RACC y he cancelado el ADSL; no es mucho, pero son gastos prescindibles. Tanto el sello 'Casa de la Habana' como Guiness verán reflejadas las consecuencias en su cuenta de resultados del segundo semestre.
Porque mi situación laboral ha retrocedido, como mínimo, cinco años, y esto es lo que peor me sienta. No es tanto el dinero, pues es sólo dinero y tengo aún margen de maniobra, sino que la pérdida de categoría no es coyuntural, no me cabe la esperanza de que cuando esto pase recuperaré mi anterior posición, sino que empezaré otra vez de cero o casi y tendré que volver a ganármela, si es que jamás lo consigo. Porque en las escasas ofertas laborales que recibo, ante la posibilidad de que ni el ajuste salarial salve las cuentas de la empresa, las condiciones son absolutamente inaceptables, entorno a los 1500 euros al mes, exigiiendo incluso disponibilidad para desplazamientos al extranjero.
Me llamaréis clasista, pero antes de trabajar como arquitecto por 1500 euros al mes, trabajo de camarero por 900. Ya no es una cuestión de dinero, sino de dignidad: no he dedicado tiempo y esfuerzo a mi formación para que me tomen el pelo, para que me esclavicen; además, si ahora aceptara esa oferta, ya nunca más obtendría otra mejor, pues estaría aceptando que se puede contratar a un arquitecto por el salario de un reponedor. Antes camarero, pastor, o dependiente en una zapataría de mujeres.
Esta es la situación. El sector de la construcción está absolutamente devastado y, encima, desprestigiado. La actitud de individuos que muy a menudo no eran profesionales del sector, sino especuladores que entraron solo a dar el pelotazo y después largarse con los beneficios ha dañado muchísimo la imagen de los que intentamos hacer las cosas honradamente. Han sido Poceros, Nozaledas, Martín, Jové, etc, pero también el joyero del pueblo, el del bar de barrio de toda la vida, el tendero metido a promotor... El sector no verá la luz al final del túnel hasta 2011, y no sé cuántas empresas resistirán esta travesía por el desierto, me temo que muy pocas, con lo que todo quedará concentrado en muy pocas manos.
Los primeros empeñados en que no haya luz son los bancos, acaparadores de stock al que tienen que dar salida, un stock en muchas ocasiones de calidad más que discreta, bien por los acabados, bien por las ubicaciones, y, por tanto, muy poco interesados en que se hagan nuevas viviendas de mejor calidad y situación que les dificulten deshacerse de los chollos que se han tenido que comer con patatas por haber financiado dislates de cualquier indocumentado. Al menos, me cabe la torva sonrisa de saber que sus resultados para el 2010 serán mucho menos espectaculares que los que ahora presumen, cuando tengan que cobrar las hipotecas al precio del euríbor real y no al usurero 7% que ahora cobran por arrastrar los mismos tipos desde enero.
Pese a todo, muchos nos quedaremos por el camino, y a veces temo que no habrá ni siquiera un último que pueda apagar la luz. Pero yo no voy a rendirme, no voy a dedicarme a recoger cadáveres ni contar los muertos de la devacle, sino que, personalmente, prometo venganza. Y los primeros a quienes visitaré cuando llegue mi día de los cuchillos largos son ciertos técnicos municipales cuya documentación para una demanda por prevaricación no hace sino crecer cada día que pasa.
El poeta Ángel González (1925-2008) publicó en 1962 el libro Grado elemental, en el que está el poema Introducción a las fábulas para animales
Durante muchos siglos la costumbre fue ésta: aleccionar al hombre con historias a cargo de animales de voz docta, de solemne ademán o astutas tretas, tercos en la maldad y en la codicia o necios como el ser al que glosaban. La humanidad les debe parte de su virtud y su sapiencia a asnos y leones, ratas, cuervos, zorros, osos, cigarras y otros bichos que sirvieron de ejemplo y moraleja, de estímulo también y de escarmiento en las ajenas testas animales, al imaginativo y sutil griego, al severo romano, al refinado europeo, al hombre occidental, sin ir más lejos. Hoy quiero, y perdonad la petulancia, compensar tantos bienes recibidos del gremio irracional describiendo algún hecho sintomático, algún matiz de la conducta humana que acaso pueda ser educativo para las aves y para los peces, para los celentéreos y mamíferos, dirigido lo mismo a las amebas más simples como a cualquier especie vertebrada. Ya nuestra sociedad está madura, ya el hombre dejá atrás la adolescencia y en su vejez occidental bien puede servir de ejemplo al perro para que el perro sea más perro, y el zorro más traidor, y el león más feroz y sanguinario, y el asno como dicen que es el asno, y el buey más inhibido y menos toro. A toda bestia que pretenda perfeccionarse como tal ya sea con fines belicistas o pacíficos, con miras financieras o teológicas, o por amor al arte simplemente? no cesaré de darle este consejo: que observe al homo sapiens, y que aprenda.
poema que viene como anillo al dedo en estos meses, cuando se van celebrando, pueblo a pueblo, villa a villa las fiestas veraniegas, a menudo aderezadas con cualquier suerte taurina. Aunque no milito entre los antitaurinos furibundos, no hallaréis mi firma en manifiesto alguno para proteger las corridas de toros de la severa reglamentación e incluso prohibición que en algunos lugares -Cataluña, por ejemplo- se cierne sobre ellas. El hecho de que un espectáculo digno de Calígula o Cómodo sea denominado 'fiesta nacional' dice mucho de la barbarie hispana. Y con todo, son casi un ballet infantil si se las compara con lo que los aborígenes perpetran por esos pueblos donde Cristo perdió la alpargata y no volvió a buscarlas. Porque si las corridas de toros son bárbaras, lo que en algunos pueblos, villas y ciudades hacen, parapetados en la tradición, con los animales debería tipificarse como delito con agravantes. Como ciudadanos y como especie es una ignominia y un escándalo que miremos a otro lado. Sé que no es la brutalidad contra los animales patrimonio ibérico, basta recordar las anuales matanzas de calderones en las islas Feroe, Dinamarca,
pero no podemos esgrimir nuestro índice acusador contra foráneos cuando no solo en Dinamarca hay algo que huele a podrido.
No sé qué adjetivo usar para calificarlos, pues bárbaros y salvajes han demostrado sobradas veces mucha más humanidad que los depravados frutos de las civilizaciones más refinadas; tampoco les llamaré analfabetos, porque desde que un taxista me hizo ver que fue un analfabeto el que inventó la escritura les tengo bastante respeto. Quizá, como sugiere el poema de González, la calificación que mejor los defina sea la de 'humanos en estado puro'.
Los hijos de siete padres que aprovechan los festejos populares para sacudirse el barniz de civilización con que se pretende simular el hedor de siglos de embrutecimiento se sirven de un término tan ambiguo y maleable como 'tradición'. No me es argumento válido, pues hay "tradiciones que más honra perder que conservar", como dijera Shakespeare (Hamlet, act I, escena IV), y como hemos perdido la tradición de celebrar las coronaciones regias con un auto de fe y la quema de unos cuantos herejes, también podemos perfectamente perder otras tradiciones sin que fuera menoscabo de hombría ni de patria. Y más aún cuando para alguna de ellas aún está vivo el que la inventó, como el tan pintoresco y colorista arrojar la cabra desde el campanario de Manganeses de la Polvorosa (Zamora), cafrada iniciada un día de San Sebastián de los setenta y elevada ya a la categoría de antiquísima tradición de origen celta, íbero, sumerio o cualquier otro disparate.
El verano de las sociedades tradicionales viene enmarcado entre las festividades del solsticio (San Juan) y las de la recogida de la cosecha, a principios de septiembre (San Miguel, Virgen de la Vega...) y la barbarie estival ibérica se rige por los mismos ritmos. Así, en Coria (Cáceres), se da la bienvenida a los calores con el Toro de San Juan. morlaco al que se deja suelto por las calles de la ciudad, para que los lugareños disfruten acribillándolo a dardazos lanzados con cerbatanas
Las horas que se pasa corriendo por las calles, bajo la lluvia de dardos, acaban cuando, agotado, o bien revienta o bien alguien le descerraja un tiro en la cabeza.
La cosecha se celebra en Tordesillas (Valladolid) con festejos en honor a la Virgen de la Vega (segunda semana de septiembre), donde, inevitable ítem, el toro ocupa una parte tan central que de la Virgen ya no se acuerda ni el párroco. El animal, el Toro de la Vega, es empujado a lanzazos a atravesar el puente que lleva a la vega de la virgen, donde los lanzazos ya pueden ser mortales. El héroe local que lo abate puede hacerse con los atributos viriles del bravo para ornar su pica.
Entre una y otra fiesta, media España celebra sus vírgenes, santos y advocaciones varias con Toros Embolados
habituales en la Comunidad Valenciana y Aragón, toros ensogados o enmaromados
ignominia practicada desde Benavente a Amposta, con especial presencia en el Valle del Ebro o los toros al mar
En todos ellos, el agotamiento físico del animal es determinante, pues son horas y horas de intolerable hostigamiento hasta que desfallece o es sacrificado.
Es curioso constatar que muchas de estas prácticas estuvieron a punto de desaparecer en los setenta-ochenta, cuando la convergencia de este país con Europa parecía alcanzable. A partir de entonces, como símbolo de que España cada vez se aleja más de esa idea de Europa como lugar de derechos y libertades, no sólo se han recuperadolo que habría convenido perder para siempre, sino que estas aberraciones han renacido con un vigor inesperado y augurio de longevidad, vista la educación en ellas que reciben los niños , azuzadas por medios de comunicación que han hecho de lo monstruoso alimento cotidiano y norma.
Dedico este post a Edmond y Usía, dos amigos que han perdido la fuerza y las ganas de escribir.
A veces, no tengo una mala palabra que llevarme a la boca y si actualizo es por disciplina autoimpuesta. Evidentemente, el blog se resiente y los posts resultantes no figurarán en la historia de la literatura, pero también tiene su gracia escribir sin tener nada que decir, esperando a ver qué asoma a vuelatecla.
X dice que esto de la disciplina le suena a perversión sexual inglesa y que espera no verme en las noticias con un corsé rojo y una bolsa de plástico en la cabeza, y es que es bastante indisciplinada, además de desordenada. Nunca he entendido porque van apodícticamente emparejados los sustantivos orden y disciplina, pero en X la ausencia de la una hace tándem con la ausencia del otro. Así, puede pasarse una semana leyendo 19 horas diarias hasta acabar con los cuatro volúmenes publicados de Canción de Hielo y Fuegopara sumirse después en la más holmesiana apatía y no abrir un libro hasta que el polvo que acumulenn sus tapas empiece a convertirse en rocas sedimentarias. Supongo que por eso le cuesta entender que de ocho a once de la noche no quede con ella porque es el tiempo que dedico diariamente a leer para la tesis, o que el fin de semana me empeñe en levantarme antes de las nueve y dedicar toda la mañana (hasta la una) al mismo menester.
X dice que un blog es algo para divertirse, y no una obligación, `pero yo creo que con la primera letra que colgué en la red, adquirí unos deberes y afronté una responsabilidades. Por diversos motivos, durante mucho tiempo no escribí una sola letra que no tuviese un carácter académico o laboral, y vi el blog como un modo de imponerme la disciplina necesaria para recuperar el hábito de escribir. Además, el formato me ha ido ofertando desconocidas posibilidades, desde la frescura de no tener que ceñirme a ningún tema en especial hasta incorporar música e imágenes a mis textos, con lo que se enriquecían hasta el extremo de hacerlos digeribles. Tecla a tecla, post a post, me he reencontrado con una vieja pasión a la que le fui infiel.
No todos los días me levanto con el verbo brillante y el ingenio ágil, no todos los días tengo algo que decir, pero esta disciplina me ha permitido regresar una vieja idea que empezó como un cuento ya no recuerdo cuándo y sobre el que fueron acumulándose tantas cosas que ha dejado de ser un cuento. Como las viejas montañas en las que viví hasta los dieciocho años y que aún son la patria que añoro pero en la que no quiero vivir, esas palabras que fui perfilando en tinta burdeos son la patria de todo lo que he escrito después, sin darme cuenta de que todos los pequeños retazos contemplados desde cierta distancia estaban menos deslavazados de lo que yo creía.
Todo tiene su tiempo, y no escribiré ahora el cuento que debió ser acabado hace quince años, pero sí puedo regresar a los personajes que entonces esbocé, las calles que empecé a intuir, el paisaje que despuntaba entre la bruma. Porque doña Leonor,Víctor Dapifer, Joan Bernat, el juez Rocanegra, Antón, Alfonso el mecánico y tantos otros han envejecido mucho mejor que yo, y si Augusto Pérez suplicó por su vida a Unamuno, ellos me están exigiendo la suya. Tras tantos años dándoles vueltas, les he tomado cariño y temo ahora no estar a la altura de las circunstancias, pues, como en el cuento en el que un hombre decide vender su alma al diablo y pasa a recogerla una piltrafa maltrecha del infierno que le replica, "A tal alma, tal diablo", temo que eso mismo ocurra con ellos, los que ahora esperan que les dé voz, pues lo bueno que puedan tener doña Leonor y los demás es mérito suyo y lo malo, imputable a mi torpeza.
Si los personajes exigen su vida, también después de tantos años reclaman su geografía las montañas de la ciudadela, que tengan nombre el congosto que el río les abre hacia las tierras bajas, y el mismo río, el que se llevó medio puente medieval de Saverri en una avenida del 18, cuyos huellas perduran tanto en los prados de ribera del valle como en la memoria. La colegiata y el claustro, los restos del castillo, las ruinas de los molinos y la fábrica de tejidos, el bosque que un incendio devastó, el club de Golf 'Prat d'Or' y su urbanización de adosados idénticos; el viejo barrio que la Compañía de Carbón del Noreste levantó en los cuarenta, con geranios en los balcones de las casas de los pulcras y cuidadas de los antiguos mineros, mientras que los chalets de los ingenieros se desconchan y se pudren... todo ello pide su sitio, exige que se arranque sonido a sus calles y sus árboles. Su silencio es atronador.
Letra a letra, post a post, mis pasos me han llevado aquí. Quince años después, vuelvo a Arteran.
Faulkner es uno de mis escritores favoritos, y si al argentino profesional de Amanece que no es poco cuando decide hacerse escritor le sale Luz de agosto,
mis primeros pinitos literarios le debían tanto a Gambito de dama y a Los invictos que si los herederos de Faulkner no me han puesto una demanda es porque soy más pobre que un ratón de sacristía al que le ha dejado la mujer y se le ha llevado todo el queso. He necesitado años de lecturas y esfuerzo para somatizar su influencia, incorporarla a mi código genético y que el resultado, mal que bien, sea yo y no el gemelo bastardo y gilipoyas del escritor.
Aún estaba boqueando para recuperar el aliento tras la lectura de Santuario cuando cayó en mis manos Cortázar quien, por todos mis respetos por la legión de borgianos, entre quienes militaba, descabalgó de mi podium personal al bibliotecario ciego que Eco convirtiera en arquetipo con Jorge de Burgos. Desde Todos los fuegos, el fuego, los artificios simétricos y las bibliografías inventadas dejaron de apasionarme como hasta entonces. Hubo en este Götterdämerung particular mío algo de abandonar la toga pretexta, pues Borges me había fascinado desde que descubrí El libro de arena con catorce años.
Llegué a Cortázar más o menos en la misma época que a García Márquez. Ridículo sería afirmar que supe de la existencia del colombiano con 24 años, pero he de decir que hasta entonces lo mantuve lealmente apartado de mí, pues mi hermana sentenció que era su escritor favorito en una época en la que los gustos de las hermanas encabezan nuestras listas negras y, después, temí verme en la tesitura de tener que darle la razón. Antes muerto. En mi discreción, incluso llegué a cambiar las sobrecubiertas de Cien años de soledad por las de El idiota, de Dostoievsky -y de nuevo, Amanece que no es pocoregresa a este post- vana precaución, pues mi hermana categorizó a Gabo como su escritor favorito habiendo leído sólo Diario de un náufrago y ya ni se acordaba de él cuando yo salí de mi armario literario.
Hace muchos años que emborrono papeles; en mi adolescencia, entonces todavía llamada adulescentia, con cada nuevo libro leído mis cuentos adaptaban un nuevo estilo, y pasé en tres meses de la fantasía épica a la epopeya napoleónica; pero ha habido cuatro autores tras los cuales he sido incapaz de juntar dos palabras durante meses, avergonzado de mis pretensiones de escritor cuando aún me queda tanto por leer. A los tres de quienes he hablado ya en este post hay que añadir otro americano, Juan Rulfo, que entró en la literatura por la puerta grande con tan sólo 300 páginas y maldita la necesidad que tiene de haber escrito una puñetera línea más.
Con estos antecedentes, no puede sino hacerme sonreír que se me acuse de antiamericano cada vez que expreso mi disconformidad con la política exterior temerariamente cortoplacista con que han jugado a la ruleta rusa las administraciones republicanas desde Reagan. Podría tomarme la molestia de intentar matizar pero mi experiencia me dice que es tiempo perdido y saliva malgastada, pues quien pretende insultar con el adjetivo 'antiamericano' no suele haber escuchado a Gershwin ni leído a Faulkner. Bueno, ni a Faulkner ni a ningún otro salvo quizá César Vidal o Pío Moa. Es interesante observar cómo quienes se alzan en paladines de la causa yankee (como si necesitaran ayuda de nadie) lo hacen desde posiciones de ignorancia y casi menosprecio de las formas culturales más refinadas de esa sociedad que dicen admirar y defender, posicionándose no muy lejos de postulados casi lumpen. Es el lenguaje neocon, de buenos y malos, de patriotas y traidores, que es a la retórica política clásica lo que una diatriba dominica a un diálogo platónico. De hecho, en el discurso neocon norteamericano y en su mímesis ibérica, se acusa de 'antiamericano' a todo lo que huela a cultura, ilustración o pensamiento crítico.
Y aquí es donde entra en escena The Boss. Una religión (y el neocon lo es, no quepa duda) necesita enemigos, ya sea el diablo, ya sean los infieles. Y mayor cohesión logrará cuanto más poderoso se pinte al enemigo; no sirve de nada arremeter contra Chomsky, al que no conoce casi nadie allá y menos aún acá, y su presencia mediátic, pues, es casi nula. Pero, ¿y contra Bruce Springsteen? Eso es harina de otro costal, ¡y menudo costal! Bruce -con Susan Sarandon, Sean Penn y otros- encarna en EEUU lo que los neocon ibéricos proclaman la AntiEspaña. El mecanismo de demonización es el mismo: en primer lugar, una concatenación de insultos y descalificaciones, sin pruebas ni argumentos ni silogismos, pues bien saben los ideológos neocon que "la gran masa del pueblo no está constiuida por profesores o diplomáticos", como advirtiera Hitlen en Mein Kampf (y se empeñan en que siga así, claro).
El segundo paso, consiste en negarle un valor cultural y reducir su figura a su militancia más o menos política. Su obra ya no es debatida desde la crítica musical o artística, sino desde la política visceral, y de repente tienen entre sus seguidores y, sobre todo, entre sus detractores, a gente que no lo ha escuchado jamás.
El último paso de la deconstrucción es el más sutil de todos: no se hace mención alguna a ideologías, ni siquiera a las que el autor refleja expresamente en su obra, no se le descalifica, no se le cuelgan sambenitos... Por arte de alquimia moral, su música deja de ser viva para convertirse en un decorado, como la canción "Car song", de Woody Guthrie convertida en banda sonora de un anuncio situado en las antípodas de lo que en vida representó el autor. Es el momento en que puede ser interpretada por niñatos que no entienden su letra -ni siquiera saben pronunciar su nombre, pues no lo han oído jamás- ni falta que les hace. Es el momento en que se puede perpetrar con su obra crímenes por los que en Nürenberg se habría ahorcado al responsable. Es el momento de hacer esto
El viernes acabé con las casi 2400 páginas que suman los tres volúmenes Los hombres que no amaban a las mujeres, La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina y La reina en el palacio de las corrientes de aire, del sueco Stieg Larsson (1954-2004).
Millenium no era una trilogía, sino una serie de siete o diez volúmenes (según las fuentes), pero la prematura muerte de Larsson dejó la cuarta novela apenas esbozada (según su compañera durante 32 años, la arquitecta Eva Gabrielsson) y ni noticias de las otras; en cualquier caso, los tres primeros volúmenes son en sí mismos una unidad cerrada, en la que el lector no aprecia flecos ni grietas que requiriesen respuesta en volúmenes posteriores.
Millenium sigue la senda desbrozada ya por los legendarios inspectores Martin Beck, de Maj Sjöwall y Per Wahlöö,
y Wallander, de Henning Mankell. Como en Déjame entrar, la crítica a una sociedad del bienestar en declive se hace desde un género supuestamente menor, en este caso la novela negra. Millenium despliega sus tramas, principales y secundarias, en un escenario de jóvenes sin acceso a trabajos ni estables ni decentemente remunerados, viviendas de precios inalcanzables, corrupción industrial, financiera y periodística, recortes sociales, junto a pobreza, marginalidad, violencia de género... paisaje que no es en absoluto desconocido en España; otros de los elementos del decorado son fantasmas del imaginario sociopolítico sueco, pero igualmente comprensibles desde España: el flirteo con el nazismo de la gran industria, movimientos neonazis, el mito de Olof Palme, la obsesión antisoviética...
En este entorno donde no hay armario que no esconda un cadáver, se mueven los protagonistas de la serie, el periodista Mikael Blomkvist y la investigadora privada Lisbeth Salander. Blomkvist es un don Quijote cuarentón, obsesionado por la verdad, que cree en el periodismo como fiscal de los poderes políticos y económicos; no es militante político, pero sí social y hay en él algo de tardosesentayochismo. En toda la trilogía se repite una y otra vez su fama de ligón y mujeriego, pero el que escribe estas líneas no le ha leído ejercer de seductor ni una sola vez, sino que simplemente las mujeres se le han echado encima y él no ha dicho que no.
Lisbeth Salander es un personaje más interesante, una especie de lado oscuro de Pipí Calzaslargas. Por su aspecto físico y su modo de interaccionar socialmente se le podrían diagnosticar varias sicopatías, desde la anorexia al síndrome de Asperger, pasando por el autismo, aunque el autor pone especial empeño en dejar claro desde muy pronto que no hay nada de todo ello: el origen de los problemas de Lisbeth no es genético, sino social, y en esta afirmación se podría resumir el leifmotiv de la serie.
La serie engancha; diálogos rápidos, tramas principales enriquecidas con otras secundarias que en absoluto son tratadas descuidadamente, protagonistas arquetípicos por los que se siente simpatía o incluso uno querría identifcarse... hacen que se pueda devorar cada libro a gran velocidad (en un día leí el tercero, de casi 850 páginas; eso sí, me acosté a las siete de la madrugada). El primero y el segundo tienen una estructura parecida: empiezan con un caso típico de novela negra, la investigación de una antigua desaparición (Los hombres que no amaban a las mujeres) o una investigación sobre el tráfico de blancas (La chica que soñaba con una cerilla o un bidón de gasolina), tramas ambas relativamente habituales en el género; la novela se desarrolla como si esas tramas fueran el meollo durante las 150 primeras páginas (más o menos), en que se da un golpe de timón y, de repente, esa trama aparece como secundaria de otra mucho mayor, un asesino en serie en el primer libro, un cruel e importante mafioso en el segundo. La misma estructura puede encontrarse en el último, donde el juicio por varios delitos a Lisbeth Salander deja muy pronto el protagonismo a la guerra contra la corrupción policial a más alto nivel.
He dicho que la trilogía engancha y que se lee a gran velocidad, pero a cada título le sobran doscientas páginas y no se perdería nada. Explicaciones, circunloquios y reiteraciones que no llevan a ningún lado. Larsson usa un lenguaje visual, de clarísimas reminiscencias cinematográficas y cuando quiere referir cómo cada implicado percibe una misma situación -los diálogos por ordenador de Blomkvist y Salander, por ejemplo-, cosa que en el cine se resuelve rápidamente en una escena que contextualice, el autor tiene que repetir todo, ralentizando la lectura y, en cierta manera, irritando al lector.
Los personajes son planos: buenos, malos o estúpidos, y ya está. Excepto quizá Lisbeth Salander, tienen muy poca profundidad sicológica, pero no es difícil ahondar en una personalidad tan notablemente anómala, pues siempre he creído que en literatura es más fácil narrar lo extraordinario que lo cotidiano. Abundan los datos biográficos de todos los personajes, principales y secundarios, pero no dejan de tener muy poca entidad, absolutamente subordinados a la trama, a la tesis social del autor o incluso a ciertos complejos, pues no puedo evitar ver en Blomkvist a un alter ego mejorado del propio Larsson. Desde mi punto de vista literario, la complejidad de los caracteres de los personajes enriquecen y a menudo incluso configuran las tramas, pero en las novelas de género (terror, fantasía, policiacas...) los personajes solo muestran a menudo el aspecto que conviene a la trama, y es por eso que digo que Millenium es una novela negra clásica. Henrik Vanger, Los hombres que no amaban a las mujeres, es quizá el único personaje de toda la serie con cierta complejidad, una complejidad natural, ordinaria, y no fruto de patologías propias o ajenas; con Salander es el personaje menos bidimensional y más interesante.
La crítica literaria se está llenando la boca con la trilogía, definiéndola incluso como un hito en la literatura del siglo XXI... yo no diría tanto, ni muchísimo menos, pero tiene hallazgos interesantes. En una semana pueden leerse tranquilamente los tres volúmenes, y es la velocidad de lectura su mejor aliada, pues cuando aparece un giro insólito en la trama no estamos preparados y sorprende de veras. No hay demasiado donde detenerse a paladear, sino que el ritmo te precipita a un meollo mucho más profundo que aparece de repente, pero sin estridencias. Cuando el argumento básico cambió repentinamente en la página 147 de Los hombres que no amaban a la mujeres, mi pulso se aceleró y tuve que detenerme unos minutos para resituarme, una sensación que hacía tiempo no me producía ningún libro. Aunque sólo sea por eso, a mí me han merecido la pena, pero no creo que los relea.
Soy bastante poco folklórico y las fiestas populares sólo me interesan en la medida en la medida que hallo rastros en ellas de creencias mucho más primitivas. Hoy, pues, víspera de San Juan, la fiesta en sí sólo me interesa en sus componentes más paganos, de fiesta de purificación y también, aunque ya mucho menos evidente, de fiesta de la naturaleza y, especialmente, de la fertilidad.
Media España arde esta noche en hogueras que sean delicia de Torquemada o de Krahe,
con una sorprendente uniformidad, al menos hasta hace poco, cuando cada pueblo buscó la ocurrencia más disparatada con que asegurarse una mención en las noticias de "la noche más larga del año" (que fue hace dos días, pero que la verdad no impida dar un buen titular). La tradición presenta ciertos matices, también es cierto, como en las montañas de mis dragones, donde las hogueras se encienden con unas enormes antorchas -las falles- que los mozos bajan encendidas como una serpiente de fuego desde una montaña determinada -llamada Faro en cada pueblo- hasta las plazas.
En la mayoría de los pueblos se ha suavizado la tradición y las fermosas damiselas de la zona acompañan a los mozos en tan pintoresca como atávica carrera bosque abajo; pero todavía quedan recalcitrantes villas que les niegan la falla, pues es bien sabido que no hay mayor tabú en cualquier fiesta de la fertilidad, desde las lupercalia hasta el Akitu, que el menstruo por lo que, para curarse en salud, mejor que ninguna mujer participe de los ritos.
Pese a mi carácter claramente invernal y hostil a todo lo que suene a ocurrencia pintoresquista o a folklore, real o recuperado y, por lo tanto falso, cuando llega esta noche no dejo de recordar aquel bellísimo "Inventario Galante" de Machado, tan hermosamente cantado por Paco Ibáñez.
Pero esta asociación es toda la sonrisa que logra arrancarme un noche a la que ni en mi más revoltosa infancia encontré gracia alguna, y cuyas complicidades olvidé completamente en mis doce años de exilio norteño, pues alguien como yo que aborrece del ruido no puede esperar con ansia la noche de todos los estallido; que lo de la crisis iba en serio me he dado cuenta ahora que aún no he oído petardo, cohete, buscapié, traca o mascletá alguna, cuando el año pasado la semana antes de la verbena de marras había tanta pólvora en suspensión que Vetera parecía Bagdad.
Las transgresiones me parecen inconstestablemente esenciales en lo cultural, pero mucho más dudosas en lo urbano. Y cuando la transgresión está tan estereotipada que ocupa fecha fija en el calendario y cumplir con sus ritos es un deber social, empieza a olerme a pelo de borrego y no a otra cosa. Con un poco de esfuerzo puedo tolerar las hordas de mocosos entre cuatro y diecisiete años torturando a los transeúntes con todo tipo de ingenio pirotécnico desde las tres de la tarde a las tres de la madrugada; pero cuando la edad del gamberro superó hace mucho la adolescencia legal, la vena de mi sien empieza a palpitar y mi diestra acude en vano a requerir el sable que nunca me decido a descolgar de la panoplia. No sólo me importuna el incivismo de quien se supone que debería estar educando a su prole y no iniciándole en la barbarie -pues salen en grupos clánicos, supongo que para asegurar que el gen ninja no se extinga. Lo que peor llevo es constatar que el cohete más grande, la traca más larga, el petardo más ensordecedor -alguno de los cuales podrá encontrarse entre las armas proscritas por la Convención de Ginebra- está siempre en manos de estos cabestros -uniformados como camiseta imperio, inevitable ítem- y que cualquier mirada de reprobación es respondida con un:
-¿Qué pasa? ¡Estamos en San Juan! -y le dan un petardo al Kevin en pañales, futuro ni-ni (ni estudia ni trabaja) para que lo arroje cerca del ciudadano incomodado.
El Bautista, que en vida moró entre bestias salvajes debe encontrarse como en casa con estos especímenes y su manto protector les cubre, pues no encuentro otra explicación a que una noche de alcohol, fuego y pólvora trasegados por adolescentes,t ardoadolescentes, ninjas y Peter Panes varios no acabe cada año en tragedia multitudinaria; en rigor, Vetera debería haberse desayunado el 24 de junio del año pasado como Faluya, después de las copas llevaban los más imbuidos de la fiesta; en cambio, apenas hubo un par de chamuscados porque tiraron el cigarrillo y se fumaron el petardo.
No sé qué haré esta noche; dormir lo descarto, pues estoy demasiado céntrico, pero no habrán de verme entre pasodobles y farolillos y víctima propiciatoria de bromas explosivas; X se va con sus amigas a celebrarlo a la playa de Sitges; antes de reunirme con el grupo ibicenco y los estrogenados del lugar creo que prefiero hacer un Cine Fórum sobre Carmen Sevilla o escuchar la discografía completa de El Fari. Supongo que acabaré tomando una guiness en el Vinyes Velles, y hoy creo que me acompañará Ernest, un compañero de trabajo que vive en un barrio que cada año abre los titulares de la prensa local del día 24 por disturbios y altercados. Supongo que la Policía tampoco entiende que "es San Juan"...
En circunstancias menos adversas, esto es, con un clima menos riguroso, habría echado mano de cualesquiera de mis recursos dialécticos para desmontar la fría hostilidad de X de esta semana; pero el calor merma mis capacidades intelectuales y ante el silencioso acoso no he tenido más ocurrencia que responder según la cita que atribuyen al general Ferdinand Foch en el Marne:
Me acosan duramente por la derecha. Mi centro sucumbe. Imposible maniobrar. Situación excelente, ¡ataco!
Veamos. Soy hombre, y eso significa que mi delicadeza para manejar ciertos asuntos es parangonable a una estampida de mamuths en una tienda de porcelana así que, puestos a meter la pata, mejor que sea a conciencia y a lo grande que accidentalmente en un detalle. O sea, que puestos a morir, mejor que sea a lo brigada Pomorska, a caballo contra panzer, que escondido en una ratonera.
Mentiría si contara que maduré mi plan a lo largo de la semana, pues bastante ocupado andaba en otros menesteres como para meditar y refinar una estrategia; de hecho, ni siquiera había plan, sino que más bien era una ocurrencia que me vino de repente y así, verde aún, la arranqué del árbol y la metí en el horno, no fuese que me diera por pensarlo y me echara atrás.
Tampoco es cuestión de ser trágico y dar la sensación de que la semana fue sentimentalmente horrible, porque la verdad es que no fue así. En realidad, la cierta frialdad y los divertidos mohínes eran intelectualmente estimulantes, pues ha sido morbosamente divertido ver hasta dónde se podía bromear con el tema (por acción o por omisión) sin romper la cuerda.
Mi vida sentimental no es especialmente prolija, pues desde Natasha hasta X sólo he tenido dos parejas y algún que otro escarceo del que, en general, mejor será no hablar. Pero la brevedad de la nómina se compensa ampliamente por lo interesantes que han sido todas y por la amistad que conservo con ellas. De hecho, este fin de semana coincidían en Barcelona Natasha y una amiga suya, Lana, con la que se había empeñado en liarme al poco que lo dejáramos. Y, bueno, digamos que lo consiguió, pero sólo duró un año, hasta que Lana consiguió una plaza en el ballet del Metropolitan Opera, pues si mi economía me permitía sin excesos de austeridad un vuelo a Moscú mensual, a Nueva York habría resultado imposible.
Con la feliz coincidencia de que estén ambas en Barcelona la misma semana que X ha acabado sus exámenes y aún no se ha ido de vacaciones a Ibiza con sus amigas, creí que era un buen momento para exorcizar fantasmas haciendo que todas se conocieran y dejasen de darme la murga -por distintos motivos- a tres bandas. Lo esencial era que ni ellas esperaban a X ni X conocerlas cuando ayer quedamos para almorzar en un restaurante de unos amigos en Vetera.
Quiso la suerte que la tensión de las presentaciones transcurriera en la más estricta intimidad, pues no había nadie más en el hall del restaurante. Apuramos la copa de bienvenida, un Parxet Titiana rosado altamente recomendable, en un ir y venir de miradas, estando ya tan en el centro de las más hostiles, que verdaderos esfuerzos hacía por sofocar el reclamo de las risas, tantos que no sé cómo no duché a nadie en cava. Y envueltos en esa atmósfera tan densa que uno podía trocearla y llevarse una porción en un tupper a casa, entramos en el pequeño comedor, verde y burdeos.
Aunque el térmometro superaba en el exterior los 30º con holgura, tan gélido era el interior -y no sólo por el aire acondicionado- que opté entrar en calor con tres platos contundentes, foie con compota de manzana, bacalao de Islandia confitado y liebre a la Royale, todo con una garnacha del Priorato.
Apenas nos traían el foie cuando Natasha rompió el frente con una apreciación que fue coreada por Olga y X: -Eres un cabrón. Esto no se hace.
-Tampoco creo que no pasa porque un día comáis como seres humanos y no como ovejas...
-Natasha no se refiere a eso y lo sabes -me taladró con la mirada Lana.
-Creo que ahora me he perdido -me excusé con mi cara más ingenua.
-Oh, mierda, Theo, no pongas ojos de Bambi que con nosotras no cuelan -abortó X la comedia -. Odio cuando pone esa cara, porque es imposible enfadarse con él...
-Sí, dan ganas de agarrarlo como a un oso de peluche... -empezó Lana
-¡Y meterlo en la lavadora! -acabó Natasha.
-¡JUAS! -fue la respuesta de las dos. Allí empecé a pensar que tal vez no había sido tan buena idea reunirlas...
La segunda botella de garnacha acabó de desatar las lenguas y las risas, la mayoría a mi costa, pero bastante inofensivas, la verdad, creo que estaban tanteando el terreno con escaramuzas antes de desencadenar su venganza en una ofensiva en toda regla. Porque que se vengarán de ese almuerzo es algo que doy por supuesto, lo único que no sé es si la réplica será conjunta o en tres oleadas.
Un moscatto d'Asti, con un divertido toque de aguja, para acompañar el postre, mousse de chocolate con caviar de naranja, y cigarrillos Lana y X y un Uppmann fueron la conclusión inevitable y adecuada a un experimento del que salí mucho mejor parado de lo que cabría haber esperado.
-¿Por qué lo has hecho? -preguntó Natasha durante el café, aunque ella tomaba té.
-Porque ya estaba cansado de tener que hablar de vosotras como si anduviera sobre cristales rotos. Ahora os habéis visto, os habéis conocido y ya podéis juzgar vosotras mismas y dejarme a mí tranquilo un rato.
-¿Te das cuenta de que tu esfuerzo por hacerte la vida siempre más fácil puede habértela complicado irremediablemente? -apuntó Natasha-. Es posible, pero al menos ahora conozco al enemigo.
-¿?
-Muy sencillo, Lana. Ahora los problemas que surjan serán entre personas de carne y hueso, no con imaginaciones, suposiciones, miedos, inseguridades... con problemas reales puedo lidiar, con fantastmas no. ¿Os apetece una copa de armagnac para acabar?
****
-Son muy guapas.
-Tienen algo, es verdad. Pero te prefiero.
-Eso espero. Ah, por cierto, que casi se me olvida: como vuelvas a tenderme una encerrona así, te mato. Y esta empezarás a pagármela esta noche, así que empeiza a tomar aspirinas.
Este es mi primer blog, así que espero indulgencia y agradeceré cualquier ayuda o consejo. Tengo poco más de 30 años y, como dice Gil de Biedma, "Tu gesto casual y tu desenfado resultan truculentos cuando se tienen más de 30 años" Historia, literatura, arte, política... son mis pasiones. Respeto casi todas las opiniones y a todas las personas, y aunque mi prosa sea áspera a veces, es muy difícil enfadarme. Miento, nada me saca más de mis casillas que la estupidez y la mala educación.
personas han visitado este blog y yo sigo eperando a Godot
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